ACTIVIDAD FÍSICA REGULAR: EFECTO PREVENTIVO Y PROTECTOR DE LA COVID-19

A la luz de los conocimientos científicos actuales, la práctica regular de actividad física exhibe un efecto protector frente a la COVID-19 (Coronavirus Disease 2019), pues parece reducir tanto el riesgo de contagio cuanto la gravedad y la mortalidad por complicaciones provocadas por el SARS CoV-2, virus responsable de esta pandemia.

Se antoja crucial establecer medidas de prevención primaria de la COVID-19, capaces de reducir la tasa de incidencia (casos nuevos), que dependan de estilos de vida modificables, como la práctica de ejercicio físico o una dieta saludable como la Dieta Mediterránea, a fin de mejorar los resultados obtenidos con las medidas tendentes a reducir el mecanismo de transmisión (distancia social, empleo correcto de mascarillas, ventilación cruzada) y las dirigidas a disminuir la susceptibilidad del huésped, mediante el empleo de vacunas efectivas y seguras. Si, además, exhiben un efecto protector, evitando o mitigando la denominada tormenta inflamatoria o de citoquinas, responsable de la gravedad y mortalidad de los pacientes afectados, el beneficio será aún mucho mayor.

  A continuación, vamos a referir las pautas de actividad física recomendadas internacionalmente y, luego, veremos el efecto preventivo y protector de la COVID-19 por parte del ejercicio físico. En el artículo del próximo mes veremos lo que puede aportar, al respecto, una dieta a base de productos frescos y de temporada

 

Recomendaciones internacionales de actividad física: 150 a 300 minutos semanales de actividad moderada o 75 a 150 minutos semanales de actividad vigorosa en adultos. En niños y adolescentes, una hora diaria de ejercicio físico.

 

   Recomendaciones internacionales de actividad física

 

     La Organización Mundial de la Salud (OMS), en la última actualización de sus guías de actividad física, sigue recomendando que todos los adultos practiquen actividad física aeróbica de intensidad moderada, de 150 a 300 minutos semanales (por ejemplo, caminar a un ritmo vivo, o sea, a un 40% a 59% de la frecuencia cardiaca máxima) o ejercicio físico vigoroso (60% a 89% de la frecuencia cardiaca máxima, corriendo, nadando o ciclismo), de 75 a 150 minutos semanales, o alguna combinación de ambas.1

   Para alcanzar el objetivo recomendado, una opción es combinar ejercicio físico moderado y vigoroso que satisfaga una demanda igual o superior a 500 a 1000 equivalentes metabólicos de tarea (METs) minutos por semana (considerando que 1 MET es el consumo mínimo de oxígeno que el organismo requiere para mantener las constantes vitales (reposo):  3,5 ml de O2 Kg/min), que corresponden a 5400 a 7900 pasos al día o aproximadamente 4 a 6 kilómetros diarios.

   Aunque, en realidad, se considera a un sujeto “físicamente activo”, según estas guías, si efectúa más de 7500 pasos diarios (5,7 km).

   Entre los niños y adolescentes, un promedio de 60 min / día de actividad física aeróbica de intensidad moderada a vigorosa durante la semana brinda beneficios para la salud.

  También recomiendan una actividad de fortalecimiento muscular regular (ejercicios de fuerza) para todos los grupos de edad, al menos, dos sesiones semanales.  De igual forma, aconsejan una serie de ejercicios de flexibilidad para cada grupo principal músculo-tendinoso y actividades neuromotoras para mejorar el equilibrio, la agilidad, la coordinación y la marcha durante 20 a 30 minutos por día.

  Además, se recomienda reducir los comportamientos sedentarios en todo el espectro etario.

  Las pautas se dirigen a niños mayores de 5 años, adultos, ancianos y, por primera vez, incluyen recomendaciones específicas para mujeres embarazadas y posparto, así como para personas que viven con enfermedades crónicas o discapacidad.

  “Se alienta a los países a que adopten y difundan estas nuevas directrices mundiales a las audiencias clave, y las utilicen como base para campañas nacionales sostenidas de comunicación de educación pública que respondan a su contexto nacional y a factores como la cultura, la diversidad étnica y las normas sociales”, afirman los autores de esta guía.

 

El tabaquismo, la obesidad y la inactividad física incrementqn el riesgo de contagiarse por el SARS CoV-2, así como de la gravedad de la COVID-19, según un artículo publicado en Brain, Behavior, and Immunity, julio 2020

 

Reducción del riesgo de complicaciones y mortalidad por COVID-19

 

   Vamos a analizar los principales estudios epidemiológicos que han revelado una asociación entre la actividad física regular y una reducción del riesgo de hospitalización en plantas de neumología (por neumonía bilateral con insuficiencia respiratoria o/ embolia pulmonar) y en UCI (por insuficiencia respiratoria incoercible), así como de muerte por COVID-19.

  Empezaremos resumiendo el primer estudio de base comunitaria que reveló qué estilos de vida contribuían a incrementar la gravedad de la COVID-19, publicado, en julio del 2020, en una revista especializada (Brain, Behavior, and Immunity).2

   Los investigadores, Mark Hammer y colegas (Universidades de Londres, Southampton y Edinburgh), tras evaluar a 387.109 hombres y mujeres (56,4 ± 8,8 años; 55,1% mujeres) residentes en Inglaterra (estudio UK Biobank), comprobaron que el tabaquismo, la obesidad y la inactividad física incrementaban el riesgo de hospitalización por COVID-19 (760 casos, desde el 16 de marzo del 2020 hasta el 26 de abril del 2020): 42%, 200% y 32% (RR: 1,32; IC 95%: 1,10-1,58) respectivamente.

   También constataron un aumento, dosis-respuesta, del riesgo de COVID-19, de modo que los participantes en la categoría más adversa tenían un riesgo 4 veces mayor (4,41; 2,52 a 7,71) en comparación con las personas con el estilo de vida más óptimo.

    Concomitantemente, la concentración de proteína C reactiva (biomarcador inflamatorio) se asoció con un riesgo elevado de COVID-19, también dosis-respuesta, y, en parte (10-16%), explicó las asociaciones entre estilo de vida adverso y la COVID-19.

   Además, según las estimaciones de prevalencia de factores de riesgo del Reino Unido, la combinación de comportamientos poco saludables representó hasta el 51% de la fracción poblacional atribuible de COVID-19 grave.

   “Nuestros hallazgos sugieren que un estilo de vida poco saludable, sinónimo de un riesgo elevado de enfermedades no transmisibles, también es un factor de riesgo para el ingreso hospitalario por COVID-19, lo que podría explicarse en parte por una inflamación de bajo grado. La adopción de cambios sencillos en el estilo de vida podría reducir el riesgo de infecciones graves”, concluyeron los autores.

 

 Asociación inversa entre la capacidad máxima de ejercicio y la hospitalización por COVID-19

 

   En enero del 2021 se publicó un estudio epidemiológico (Mayo Clinic Proceeding) que reveló cómo la aptitud cardiorrespiratoria (cardiorespiratory fitnesses) es una variable que se asocia inversamente con la gravedad de la COVID-19, esto es, cuanto mayor sea la capacidad máxima de ejercicio menor será la probabilidad de ser hospitalizado por sufrir complicaciones de la enfermedad causada por el SARS CoV-2 (COVID-19 grave).3

       Aunque antes de continuar, es necesario precisar que el volumen máximo de oxígeno  (VO2máx) es la cantidad de oxígeno que podemos consumir en un minuto, reflejo de nuestra aptitud cardiorrespiratoria, nuestro estado de forma física y máxima capacidad de ejercicio, verdadero aval de buena salud, diferente en cada persona, pero que podemos incrementar mediante el entrenamiento, intensidad de ejercicio y duración.

  Ahora, prosigamos con el estudio en cuestión.

   En realidad se trata de un estudio retrospectivo, dado que la citada capacidad máxima de ejercicio fue evaluada antes de la pandemia (entre el 1 de enero de 2016 y el 29 de febrero de 2020), por motivos diversos (dolor torácico, disnea, evaluación del ritmo, insuficiencia cardíaca, hallazgos anómalos en el electrocardiograma, entre otros), mediante pruebas de esfuerzo cardiológicas (esfuerzo progresivo en tapiz rodante o cicloergómetro, controlado con electrocardiograma y ecocardiograma) y respiratorias (espirometría de circuito abierto con valoración del consumo de oxígeno). El resultado se cuantificó en equivalentes metabólicos (METs).  

   Posteriormente, con el advenimiento de la pandemia de la COVID-19, se planteó el estudio con el objetivo de comprobar la relación entre la citada capacidad máxima de ejercicio (METs máximo) y el riesgo de hospitalización por sufrir la COVID-19 grave.

   Así, identificaron 246 pacientes diagnosticados fiablemente de COVID-19 (PCR positiva en secreciones nasofaríngeas), entre el 29 de febrero de 2020 y el 30 de mayo de 2020, a los que previamente se les había medido la capacidad máxima de ejercicio (unos dos años antes).

   Pues bien, tras utilizar un riguroso aparato estadístico (regresión logística, con control de 13 covariables que incrementan el riesgo de sufrir COVID-19 grave), comprobaron que los 89 pacientes hospitalizados (36% del total) tuvieron METs máximos significativamente menores (6.7± 2.8) que los que no fueron ingresados en el hospital (8.0 ± 2,4).

   Además, el METs máximo (variable continua) se asoció inversamente con la probabilidad de hospitalización, de forma que cada aumento en una unidad de esta medida (Peak METs) se asoció independientemente con una reducción de un 13% del riesgo de hospitalización (OR: 0.87; IC 95%: 0.76-0.99).

    Estos hallazgos dan otro espaldarazo a la relación positiva entre la aptitud cardiorrespiratoria y la salud, pues un buen estado de forma física no sólo reduce el riesgo de sufrir enfermedades crónicas no comunicables sino también el de enfermedades infecciosas, como la COVID-19.

   Por fortuna, la capacidad máxima de ejercicio, es un factor de riesgo absolutamente modificable, pues podemos mejorarla notablemente mediante la práctica de actividad física regular.

 

Sedentarismo e incremento mortalidad COVID-19 en Cohorte retrospectiva española

 

    En marzo del 2021 se publicó (Infec. Dis. Ther.) un excelente trabajo de autoría española (Hospital Clínico de San Carlos, CIBERCV, Facultad de Medicina Complutense y Fundación para la Investigación Intrahospitalaria Cardiovascular, Madrid) que también reveló cómo un estilo de vida sedentario incrementa la mortalidad de los pacientes hospitalizados por la COVID-19.4

   Los autores de la investigación, Ricardo Salgado Aranda y colegas, efectuaron un estudio de cohorte retrospectiva que incluyó pacientes adultos (18 a 70 años), ingresados en el Hospital Clínico de San Carlos por COVID-19 grave (entre el 15 de febrero y el 15 de abril del 2020). Tras el alta todos los pacientes incluidos en el estudio (552) fueron contactados por teléfono, a fin de conocer el nivel de actividad física habitual y previa a sufrir este proceso (cuestionario protocolizado), lo que permitió dividirlos en dos grupos: sedentarios (grupo 1) y pacientes físicamente activos (grupo 2).

  Pues bien, la mortalidad global en el grupo 1, el de pacientes sedentarios, fue significativamente mayor que la del grupo de pacientes físicamente activos (13.8% vs 1.8%; p < 0.001). Así, comprobaron que los pacientes con un estilo de vida sedentario tenían incrementada la mortalidad independientemente de otros factores de riesgo previamente descritos (HR: 5.91 (1.80-19.41); p = 0.003).

 

  A la luz de los conocimientos científicos actuales, el sedentarismo aumenta el riesgo de COVID-19 grave en tanto que una buena adherencia a las pautas de ejercicio recomendadas internacionalmente reduce el riesgo de hospitalización y muerte por COVID-19 grave.

 

   Estudio estadounidense (Kaiser Permanente, California)

 

    En marzo del 2021 se publicó en una revista de prestigio (British Journal of Sports Medicine) un estudio que reprodujo resultados previos: el sedentarismo aumenta el riesgo de COVID-19 grave al contrario que una buena adherencia a las pautas de ejercicio físico recomendadas internacionalmente.5 Veámoslo.

   Los autores, Robert Sallis y colegas (Centro Médico Kaiser Permanente, California, USA) se plantearon como objetivo comparar las tasas de hospitalización, las admisiones en la unidad de cuidados intensivos (UCI) y la mortalidad de los pacientes con COVID-19 incluidos en alguno de estos tres grupos: los que permanecían habitualmente inactivos, los que realizaban alguna actividad y los que cumplían constantemente las pautas de actividad física.

  Para ello, contaron con 48.440 pacientes adultos, diagnosticados de COVID-19, desde el 1 de enero del 2020 hasta el 21 de octubre del 2020, con, al menos, tres mediciones previas de su nivel habitual de actividad física (desde el 19 de marzo de 2018 hasta el 18 de marzo de 2020), que permitió clasificarlos en tres categorías, según la información aportada por los propios pacientes (autoinformada): constantemente inactivo, 0 a 10 minutos semanales de actividad física; algo de actividad, de 11 a 149 minutos semanales; cumplimiento constante de las directrices internacionales, 150 minutos o más de actividad semanal).

   Pues bien, tras efectuar un análisis de regresión logística multivariable, controlando factores de riesgo y demográficos, observaron que los pacientes con COVID-19 que estuvieron constantemente inactivos tuvieron un mayor riesgo de hospitalización (OR 2,26; IC del 95%: 1,81 a 2,83), ingreso en la UCI (OR 1,73; IC del 95%: 1,18 a 2,55) y muerte (OR 2,49; 95%). % IC 1,33 a 4,67) debido a COVID-19 que los pacientes que cumplían constantemente las pautas de actividad física.

   Es preciso destacar que los pacientes sedentarios también tuvieron un mayor riesgo de hospitalización (OR 1,20; IC del 95%: 1,10 a 1,32), ingreso en la UCI (OR 1,10; IC del 95%: 0,93 a 1,29) y muerte (OR 1,32; IC del 95%: 1,09 a 1,60) por COVID-19 que los que realizaban alguna actividad física.

   Esta última observación refrenda un consolidado adagio: “Es mejor mucho que poco, y poco, mejor que nada”.

    En esta investigación, a diferencia de otras, también comprobaron que la inactividad física fue un factor de riesgo de mayor calado e intensidad de COVID-19 grave que otros reconocidos factores de riesgo modificables, incluidos el tabaquismo, la obesidad, la diabetes, la hipertensión, las enfermedades cardiovasculares y el cáncer.

   “Recomendamos que las autoridades de salud pública informen a todas las poblaciones que, a menos que se vacunen y sigan las pautas de seguridad de salud pública, como el distanciamiento social y el uso de mascarillas, la actividad física regular puede ser la acción más importante que las personas pueden tomar para prevenir el COVID-19 grave y sus complicaciones, incluida la muerte. Este mensaje es especialmente importante dadas las mayores barreras para regularizar nuestro nivel de actividad física durante los cierres y otras restricciones pandémicas. Los resultados del presente estudio sugieren una guía clara y viable para reducir el riesgo de resultados graves de COVID-19”, concluyeron los autores del estudio.

    Es obvio que tales recomendaciones valen tanto para los ciudadanos de su país (EEUU) como para los de cualquier otro país del mundo, afligido por esta terrible pandemia.

 

Prevención primaria de COVID-19 mediante la práctica de ejercicio físico regular

 

  En julio del 2021 se publica (British Journal of Sports Medicine) el primer estudio comunitario, de una cohorte nacional (Corea del sur), a gran escala (cerca de un cuarto de millón de participantes), que constata hechos conocidos por estudios previos: asociación entre la actividad física y una reducción del riesgo de COVID grave, así como de muerte por este proceso. Además, por primera vez, se comprueba que el ejercicio físico regular aeróbico y de fuerza, aconsejado en las guías internacionales, también reduce el riesgo de contagiarse por el SARS CoV-2 y, por ello, de sufrir la COVID-19.6

 

  Por primera vez, en julio del 2021  (British Journal of Sports Medicine) se observó que la práctica regular de actividad física, según las recomendaciones internacionales, reduce el riesgo de desarrollar la COVID-19 (de un 15 a un 22%), además de otros hechos conocidos: reducción gravedad de la COVID-19, en caso de contagiarse por el SARS CoV-2, agente responsable.

   Los autores del estudio dispusieron de los datos de 212 768 adultos coreanos (edad ≥ 20 años), que se sometieron a la prueba del SARS-CoV-2 (PCR en secreciones nasofaríngeas), desde el 1 de enero de 2020 hasta el 30 de mayo de 2020, merced a la colaboración del Servicio Nacional del Seguro de Salud de Corea del Sur.

  El nivel de actividad física de los implicados se obtuvo de los datos recogidos en el curso de la historia clínica efectuada en los exámenes de salud nacionales, de uno a dos años antes de la pandemia, concretamente desde el 1 de enero de 2018 hasta el 31 de diciembre de 2019.

   En realidad, los que completaron íntegramente el examen general de salud y, más tarde, se les hizo la prueba diagnóstica de infección por el SARS CoV-2, fueron 76 395 participantes, de los cuales 2295 (3,0%) dieron positivo para SARS-CoV-2 y 446 (0,58%) tenían una enfermedad grave por COVID-19, en tanto que los que murieron de COVID-19 fueron 45 (0.059%).

  Pues bien, los que realizaban actividades aeróbicas y de fortalecimiento muscular de acuerdo con las pautas de actividad física del 2018 (150 a 300 minutos semanales de actividad física aeróbica moderada, como andar rápido, o/y 75 a 150 minutos de actividad vigorosa, como correr, bici, natación; y dos sesiones semanales, al menos, de ejercicios de fuerza) obtuvieron fructíferos resultados: menor riesgo de infección por SARS-CoV-2 (2,6% frente a 3,1%; riesgo relativo ajustado (aRR), 0,85; IC del 95%: 0,72 a 0,96 ); un riesgo inferior de enfermedad grave por COVID-19 (0,35% frente a 0,66%; aRR 0,42; IC del 95%: 0,19 a 0,91); notable reducción de las muertes por COVID-19 (0,02% frente a 0,08%; aRR 0,24; IC del 95%: 0,05 a 0,99), con respecto a los que no cumplían con tal nivel de actividad física.

  Además, el rango objetivo recomendado de ejercicio físico, medido en equivalentes metabólicos (500-1000 MET min / semana), se asoció con la mayor reducción del riesgo de infección por SARS-CoV-2: 22% (aRR 0,78; IC 95%: 0,66 a 0,92), de enfermedad grave (38%) y muerte (83%) por COVID-19 (aRR 0,17; IC 95%: 0,07 a 0,98).

    Por otra parte, la duración de la estancia en el hospital se redujo aproximadamente 2 días en los pacientes que realizaron ejercicios aeróbicos y de fortalecimiento muscular (diferencia media ajustada: -2,08 días) o con MET 500-1 000 MET min / semana (diferencia media ajustada: -1,85 días).

   Según estos resultados, el cumplimiento de las pautas de ejercicio físico recomendado comporta una relevante reducción del riesgo de sufrir la COVID-19 (prevención primaria), de un 15% a un 22%.

   En caso de sufrirla, la probabilidad de tener complicaciones graves por COVID-19 se reducía un 34%, en tanto que la probabilidad de morir por esta enfermedad disminuía un 77% entre los que efectuaban actividad física, según las recomendaciones internacionales.

  Es preciso decir que los tamaños del efecto de estas asociaciones (actividad física, según guías, con menor riesgo de COVID-19 y menos complicaciones/muerte) fueron realmente significativos entre los ancianos, los varones, los que nunca habían fumado y los que tenían un índice de comorbilidad bajo (de Charlson).

   “Los hallazgos de este estudio sugieren que las políticas y estrategias de salud pública implementadas para aumentar la actividad física a nivel poblacional pueden reducir el riesgo de infección por SARS-CoV-2 y minimizar las consecuencias adversas en pacientes con COVID-19. Alentar a las personas a mantener los niveles recomendados de actividad física durante la pandemia de COVID-19 debe considerarse una prioridad de salud pública, que debe establecerse rápida y vigorosamente”, concluyeron los autores.

 

A la luz de los conocimientos científicos actuales, algo tan accesible como caminar a un ritmo vivo de 150 a 300 minutos semanales exhibe un efecto preventivo y protector de la COVID-19.

   ¿Por qué la actividad física regular puede exhibir un efecto preventivo y protector de COVID-19?

  En principio, tales efectos preventivos tienen que ver con el aumento de la respuesta inmune exhibida por el ejercicio físico regular, tanto de la inmunidad innata o natural como de la adquirida, además de ralentizar o frenar la inmunosenescencia, que a continuación explicaremos, y de optimizar la inmunovigilancia, sin soslayar sus efectos antiinflamatorios, antioxidantes y reparadores de anomalías del ADN.

 

              ¿Qué es la inmunosenescencia?

 

     Es el deterioro del sistema inmune que acontece con el envejecimiento humano, con reducción de la efectividad de la respuesta inmune, tanto de la innata o natural cuanto de la adquirida o adaptativa, frente a cualquier agresión, microbiológica, tumoral o de cualquier tipo, que nos afecte.

   Recordemos que la inmunidad innata, primera respuesta ante una sustancia extraña (antígeno), depende de la solvencia y eficacia de los leucocitos (monocitos, macrófagos, neutrófilos, linfocitos NK o asesinos naturales, entre otros), mediante su capacidad de engullir (fagocitar) y destruir a las citadas sustancias agresoras, tras migrar y acceder previamente al foco inflamatorio (quimiotaxis), para lo cual liberan sustancias químicas que interactúan entre ellos (citoquinas) para aumentar su número y capacidad destructiva.

   Lamentablemente, durante el envejecimiento se ha observado una reducción de la quimiotaxis y fagocitosis de los neutrófilos7 y monocitos,8 así como de la citotoxicidad de los linfocitos NK9 (muy eficaces frente a virus).

   Por otra parte, también, con la edad avanzada, se experimenta un declive de la inmunidad adaptativa, adquirida tras reconocer y memorizar a los antígenos para, luego, destruirlos específicamente (bacterias, virus, células tumorales) merced a la acción de los linfocitos T (inmunidad celular) y de los linfocitos B (inmunidad humoral), productores de los anticuerpos (tras transformación previa en células plasmáticas).

   Concretamente, a medida que envejecemos, se reduce la cantidad y la calidad de la producción de anticuerpos por los linfocitos B10, al tiempo que aumenta el número de linfocitos T senescentes, exhaustos y viejos11, lo que mitiga mucho la eficacia del sistema inmune, dado que los linfocitos T son como los mariscales de la inmunidad, responsables de la inmunidad celular y promotores de la humoral, al estimular a los linfocitos B.

   Además, suelen verse atrofias del timo12, órgano donde adquieren la inmunocompetencia los linfocitos T, así como un aumento de la secreción de citoquinas y quimioquinas proinflamatorias por parte de los linfocitos senescentes.13

   Por todo ello, la inmunosenescencia genera un estado inflamatorio sistémico (“inflammaging”) que contribuye sustancialmente a deteriorar la salud del anciano, pues incrementa el riesgo de desarrollar la mayoría de las enfermedades crónicas no comunicables.14

 

             ¿El ejercicio físico es capaz de frenar y mitigar la inmunosenescencia?

 

       Pues parece que sí, según lo referido en, al menos, un par de estudios científicos. Veámoslos.

     En un estudio se observó una asociación (correlación)positiva entre el grado de forma física o aptitud cardiorrespiratoria aeróbica (VO2Max) y el número de linfocitos T jóvenes (franco aumento), concomitante con un descenso de los linfocitos senescentes, en los 102 varones evaluados (18 a 61 años).15

   En otro estudio se apreció cómo los adultos (125 participantes, de 55 a 79 años) que practicaban ciclismo regularmente poseían un aumento de linfocitos jóvenes y una mayor actividad del timo (mayores niveles de IL-7, protector del timo y menores de IL-6, causante de atrofia tímica), cuando se los comparaba con los que no se ejercitaban físicamente (inactivos).16

 

     Optimiza la inmunovigilancia

 

  La inmunovigilancia no sólo es la capacidad del sistema inmune para detectar y eliminar células tumorales en cualquier fase de su desarrollo (carcinogénesis), sino también la habilidad para detectar cualquier agente extraño que agreda a nuestro organismo, como virus, bacterias u otros microbios.

   Pues bien, la actividad física regular aumenta la vigilancia inmune, merced a su capacidad de incrementar los anticuerpos (inmunoglobulinas), citoquinas antiinflamatorias (IL-1, IL-10), linfocitos T citotóxicos, linfocitos inmaduros, así como efectivos representantes de la inmunidad natural (también activos en la adquirida), como los neutrófilos y subseries de linfocitos NK (natural Killer).17

 

   Efectos antioxidantes y antiinflamatorios

 

    Los efectos antiinflamatorios del ejercicio físico han sido ampliamente descritos en la prevención de las enfermedades crónicas no comunicables, principales causas de enfermar y morir, mitigando la inflamación crónica, hecho patogénicos capital de las mismas.

   Efectivamente, la actividad física regular incrementa la producción de mioquinas antiinflamatorias sistémicas, regula favorablemente factores de transcripción (que activan genes implicados en la síntesis de enzimas antioxidantes, como el factor nuclear eritroide 2), además de un efecto antiobesigénico, con significativo incremento de la pérdida de peso corporal, evitando la eclosión y mantenimiento de marcadores proinflamatorios. 18

   Así, el ejercicio se asocia con un aumento de la concentración sanguínea de enzimas antioxidantes, como la catalasa (en torno a un 28%), superóxido dismutasa (74,5% de aumento) y glutatión peroxidasa (41% de incremento).19

   En consecuencia, el ejercicio moderado, cuando se compara con la inactividad física, promueve la salud por regular adecuadamente la homeostasis de los sistemas inflamatorios y redox (reacciones de oxidación-reducción), entre otros mecanismos.20

 

  ¿Qué debemos recomendar a un paciente aislado por sufrir la COVID-19 o en cuarentena por ser un contacto estrecho de un caso positivo?

 

    Según mi experiencia personal(neumólogo), a todos los pacientes aislados en su domicilio, bien por sufrir la enfermedad o bien por estar de cuarentena al ser contactos estrechos de un caso confirmado (no vacunados), les resulta muy fructífero y saludable evitar el sedentarismo, mediante la práctica de ejercicio físico de fuerza, con pesas o soportando su propio peso (calistenia), así como aeróbico, bien en bicicleta estática o caminando por el espacio reducido en el que se hallan (múltiples repeticiones) hasta hacer varios kilómetros (como lo aconsejado en las guías), para lo cual pueden valerse de aplicaciones del móvil, de enseñanzas de profesionales en vídeos publicados por internet o de estrategias similares.

  Si, además, les aconsejamos que sigan una dieta saludable, a base de productos frescos y de temporada, con fruta, verdura, pescado, frutos secos, aceite de oliva virgen extra, probióticos, como lácteos fermentados (yogures, kéfir), entre otros productos, huyendo siempre de los ultraprocesados, también contribuiremos a elevar su nivel de salud y posiblemente a reducir el riesgo de complicaciones durante la segunda semana (tormenta inflamatoria).

  Acorde con ello, son ya varios los estudios epidemiológicos que han observado una asociación entre un modelo dietético saludable, como la Dieta Mediterránea, y una reducción del riesgo de sufrir la COVID-19, así como de padecer complicaciones y muerte por este proceso.21-23

   Lo que también agradecen mucho es que nos comuniquemos regularmente por teléfono, a fin de solucionar dudas, controlar la evolución e insistir en los consejos de dieta y ejercicio físico y, sobre todo, para transmitir cariño, confianza y cierta credibilidad. De esta suerte, también contribuiremos a reducir el nivel de ansiedad, el riesgo de depresión mental y del nefando estrés, que si imperaran podrían socavar el estado anímico y debilitar la respuesta inmune.  

 

El efecto preventivo y protector de la COVID-19 por parte del ejercicio físico regular se atribuye a su capacidad de potenciar la inmunidad, tanto la natural o innata como la adquirida o específica.

 

    Apuntes finales

 

     En la actual situación de pandemia por la COVID-19 (ahora, con la sexta ola, dominada por la variante ómicron), la práctica regular de actividad física debe ser una prioridad de salud pública, pues parece ser capaz de reducir el riesgo de contagiarse por el SARS CoV-2 y, por tanto, de sufrir esta temible enfermedad, así como, en caso de padecerla, de disminuir el riesgo de complicaciones severas y muerte. Si a estos relevantes beneficios añadimos la reconocida capacidad de la actividad física de aumentar la esperanza de vida en buena salud, reduciendo la mortalidad prematura por enfermedades crónicas24, principales causas de enfermar y morir en el mundo, no debería perderse más tiempo para implementar medidas que aseguren el suficiente nivel de actividad física, cuando menos, el aconsejado por las guías internacionales, para las todas las personas, desde la infancia hasta la senectud.

                                                                   Dr. Félix Martín Santos

 

Bibliografía:

 

1.      Br J Sports Med. 2020 Dec;54(24):1451-1462. doi: 10.1136/bjsports-2020-102955.

World Health Organization 2020 guidelines on physical activity and sedentary behaviour. Fiona C Bull…Juana F Willumsen.

 

2.      Lifestyle risk factors, inflammatory mechanisms, and COVID-19 hospitalization: A community-based cohort study of 387,109 adults in UK. Mark Hamera Mika Kivimäki. Catharine R. Gale, G. David Batty. Brain, Behavior, and Immunity. Volume 87, July 2020, Pages 184-187.

3.       Inverse  Relationship of Maximal Exercise Capacity to Hospitalization Secondary to Coronavirus Disease 2019 Clinton A. Brawner, PhD; Jonathan K. Ehrman, PhD; Shane Bole, BS; Dennis J. Kerrigan, PhD; Sachin S. Parikh, MD; Barry K. Lewis, DO; Ryan M. Gindi, MD; Courtland Keteyian, MD; Khaled Abdul-Nour, MD; and Steven J. Keteyian, PhD. Mayo Clinic Proceedings, volumen 96, issue 1, p 32-39, january 1, 2021.

4.      Infect Dis Ther. 2021 Jun;10(2):801-814.doi: 10.1007/s40121-021-00418-6. Epub 2021 Mar 14.Influence of Baseline Physical Activity as a Modifying Factor on COVID-19 Mortality: A Single-Center, Retrospective Study. Ricardo Salgado Aranda, Nicasio Pérez-Castellano, Iván Núñez Gil, A Josué Orozco, Norberto Torres Esquivel, Jesús Flores Soler…Julián Pérez Villacastín.

5.      Physical inactivity is associated with a higher risk for severe COVID-19 outcomes: a study in 48 440 adult patients. http://orcid.org/0000-0001-7633-7345Robert Sallis, Deborah Rohm Young, Sara Y Tartof, James F Sallis, Jeevan Sall1, Qiaowu Li, Gary N Smith, Deborah A Cohen. British Journal of Sports Medicine. Volumen 55, issue 19.

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