ACTIVIDAD FÍSICA REGULAR: EFECTO PREVENTIVO DE CÁNCER DE PRÓSTATA

Hallazgos científicos recientes están revelando una asociación causal entre la actividad física regular y una reducción del riesgo de cáncer de próstata, el tumor maligno más frecuente en los varones, verdadera prioridad de salud pública, por lo que se antoja crucial implementar efectivas y seguras estrategias que reduzcan su tasa de incidencia como la citada actividad física y una dieta saludable, a base de productos frescos y de temporada, como la Dieta Mediterránea.

¿Qué es el cáncer de próstata?

   Según la Asociación Española de Urología (aeu), se trata de un crecimiento atípico y descontrolado de las células que constituyen la próstata, glándula ubicada entre la vejiga y el pene, cuya función es producir líquido seminal para que los espermatozoides se desarrollen y sobrevivan. (1)

   Como antes dijimos, el  cáncer de próstata es una prioridad de salud pública que debe atajarse mediante la elaboración e implementación de buenos programas preventivos tanto de prevención secundaria (diagnóstico y tratamiento precoces) como de prevención primaria (reducción de la tasa de incidencia, o sea, del riesgo de desarrollarlo).

    Su importancia radica en su altísima frecuencia (tasas de incidencia y proporción de prevalencia), gravedad (quinta causa de muerte entre los cánceres) y su elevado coste (directo e indirecto), según datos (Cifras del cáncer en España 2022) de la Sociedad Española de Oncología (SEOM). (2)

    La alta prevalencia de este cáncer se debe a que la supervivencia a los cinco años es del 90%, lo que hace que estos pacientes se mantengan vivos a los cinco años del diagnóstico, en tanto que otros tumores, también con gran tasa de incidencia, como los cánceres de pulmón  (tercero más frecuente en varones en España, después de los cánceres de próstata y colon), tienen una supervivencia muy inferior: 12% a los cinco años del diagnóstico. (1)

     Factores de riesgo

a)     No modificables

     Los principales factores de riesgo de cáncer de próstata son la edad avanzada, la etnia y los antecedentes familiares o hereditarios. Todos ellos, factores no modificables por nuestras decisiones y conductas subsiguientes.

  Este cáncer es raro que afecte a varones con una edad inferior 40 años, pues usualmente se observa en mayores de 50 años, siendo los 69 años la edad promedio del diagnóstico.

  Se ha comprobado que la incidencia es muy superior en hombres de raza negra, los cuales suelen ser más jóvenes y tienden a sufrir formas más avanzadas y agresivas.

  Los antecedentes familiares de cáncer de próstata aumentan las probabilidades de sufrirlo, sobre todo, si lo han padecido padres o/y hermanos.

 Por otra parte, un pequeño porcentaje de casos se deben a ciertas mutaciones hereditarias, como las que afectan a los genes BRCA1 o BRCA2, que, además de asociarse a un mayor riesgo de cáncer de mama y de ovario, también pueden incrementar el riesgo de cáncer de próstata en los varones (sobre todo, las mutaciones en BRCA2).

Los hombres con el síndrome de Lynch (cáncer colorrectal hereditario sin poliposis o HNPCC),  secundario a cambios genéticos hereditarios, tienen un mayor riesgo de padecer varios tipos de cáncer (estómago, intestino delgado, hígado, glándulas sudoríparas…), incluyendo el cáncer de próstata.

b)     Factores de riesgo modificables y prevención primaria

     Resulta trascendente identificar los factores de riesgo modificables de las principales causas de enfermar y morir en el mundo, pues mediante buenas estrategias de educación para la salud podríamos conseguir que las personas se adhirieran a los que reducen las probabilidades de desarrollar tales enfermedades (factores protectores) y abandonar o evitar los factores que incrementan las probabilidades de desarrollarlas.

   Como bien saben los lectores habituales de este blog, la principal estrategia de prevención primaria es la educación para la salud, pues es la más efectiva para reducir la tasa de incidencia (casos nuevos) de las enfermedades más comunes, las crónicas no comunicables, o sea, las cardiovasculares, neurodegenerativas, respiratorias, metabólicas y tumorales.

   Entre los factores protectores de cáncer de próstata (y de la mayor parte de las enfermedades crónicas no comunicables) destacan una buena adherencia a una dieta saludable, a base de productos frescos y de temporada, como la Dieta Mediterránea (DM), y la práctica regular de actividad física, mencionados al inicio de este contenido.

   El efecto preventivo de cáncer de próstata ejercido por el patrón dietético mediterráneo será objeto de otro contenido de este blog; el exhibido por el ejercicio físico es el protagonista del actual contenido. Tanto uno como el otro están avalados por rigurosos estudios científicos: observacionales prospectivos, la mayoría; de aleatorización mendeliana, algunos.

    En este momento deseo destacar que el consumo regular de café es otro estilo de vida que también parece reducir el riesgo de cáncer de próstata, pero de las formas más letales y agresivas, como analizamos en un contenido de este blog, en diciembre del 2016: “Cáncer de próstata: Efectos preventivos del café”.

   En cuanto al tabaco y al alcohol respecta, siempre deben evitarse, dado que el tabaquismo activo, es la primera causa de muerte evitable, en tanto que el alcohol es una causa reconocida de múltiples enfermedades, entre ellas tumores malignos, incluso con cantidades moderadas de alcohol se incrementa el riesgo de desarrollar siete cánceres (mama, hígado, colon, boca, laringe, faringe y esófago): con más de 10 gramos diarios, las mujeres (una bebida alcohólica, vino o cerveza, por ejemplo); y con ingestas superiores a los 20 gramos diarios, los varones, según la Agencia Internacional de Investigación del Cáncer (código Europeo contra el cáncer, 2014). (3)

   Abundando en la relación entre el tabaquismo y el cáncer de próstata, en diciembre del 2014 se publicó una revisión y metaanálisis de 51 estudios prospectivos, que incluyó 4 082 606 participantes y 11 823 muertes por cáncer de próstata incidente, se observó que fumar cigarrillos se asoció con un mayor riesgo de muerte por el citado cáncer (RR: 1,24; IC del 95 %, 1,18 a 1,31), con poca evidencia de heterogeneidad y sesgo de publicación. Además, se apreció una relación dosis-respuesta con la mortalidad (p=0,02; RR para 20 cigarrillos por día: 1,20). (4)

   Por ello, los autores concluyeron, como sigue: “La evidencia combinada de estudios observacionales muestra una asociación estadísticamente significativa entre el tabaquismo y el cáncer de próstata fatal. Fumar parece ser un factor de riesgo modificable para la muerte por este cáncer”.

   La obesidad es uno de los factores más controvertidos, dado que la asociación entre el índice de Masa Corporal (IMC: kg/m2) y el cáncer de próstata es compleja, quizá debido al diferente efecto hormonal de la obesidad en los hombres, con aumento de los estrógenos circulantes (5) y reducción del antígeno prostático específico (6) y de los andrógenos en sangre (7) .

Otra explicación puede ser el doble efecto del IMC sobre el cáncer de próstata. Así, un metaanálisis de estudios prospectivos sugirió que un IMC alto podría proteger contra el cáncer de próstata localizado, mientras que era un factor de riesgo para el cáncer de próstata avanzado (8) .

   Incluso algunos estudios de aleatorización mendeliana (los que pretenden minimizar la causalidad inversa y los factores de confusión) han revelado un efecto protector de la obesidad en el desarrollo de cáncer de próstata (9-11), aunque otros no lo han evidenciado (12).

  En cualquier caso, lo aconsejable es evitar la obesidad y el sobrepeso, usualmente debidas a sedentarismo y Comida Chatarra (ultraprocesados por doquier) pues son grandes factores de riesgo de enfermar y morir por procesos cardiovasculares, ciertos cánceres, síndrome metabólico, incremento de riesgo de sufrir complicaciones por la COVID-19, entre otros. 

  Prevención secundaria

  Las medidas de prevención secundaria del cáncer de próstata pretenden reducir su proporción de prevalencia, o sea, curarlo, mediante métodos de diagnóstico precoz que permitan un tratamiento efectivo, cuando el tumor es muy incipiente y pequeño, en fase subclínica o francamente asintomática.

  Según la Asociación Española de Urología, gracias a la alta sensibilización de la población hacia este cáncer y de las facilidades para establecer su sospecha, mediante un análisis de sangre y un tacto rectal, un 90% de los casos son diagnosticados en fase localizada de la enfermedad.

    Es recomendable solicitar un análisis de sangre anual, a partir de los 50 años, para detectar niveles elevados del antígeno prostático específico (PSA), una proteína producida por las células de la glándula prostática, cuyos niveles no sólo se incrementan en el cáncer de próstata, sino también con la edad y en procesos benignos como la hipertrofia de próstata y prostatitis, por lo que antes de efectuar una biopsia es preciso efectuar una correcta valoración, a fin de evitar sobreinstrumentación y efectos secundarios.

   Además del PSA existen otros biomarcadores sanguíneos y pruebas que facilitan la toma de decisiones para efectuar una biopsia prostática y controlar la respuesta de los pacientes al tratamiento, como la prueba 4Kscore (proporciona una puntuación de riesgo específica de tener cáncer de próstata agresivo), el índice de salud prostática (combinación de tres análisis de 3 moléculas en sangre, que aporta más información sobre la probabilidad de encontrar cáncer en una biopsia), así como un análisis de orina para PCA3, un gen del cáncer de próstata que se expresa en mayor proporción en el tejido cancerígeno que en el tejido normal de la próstata, lo que facilitaría la toma de decisiones a la hora de repetir una biopsia de próstata cuando una previa haya sido negativa.   

 El tacto rectal realizado por un experto urólogo permite detectar irregularidades y nodulaciones en la próstata (parte posterior), sugestivas de tumoración.

 La biopsia consiste en la obtención de muestras de tejido prostático con la ayuda de un ecógrafo transrectal, que, luego, se enviarán al anatomopatólogo para que las analice al microscopio, a fin de confirmar o no la presencia del cáncer e indique cuál es su grado de agresividad (escala de Gleason).

  Para localizar con más precisión las lesiones puede realizarse la biopsia fusión de próstata, en la que se emplean tanto las imágenes obtenidas con la Resonancia Magnética multiparamétrica como las ecográficas transrectales en tiempo real.

       Vigilancia Activa

    Consiste en efectuar un seguimiento exhaustivo, con controles periódicos multidisciplinarios (radiológicos, anatomopatológicos y urológicos) de pacientes con formas localizadas y poco agresivas de cáncer de próstata (bajo y muy bajo riesgo), sin instaurar, inicialmente, tratamientos curativos (cirugía o/y radioterapia), a fin de evitar frecuentes complicaciones que deterioran seriamente la calidad de vida de estos pacientes: disfunción eréctil, incontinencia urinaria, con escapes de orina y/o trastornos digestivos.

   Los radiólogos, mediante resonancias magnéticas muy especializadas de la próstata, controlan periódicamente el tamaño y el aspecto de la tumoración, con objeto de detectar cambios de tamaño y alteraciones sugestivas de agresividad, que indicarían nuevas biopsias por parte del urólogo. Posteriormente, el análisis del anatomopatólogo permitirá comprobar  si se ha incrementado o no el grado de malignidad o la agresividad del tumor. Si fuera así, se plantearía el tratamiento radical. En tanto que si no se apreciara progresión tumoral se podría seguir con la citada Vigilancia Activa, salvo que el paciente se estresara, cambiara de opinión y decidiera que le eliminaran el tumor.

   Según la aeu, la mortalidad por cáncer de próstata de pacientes sometidos a Vigilancia Activa, durante un tiempo prolongado, es baja: inferior al 5%, a los 15 años de seguimiento. Además, el porcentaje de pacientes que siguen en Vigilancia Activa prolongadamente es muy notable: el 60%, durante 5 años; el 40%, durante 15 años.

   Por otra parte, el 60% de las próstatas de pacientes de más de 80 años fallecidos por otras causas tienen células malignas, o sea, cánceres de próstata, con los que convivieron sin enterarse, lo que unido al hecho comprobado de que el 90% de los pacientes diagnosticados de cáncer prostático tienen formas localizadas y de bajo grado de malignidad, justificaría esta estrategia de Vigilancia Activa, que evitaría las complicaciones citadas.

   Durante este periodo de Vigilancia Activa es muy aconsejable que los pacientes practiquen regularmente actividad física regular y se adhieran a una dieta saludable, como la Dieta Mediterránea, pues podrían reducir la progresión y agresividad tumoral.

   Acorde con ello, en enero del 2021 se publicó en Cancer, revista oficial de la Sociedad Americana de Cáncer (13), un estudio prospectivo con resultados fructíferos para los amantes de la Dieta Mediterránea (DM), dado que, tras seguir durante 36 meses a 410 varones con cáncer de próstata localizado y de bajo nivel de malignidad, se observó que una mayor adherencia a la DM se asoció con un menor riesgo de progresión del citado cáncer, entre todos los hombres del estudio (12% por cada aumento en un punto en la escala de valoración de la DM). Aunque los que más se beneficiaron fueron los que no padecían diabetes (18%) y, sobre todo, los varones de raza negra (36%: 0,64; IC del 95 %, 0,45-0,92).

    Efecto preventivo de cáncer de próstata ejercido por la actividad física

  A continuación, vamos a proceder a analizar los principales estudios epidemiológicos que han revelado una asociación entre la práctica regular de actividad física y una reducción del riesgo de cáncer de próstata.

  Estudio prospectivo en Profesionales de la salud (EEUU)

    En mayo del 2005 se publicó (Arch Intern Med.) un estudio prospectivo llevado a efecto por miembros de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard, liderados por Edward Giovannucci, cuyo objetivo fundamental fue averiguar si la actividad física podría reducir la incidencia global y la progresión del cáncer de próstata (14).

    Para ello, contaron con una muestra muy representativa, la de Profesionales de salud ( Health Professionals Follow-up Study), constituida por 47.642 profesionales (odontólogos, osteópatas, podólogos, farmacéuticos y veterinarios), que fueron seguidos y controlados durante 14 años, al cabo de los cuales, apreciaron que los varones de 65 años o más que practicaron actividad física vigorosa (30 MET-h/semana, equivalente a, al menos, 3 horas semanales de actividad vigorosa) se beneficiaron con una reducción del 67% % (riesgo relativo: 0,33; IC 95 %, 0,17-0,62) en el desarrollo de cáncer de próstata avanzado (invasión de vesículas seminales, metástasis o fatal).

    ¿Cómo evaluaron el nivel de actividad física?

    Mediante una entrevista con encuesta solicitaron a los hombres que refirieran el tiempo promedio por semana que, durante el último año, dedicaron a las siguientes actividades:  caminar al aire libre (incluyendo caminar mientras jugaban al golf), trotar (a menos de 10 min/milla), correr ( 10 min/milla o más rápido), ciclismo (incluida la bici estática), natación, tenis, squash o ráquetbol y calistenia o remo. Además, se interesaron por conocer el número de tramos de escaleras subidos diariamente y el ritmo de marcha habitual. Actualizaron la evaluación de actividad física cada 2 años.

  Para calcular la puntuación total de actividad física, sumaron el equivalente metabólico específico de la actividad (MET) horas por semana.

También generaron quintiles de horas MET totales por semana para actividades vigorosas o de alta intensidad (correr, trotar, andar en bicicleta, nadar, tenis, ráquetbol/squash, remo/calistenia, trabajo pesado al aire libre y entrenamiento con pesas) y actividades no vigorosas (tramos de escaleras subidos y andando). La valoración de la actividad había sido previamente validada (15).

 

Efecto preventivo de cáncer de próstata ejercido por la actividad física: en un estudio prospectivo ( Health Professionals Follow-up Study),apreciaron que los varones de 65 años o más que practicaron actividad física vigorosa (30 MET-h/semana, equivalente a, al menos, 3 horas semanales de actividad vigorosa) se beneficiaron con una reducción del 67% % (riesgo relativo: 0,33; IC 95 %, 0,17-0,62) en el desarrollo de cáncer de próstata avanzado (invasión de vesículas seminales, metástasis o fatal).

 

   Recordemos que 1 MET es el equivalente a la energía u oxígeno que el cuerpo usa en reposo, o sea, 1 MET es la tasa metabólica en reposo, en la que el cuerpo consume 3.5 mililitros de oxígeno por kilogramo de peso corporal por minuto (1 MET = 50 kcal / hora / m2 de superficie corporal), que corresponde al consumo mínimo de oxígeno que el organismo necesita para mantener sus constantes vitales. Así, 1 MET-hora es el equivalente metabólico de estar sentado en reposo durante 1 hora.

   Estos investigadores, hace 17 años, aun reconociendo que desconocían el mecanismo exacto por el que la actividad física reducía el riesgo de cáncer agresivo de próstata, plantearon su propia hipótesis, basándose en hallazgos previos que habían revelado que el ejercicio físico puede reducir una serie de hormonas hipotéticas que aumentarían la carcinogénesis del cáncer de próstata, entre las que destacan el factor de crecimiento similar a la insulina 1 (insulinlike growth factor 1), (16) hiperinsulinemia, (17.18)  leptina (19,20)  y testosterona (21,22).

   “Los hombres de 65 años o más que realizaban al menos 3 horas semanales de actividad física vigorosa tenían un riesgo notablemente menor (casi el 70 %) de ser diagnosticados de cáncer de próstata de alto grado, avanzado o mortal. Aunque aún es necesario comprender los mecanismos, estos hallazgos sugieren que la actividad vigorosa podría retrasar la progresión del cáncer de próstata, por lo que podría recomendarse para reducir la mortalidad por cáncer de próstata, más aún considerando los muchos otros beneficios documentados del ejercicio”, concluyeron los autores.

      Estudio efectuado con varones de la Cohorte de Nutrición del Estudio de Prevención del Cáncer II de la Sociedad americana del Cáncer

    Estos resultados son concordantes con los de otro estudio norteamericano, efectuado por miembros de la Sociedad Americana de Cáncer, publicado en enero 2005 (Cancer Epidemiology Biomarkers Prev.), pues tras estudiar a 72,174 hombres (American Cancer Society Cancer Prevention Study II Nutrition Cohort), durante 9 años, apreciaron una asociación entre un mayor nivel de actividad física recreativa (más de 35 METs hora/semana) y una reducción del riesgo de cáncer de próstata agresivo, un 31% inferior (RR, 0.69; intervalo de confianza del 95%, 0,52-0,92; P para tendencia = 0,06), con respecto a los que no la practicaron, aunque no de las formas localizadas y de baja malignidad (23),

    También un estudio prospectivo noruego alcanzó resultados similares a los obtenidos en estos dos estudios estadounidenses: una asociación entre la categoría más alta de ejercicio físico recreativo y una reducción del riesgo de cáncer de próstata avanzado, un 36% (RR: 0,64 (0,43-0,95), así como de muerte por este tumor maligno, un 33% (RR: 0,67; IC 95%: 0,48-0,94) (24).

  Actividad física y riesgo de cáncer de próstata en el Proyecto Europeo de Investigación en Nutrición y Cáncer (EPIC)

  En agosto del 2009, se publicaron (International Journal of Cancer) los resultados de una gran cohorte europea (the European Prospective Investigation into Cancer and Nutrition (EPIC) cohort), coincidentes, en parte, con los estudios de EEUU, dado que también apreciaron una asociación inversa entre la actividad física y el riesgo de cáncer de próstata avanzado, pero sólo con la actividad ocupacional, no con la recreativa (deportiva, jardinería, caminatas, ciclismo) (25)

   Los autores del estudio (miembros de la Sociedad Danesa del Cáncer), tras estudiar, durante 8,5 años, a 127.923 hombres, de 20 a 97 años, de 8 países europeos e identificar 2.458 casos de cáncer de próstata, apreciaron que los hombres que tenían trabajos más exigentes físicamente se beneficiaban con una ligera reducción del riesgo de cáncer de próstata avanzado: 16% (RR: 0,84; IC 95%: 0,73–0,97), con respecto a los que trabajaban sentados.

    Una limitación de este estudio es que sólo recabaron información sobre el tipo y nivel de actividad física al principio del estudio, sin seguimientos ulteriores al respecto.

     Revisiones y metaanálisis

  Empecemos con una revisión sistemática y metaanálisis de estudios observacionales, de autoría china, publicada en noviembre del 2011 (European Urology), cuyo objetivo principal también fue determinar la relación entre el ejercicio físico y el cáncer de próstata (26),

  Para ello, los autores recabaron información en fuentes de datos (Medline, Embase y Web of Science) hasta el 15 de mayo de 2011 para identificar todos los artículos en inglés con el objetivo mencionado.

    Así, después de seleccionar y analizar 19 estudios de cohortes y 24 estudios de casos y controles, que incluyeron a 88 294 casos, observaron que, cuando se combinaron los datos de ambos tipos de estudios, la actividad física total se asoció significativamente con una disminución del riesgo de cáncer de próstata (riesgo relativo combinado: 0,90; intervalo de confianza del 95 %, 0,84–0,95).

    Además, la reducción del riesgo de desarrollar este cáncer se apreció tanto con la actividad física ocupacional cuanto con la recreativa: 9% (RR:0,81; IC 95 %, 0,73–0,91) y 5% (RR: 0,95; IC 95 %, 0,89–1,00), respectivamente.

  “Parece haber una asociación inversa entre la actividad física y el riesgo de cáncer prostático, aunque pequeña. Dado que aumentar la actividad física tiene muchos otros beneficios para la salud, se debe alentar a los hombres a incrementar su nivel de actividad física tanto en el tiempo laboral como en el recreativo para mejorar su salud general y reducir potencialmente el riesgo de cáncer de próstata”, concluyeron los autores.

    Posteriormente, en noviembre del 2016 (Sports Med.), una revisión narrativa volvió a actualizar la información sobre las asociaciones entre la actividad física y el cáncer de próstata (27).

   Así, Roy J Shephard (Universidad de Toronto), autor de la revisión, buscó sistemáticamente en varias bases de datos (Ovid/MEDLINE y PubMed), desde 1996 hasta junio de 2016, vinculando los términos neoplasias de próstata/cáncer de próstata con ocupación, título ocupacional, trabajo sedentario o trabajo pesado, ejercicio, actividad física, deportes, atletas, educación física/entrenamiento o aptitud física aeróbica (fitness).

  De esta forma, apreció en 24 análisis una tendencia a la disminución del riesgo, en tanto que en 21 constató una disminución significativa (10-30% o más). El beneficio se observó de manera más consistente en los estudios ocupacionales que en los de ocio. En general, el beneficio mostró una relación dosis-respuesta, obteniendo el máximo efecto efectuando una actividad vigorosa.

    Llamó la atención en esta revisión que el citado efecto preventivo se alcanzaba más óptimamente cuando el ejercicio físico se empezaba a practicar precozmente, en la adolescencia y en los primeros 20 años de vida.

   Además, Shephard indicó que varios estudios observacionales habían revelado que la actividad física resulta beneficiosa para prevenir la recurrencia de la enfermedad y mejorar la supervivencia después del diagnóstico y tratamiento del cáncer de próstata.

   Dos años más tarde, en mayo del 2018, se publicó en una revista especializada (Annals of Oncology) otra revisión sistemática y metaanálisis de estudios observacionales (48 de cohorte y 24 de casos y controles, publicados hasta julio del 2017), de autoría germana, cuyo objetivo fundamental fue valorar también una posible asociación entre la actividad física y la incidencia y mortalidad por cáncer de próstata (28).

   Pues bien, los autores de la investigación, En Benke y colegas (Universidad de Ratisbona, Alemania) observaron una asociación inversa estadísticamente significativa entre la actividad ocupacional a largo plazo y el cáncer de próstata total (RR = 0,83, IC del 95 % = 0,71–0,98, n estudios = 13), aunque ese hallazgo dejó de ser estadísticamente significativo cuando se eliminaron del análisis ciertos estudios individuales.

   Cuando se evaluó por subtipo de cáncer, se observó una asociación inversa con la actividad laboral a largo plazo para el cáncer de próstata no avanzado/no agresivo (RR = 0,51, IC del 95 % = 0,37–0,71, en 2 estudios), en tanto que la actividad recreativa regular se relacionó inversamente con cáncer prostático avanzado/agresivo (RR = 0,75, IC del 95 % = 0,60–0,95, 2 estudios), aunque tales observaciones se basaron en un número bajo de estudios.

   Además, la práctica de actividad física entre los pacientes diagnosticados de cáncer de próstata se asoció con una reducción del riesgo de muerte por este tumor maligno: un 31% (RR: = 0,69, IC del 95 % = 0,55–0,85), según cuatro estudios.

    Un año más tarde, en septiembre del 2019, se publicó una revisión sistemática de la literatura, realizada por la Sección de Urología Oncológica de la Asociación Europea de Urología (ESOU), en la que se intentó averiguar si el tabaquismo, la actividad sexual y el ejercicio físico se comportan como factores de riesgo modificables de cáncer de próstata, del resultado del tratamiento, progresión y mortalidad específica por este cáncer (29).

  Los investigadores de esta revisión (alemanes, italianos, británicos, españoles y holandeses), tras recabar información al respecto de estudios publicados entre 2007 y 2017, en diversas bases de datos ( MEDLINE, a través de PublMed, el Registro Cochrane Central de Ensayos Controlados y  Web of Science), apreciaron que la actividad física podría prevenir el cáncer de próstata así como reducir la progresión tumoral, una vez diagnosticado, mejorando los resultados del tratamiento del mismo.

   Sin embargo, fumar se asocia con características tumorales agresivas y peores resultados relacionados con el cáncer, que parece mantenerse durante 10 años después de dejar de fumar.

   Por otra parte, no hallaron evidencias suficientes que soporten una asociación entre la actividad sexual y el cáncer prostático.

   Actividad física recreativa y ocupacional en relación con la agresividad del cáncer de próstata: el Proyecto de Cáncer de Próstata de Carolina del Norte-Louisiana (PCaP)

    En marzo del 2022, se publicó un artículo cuyo propósito fue examinar las asociaciones entre la actividad física recreativa y ocupacional y la agresividad del cáncer de próstata en un estudio de casos de cáncer de próstata incidente, basado en la población.

    Para ello, los autores analizaron los datos del proyecto transversal de cáncer de próstata de Carolina del Norte y Luisiana de hombres afroamericanos (n = 1023) y europeos americanos (n = 1079) recién diagnosticados con cáncer de próstata.

   Así, apreciaron que caminar (ejercicio moderado), durante 75-150 min/semana, se asociaba con menores probabilidades de cáncer de próstata de alta agresividad (suma de Gleason ≥ 8, o antígeno prostático específico> 20 ng/ml, o suma de Gleason ≥ 7 y estadio clínico T3-T4), en comparación con no caminar (OR = 0,69, IC del 95 %: 0,47-1,01).

   La actividad física en el trabajo actual se asoció con un 24 % menos de probabilidades de cáncer de próstata de alta agresividad (OR del tercil más alto frente al más bajo = 0,76, IC del 95 %: 0,56-1,04). Sin embargo, el total de MET-h/semana de actividad física recreativa y la acumulación de actividad física de alto nivel en el trabajo más antiguo no se asociaron con el cáncer de próstata de alta agresividad. Los resultados no variaron según la raza.

 

  En un estudio de aleatorización mendeliana se ha apreciado que la aceleración promedio se asocia causalmente con una reducción del riesgo de cáncer de próstata.

    Estudio de aleatorización mendeliana

    Dado que en los estudios observacionales resulta complejo evitar absolutamente los factores de confusión y la causalidad inversa, se están publicando, en los últimos años, estudios de aleatorización mendeliana, que parecen tener más capacidad para evitar tales sesgos, merced a que emplean variaciones genéticas como variables instrumentales (polimorfismos puntuales o de un solo nucleótido), las cuales tienen mayor capacidad para evitar las citadas variables de confusión (los alelos se asignan aleatoriamente de padres a hijos) y la causalidad inversa (los genotipos que se fijan en la formación del cigoto no podrían verse afectados por el desarrollo de la enfermedad).

   Aunque para ello, deben cumplirse tres supuestos o requisitos: primero, las variantes genéticas deben estar asociadas con la actividad física; segundo, no deben asociarse con ningún factor de confusión; tercero, las variantes genéticas ejercen efectos sobre el resultado sólo a través de la actividad física, no a través de otras vías.

    En lo que respecta a la valoración de si la asociación inversa observada entre la actividad física y el cáncer de próstata es verdaderamente causal, a falta de estudios experimentales (los más rigurosos), tenemos, al menos, un estudio de aleatorización mendeliana que sí ha constatado la causalidad de tal asociación. Veámoslo.

   Se trata de un estudio de aleatorización mendeliana de dos muestras, publicado en abril del 2020 (International Journal of Epidemiology), que evaluó las posibles asociaciones causales entre la actividad física y el cáncer de próstata global (79 148 casos de cáncer de próstata y 61 106 controles) y agresivo (15 167 casos y 58 308 controles), además de otros factores dietéticos y nutricionales (11)

   Pues bien, los autores del estudio, tras el correspondiente análisis, hallaron pruebas consistentes de que la actividad física, evaluada como aceleración promedio, tiene un efecto inverso sobre el riesgo general de cáncer de próstata [OR por cambio SD: 0.49; Intervalo de confianza (IC) del 95 %: 0,33, 0,72; P  = 0,0003].

  La aceleración promedio (cambio de velocidad de un cuerpo dividido entre el tiempo en el que sucede ese cambio) podría ser alta si alguien realiza constantemente una actividad de intensidad ligera durante la mayor parte del día, en comparación con estar mucho tiempo sentado o, al contrario, con un período de 30 minutos de actividad física moderada o vigorosa.

                 Posibles mecanismos biológicos

     La mayor parte de los investigadores que han tratado este tema creen que la prevención del  cáncer de próstata por parte de la actividad física se debe a una serie de efectos, a saber:  antiinflamatorios y antioxidantes, potenciadores de la inmunidad, reductores de la concentración de ciertas hormonas cuyo aumento incrementa el riesgo de este cáncer (andrógenos, insulina, factor de crecimiento similar a la insulina (IGF-1), impacto favorable en la microbiota intestinal.

    Efecto antiinflamatorio de las mioquinas producidas por el músculo esquelético

    Recordemos que el hecho patogénico fundamental de las enfermedades crónicas no comunicables, principales causas de enfermar y morir en el mundo, es la inflamación crónica de bajo grado, promovida por los principales factores de riesgo de las mismas (tabaco, alcohol, sedentarismo, ultraprocesados…) y neutralizada o mitigada por los factores protectores (Dieta Mediterránea, actividad física, café...).

   En cuanto a los cánceres respecta, la inflamación crónica resulta crucial para sostener los procesos de desarrollo tumoral (tumorogénesis). Así, sabemos que un incremento de la concentración sanguínea de citoquinas proinflamatorias y una reducción de las antiinflamatorias se asocia con un aumento del riesgo de cánceres. Además, la permanencia de las primeras, las inflamatorias, hace que el entorno sea muy proclive a la proliferación de las células cancerosas.¡ (32).

   Parece obvio que para reducir la incidencia de tumores malignos, incluida la del cáncer de próstata, es trascendente contribuir a reducir los fenómenos inflamatorios crónicos.

   Pues bien, desde hace una década se sabe que el músculo esquelético ejerce una acción secretora u hormonal (endocrina, paracrina o autocrina), dado que produce y vierte a la sangre una serie de proteínas y péptidos (citoquinas), que reciben la denominación de miocinas, las cuales exhiben notables efectos antiinflamatorios (33).

    Efectivamente, el músculo es una gran fuente de miocinas antiinflamatorias [interleucina 6 (IL-6), la interleucina 8 (IL-8), la interleucina 15 (IL-15) y el antagonista del receptor de la interleucina 1 (IL-1ra)] que contrarrestan a las citoquinas inflamatorias, como el factor de necrosis tumoral alfa (TNF-α), que a concentraciones moderadas es un gran carcinógeno, la interleucina 1 y la interleucina 6 producida por los monocitos o macrófagos (la IL-6 producida por el músculo es antiinflamatoria, pues reduce el nivel de TNF-α).

   Es preciso saber que el músculo esquelético es un órgano endocrino que, además de liberar miocinas, también produce y secreta microARN a la circulación, capaz de regular la función de las proteínas en el cáncer, la proliferación y supervivencia de las células cancerosas (34).

    Efecto reductor de hormonas asociadas a un incremento del riesgo de cáncer

     La actividad física moderada y vigorosa tiende a reducir los niveles excesivos de andrógenos, implicados en el desarrollo de los cánceres de próstata, merced a que incrementa el nivel de una sustancia química que fija, atrapa y, por ende, reduce la concentración sanguínea de testosterona y dihidrotestosterona (35) denominada globulina transportadora de hormonas sexuales (SHBG), que también disminuye la concentración de estrógenos en los cánceres de mama y endometrial (36).

    La actividad física también reduce el riesgo de diversos cánceres, incluido el prostático, merced a su capacidad de disminuir la hiperinsulinemia (la insulina es un poderoso mitógeno) y el factor de crecimiento similar a la insulina-1 (IGF-1), el cual aumenta la proliferación, diferenciación y transformación celular e inhibe la apoptosis (muerte celular programada)  (37, 38).

    Precisemos que la actividad física regular contribuye a reducir notablemente la resistencia a la insulina hepática y muscular y el IGF-1 total, así como los niveles de insulina (evitando la temible hiperinsulinemia) y la glucosa en ayunas (39).

      

  La actividad física regular exhibe un efecto preventivo de cáncer de próstata por sus efectos antiinflamatorios y antioxidantes, potenciadores de la inmunidad, reductores de la concentración de ciertas hormonas cuyo aumento incrementa el riesgo de este cáncer (andrógenos, insulina, factor de crecimiento similar a la insulina (IGF-1), impacto favorable en la microbiota intestinal.

    Efecto estimulante de la inmunidad

  Otro potencial efecto anticancerigéno del ejercicio físico está vinculado a su capacidad de potenciar la inmunidad innata y adquirida, con una mayor y mejor vigilancia y eliminación de células cancerosas (40.41).

     Impacto favorable en la microbiota intestinal

   La práctica regular de actividad física incide en una mejora de la diversidad y riqueza de la microflora intestinal, evitando así desequilibrios o disbiosis, los cuales se han asociado con un mayor riesgo de varios tumores malignos, incluyendo cánceres de próstata, mama y colorrectal (42,43).

    Recomendaciones internacionales de actividad física

    En este momento es bueno recordar las recomendaciones internacionales, que periódicamente se van actualizando, dada su validez, solvencia y capacidad de cumplir con los objetivos de salud deseados.

     La Organización Mundial de la Salud (OMS), sigue recomendando (2020) que todos los adultos practiquen actividad física aeróbica de intensidad moderada, de 150 a 300 minutos semanales (por ejemplo, caminar a un ritmo vivo, o sea, a un 40% a 59% de la frecuencia cardiaca máxima) o ejercicio físico vigoroso (60% a 89% de la frecuencia cardiaca máxima, corriendo, nadando o ciclismo), de 75 a 150 minutos semanales, o alguna combinación de ambas (44).

   Para alcanzar el objetivo recomendado, una opción es combinar ejercicio físico moderado y vigoroso que satisfaga una demanda igual o superior a 500 a 1000 equivalentes metabólicos de tarea (METs) minutos por semana (como al principio dijimos, 1 MET es el consumo mínimo de oxígeno que el organismo requiere para mantener las constantes vitales (reposo):  3,5 ml de O2 Kg/min), que corresponden a 5400 a 7900 pasos al día o aproximadamente 4 a 6 kilómetros diarios.

   Aunque, en realidad, se considera a un sujeto “físicamente activo”, según estas guías, si efectúa más de 7500 pasos diarios (5,7 km).

   Entre los niños y adolescentes, un promedio de 60 min / día de actividad física aeróbica de intensidad moderada a vigorosa durante la semana brinda beneficios para la salud.

  También recomiendan una actividad de fortalecimiento muscular regular (ejercicios de fuerza) para todos los grupos de edad, al menos, dos sesiones semanales.  De igual forma, aconsejan una serie de ejercicios de flexibilidad para cada grupo principal músculo-tendinoso y actividades neuromotoras para mejorar el equilibrio, la agilidad, la coordinación y la marcha durante 20 a 30 minutos por día.

  Además, se recomienda reducir los comportamientos sedentarios en todo el espectro etario.

  Las pautas se dirigen a niños mayores de 5 años, adultos, ancianos y, por primera vez, incluyen recomendaciones específicas para mujeres embarazadas y posparto, así como para personas que viven con enfermedades crónicas o discapacidad.

  “Se alienta a los países a que adopten y difundan estas nuevas directrices mundiales a las audiencias clave, y las utilicen como base para campañas nacionales sostenidas de comunicación de educación pública que respondan a su contexto nacional y a factores como la cultura, la diversidad étnica y las normas sociales”, afirman los autores de esta guía.

 

 Caminar en plena naturaleza, absorbiéndola en todos los sentidos, como en el baño forestal o shinrin yoku japonés, amplifica los efectos saludables del ejercicio físico (anticancerígenos, cardiovasculares protectores, neuroprotectores…), reduciendo aún más el estrés, potenciando nuestro sistema inmunológico y contribuyendo a incrementar nuestro bienestar y nivel de salud.

     Apuntes finales

   A mi entender, resulta crucial elaborar e implementar programas comunitarios en estilos de vida saludables, con objeto de reducir no sólo el riesgo de desarrollar (tasa de incidencia) las enfermedades crónicas no comunicables, principales causas de enfermar y morir en el mundo, sino también para contribuir decisivamente a mejorar el pronóstico y la supervivencia de los pacientes diagnosticados de tales enfermedades: procesos cardiovasculares, respiratorios, tumorales, neurológicas, metabólicas, entre otras.

   En fin, en el caso del cáncer de próstata, sería muy necesario informar y sensibilizar a la población para que practique actividad física regularmente, a fin de reducir el riesgo de sufrirlo y mejorar la evolución y la esperanza de vida, en caso de padecerlo. Además, tales medidas deberían efectuarse regularmente a lo largo de todo el año y no sólo durante un mes en particular. Si, además, consiguiéramos que la gente se adhiriera a una dieta saludable a base de productos frescos y de temporada, con fruta, verdura, pescado, frutos secos, legumbres, bien acompañados de aceite de oliva virgen extra y con café de especialidad a los postres, tendríamos más posibilidades de alcanzar los objetivos propuestos y deseados.

                                                                          Dr. Félix Martín Santos

  

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