Chorrera de Jigareo: Joya oculta de la Sierra de las Quilamas

Por un barranco de la ladera meridional del valle forjado por el río Quilamas, al suroeste de la provincia de Salamanca, desciende impetuoso el cauce del arroyo que origina una insólita y singular cascada: la chorrera de Jigareo. Torrentes, cascadas, barrancos y valles que forman parte del Espacio Natural Protegido de la Sierra de las Quilamas, bastión septentrional de la Sierra de Francia.

Su calidad medioambiental, con una flora y fauna plena de endemismos, y su desarrollo sostenible han merecido la declaración de Reserva de la Biosfera por la Unesco (octubre de 2006).


Desde Linares de Riofrío parte una bellísima ruta que permite acceder a este recóndito enclave. Empezaremos el trayecto desde la fuente de la Marina, donde un vecino cartel nos advierte de que estamos en la ruta de las Quilamas.


Ascenso por el bosque de la Honfría hasta el Hueco.


El ascenso por el bosque de la Honfría en pos de la fuente homónima es, según mi criterio, uno de los recorridos naturales que uno no puede dejar de visitar al menos una vez en su vida. Aunque ya son varios los artículos de este blog en los que gloso las bondades de este excepcional bosque caducifolio, ahora, no puedo por menos que recordar que alberga una rica flora, con bastantes taxones endémicos de nuestra Península, regada por abundantes fuentes, donde el castaño domina la umbría, acompañado de numerosos melojos, bastantes acebos, avellanos y cerezos silvestres.


Lágrimas de David (Polygonatum odoratum). La Honfría, 20-05-2016


  Fruto (bayas de color negro azulado) de poligonatum odoratum. La Honfría, 10-08-2016



Acicate real o pajaritos (Linaria triornitophora). Cerca de la cuesta de las Pollinas, 18-06-2016


Durante los meses de mayo y junio de este año 2016, tuve la ocasión de fotografiar numerosas plantas de este privilegiado bosque: el Sello de Salomón o Lágrimas de David (Polygonatum odoratum), el acicate real o pajaritos (Linaria triornitophora), la abundante hierba de san Cristobal (Actaea spicata), la aguileña (Aquilegia vulgaris subsp. dichroa), varias y diversas orquídeas (Cephalantera longifoliaNeottia nidus-avis y Anacamptis mascula), la rosa albardera o peonía (Paeonia broteri), la medicinal pulmonaria (Pulmonaria officinalis), entre otras muchas.


Orquídea de la Honfría (Anacamptis mascula), 13-05-2016


Luego, en julio, contemplé gozoso  la floración de la azucena silvestre (Lilium martagon). Antes, en marzo, el narciso fue el dueño y señor de estos parajes, con respeto de las prímulas. Finalmente, a principios de agosto tuve la gran fortuna de contemplar al acónito común (Aconitum napellus), cuya belleza rivaliza con su toxicidad, con sus hojas palmadas (palmitisectas) y su corola constituida por 5 pétalos azules, el superior a modo de casco. Confieso mi admiración por la riqueza botánica que encierra el bosque de la Honfría, pues, sin caer en infértiles chovinismos, la Naturaleza se nos muestra realmente espectacular.


Azucena silvestre (Lilium martagon). Bosque de la Honfría, 10-07-2016



 Aguileña, 20-05-2016


Aconitum napellus. Bosque de la Honfría. Linares de Riofrío, 10-08-2016


Aconitum napellus. Bosque de la Honfría. Linares de Riofrío, 10-08-2016


Bueno, no nos olvidemos de la ruta. Son cuatro los kilómetros que tenemos que andar desde la fuente de la Marina hasta llegar a la fuente de la Honfría, en caso de ascender por el camino principal. Si subiéramos por la cuesta de las Pollinas, con tres kilómetros de duro pero bellísimo ascenso, cubriríamos la distancia entre los dos manantiales.


Ya en la fuente de la Honfría tendremos que dirigir nuestros pasos hasta el Hueco. El sendero que conduce al mismo está a unas decenas de metros de este venero, a golpe de vista, tras pasar entre centenarios cerezos y gozar en primavera de orquídeas, peonías y botones de oro.


Una vez en el sendero, giraremos a la izquierda, pasaremos por un vecino paso canadiense y en una centena de metros accederemos a una bifurcación. Abandonaremos el sendero de la izquierda, que nos conduciría a las Peñas del Agua, para coger el de la derecha, que nos llevará hasta el Hueco. De esta forma, seguiremos este último ramal durante poco más de medio kilómetro para desembocar en el paso canadiense que sirve de frontera entre los municipios de Linares y de San Miguel de Valero. Nada más llegar nos dirigiremos hacia el oeste, en dirección a Castilldecabras, señalado en un cartel anunciador, para enseguida entrar en terreno de Valero.


De esta suerte, ya en pleno Hueco, recorreremos cuatrocientos metros, sin dejar de maravillarnos con sus excepcionales vistas (al sur y suroeste), hasta llegar a la senda, a nuestra izquierda, que conduce al pico Porrejón, la cual no cogeremos. Justo en este sector alcanzamos el punto más alto de esta ruta: 1165 metros. A partir de aquí la ruta es un continuo descender, al principio, reposado, luego, más agitado.


Panorámica desde el Hueco


Descenso por el Hueco: entre helechos y castaños centenarios


Procedamos a bajar. A los 110 metros de empezar a descender por el camino principal veremos a nuestra diestra dos hitos: una placa de coto de caza y el tronco seco y cercenado de un castaño, indicándonos que tenemos que abandonar este ancho camino para penetrar por una angosta vereda, sita en el lado opuesto, justo enfrente de estas involuntarias señales. Tras progresar escasos metros (sur- suroeste), nos desviaremos, a nuestra derecha (al oeste), por una trocha, medio oculta por altos helechos y algunos ejemplares de torvisco, donde parece no existir camino. Menos mal que en menos de una centena de metros nos topamos, a nuestra izquierda, con un centenario castaño, resquebrajado, con una rama desgajada y cruzada en el suelo, de la que se eleva otra secundaria, al otro lado del huidizo camino, que hace de marco de puerta improvisada, sobre la que pende una señal colgada: plástico blanco y rojo desteñido.


Mientras proseguimos, tenemos que abrirnos camino entre los omnipresentes helechos, que cubren lo que antaño, hace medio siglo, fue una fértil tierra, en la que los autóctonos de Valero sembraban exquisitas fresas de la variedad fresón, haciendo la competencia a mis paisanos de Linares de Riofrío. De esta suerte llegaremos, tras recorrer ochenta metros desde el punto anterior, hasta  una umbría arbolada, a nuestra izquierda, constituida por siete vigorosos castaños, que rodean a un cerezo y al tronco seco y desmochado de un viejo castaño. En su suelo es común ver alguna mata de peonías y bastantes de agrimonia.


Agrimonia entre un mar de helechos. Sendero de la chorrera de Jigareo, 10-07-2016


Nada más salir de esta foresta podremos recrearnos con la contemplación, a nuestra derecha, al noroeste, del pico del Mojón del Marrano o de las Tres Rayas; al oeste, el pico de Cortina alta; más en lontananza, también al oeste, el pico de la cueva Quilama; a nuestra izquierda, al suroeste, veremos el pico del Castillo de Valero. A continuación, tras breve descenso (ochenta metros más), encontraremos, a nuestra diestra, cuatro jóvenes encinas y varios árboles frutales: dos manzanos y tres cerezos. Unos pocos metros más de bajada y nos topamos con otra señal indicadora del camino, colgada de una encina, que se repite, tras caminar una cincuentena de metros más, pendiendo de otra encina, pegada a un jovencísimo castaño. Son de agradecer estas marcas, pues nos alumbran y guían por esta escondida trocha.




Si progresamos unos pocos metros más apreciaremos uno de los hitos del camino: un castaño con varios siglos de existencia, sobre cuyo ancho tronco se apoyan varios palos para constituir una especie de choza, en la que caben varias personas. Además, un gran nudo del tronco hace de  escaño natural, en el que podremos sentarnos y descansar. Aunque, antaño, este cobertizo natural también servía para resguardar del sol las cajas de fresas que los valeranos recogían en temporada, según me atestiguó mi amigo Severo, natural de Valero y gran conocedor de estas tierras. Este punto emblemático de la ruta se encuentra a trescientos cincuenta metros del inicio de este oculto camino, que cogimos al abandonar el camino de Castildecabras.


A continuación atravesaremos un auténtico cerezal (hasta doce cerezos he llegado a contar), abandonado y mal cuidado por los herederos de aquellos esforzados valeranos, que con tanto primor cultivaban y cuidaban estos lares. Luego, avanzamos unos pocos metros más para descubrir, a nuestra izquierda, cuatro robustos castaños, ubicados en los ángulos de una especie de rectángulo térreo, donde los jabalíes se revuelcan con fervor. Me sorprende agradablemente el vigor de estos árboles, en absoluto afectados por la condenada Tinta. Estos centenarios castaños amenizan el camino, pues desde el que nos servía de choza y de escaño hasta estos cuatro tan sólo hay una centena de metros. Aún nos queda algún castaño más por ver, sobre todo uno situado también a nuestra izquierda, de excepcional porte.



 Rafael Navarro, gran conocedor de estos parajes.


Cuando desciendo por estos lares en compañía de mi querido amigo Rafa, noble y orgulloso valerano, intento empaparme del conocimiento y vivencias que posee sobre las Quilamas. Así, por ejemplo, al llegar al anterior campamento de castaños suele comentarme.


-Mira Félix, entre estos castaños muchos de mis paisanos de Valero solían pasar al raso las noches veraniegas, después de una dura jornada de trabajo.


-Buena cama natural para descansar y dormir—empezaba yo con mi engolado discurso—. Supongo que en aquella época la quietud del lugar estaría amenizada por sonidos naturales: el aullido del lobo, el ulular del cárabo, el persistente “cri-cri, cri-cri” del grillo…


-Sí, sí, de todo eso había, pero no todo era calma y sosería, pues también se oían otros ruidos naturales: el de las parejas que encontraban la dicha del placer retozando en tan natural ambiente—me respondía con sorna.


Tras provocarme la risa subsiguiente por su habitual donaire, le transmitía mi pesar por la dejadez del lugar, por el descuido de los frutales y la ausencia de cultivos.


-A mí también me da pena, pues de niño sí que disfruté y algo me tocó trabajar por este vallejo del Hueco mientras mis paisanos roturaban las tierras, sembraban fresas, podaban e injertaban cerezos y manzanos.


-Entonces no entiendo por qué este abandono — le respondía—. Ya sé que el famoso y delicioso fresón de los años setenta dejó de prosperar y desarrollarse en estas tierras. Bien lo saben mis paisanos de Linares. Sin embargo, este valle está bien orientado y fertilizado por buenas aguas que facilitarían el cultivo de hortalizas y, por supuesto, frutales diversos.


-Hortalizas, no -me corrige Rafa- porque los tomates, lechugas y cebollas se sembraban en huertos cercanos a los hogares y no tan lejos del pueblo.


-¿Cuánto de lejos?


-Pues como había que subir zigzagueando por la montaña, con mulas de carga, tardábamos en llegar como una hora y media. 


-¡Vaya! Sí que estaba lejos. Pero, Rafa, supongo que aquí sembraríais algo más que fresas, no.


-Por supuesto, Félix. En estos terrenos del Hueco se obtenían unas excelentes alubias blancas y unas buenísimas patatas. Como no había en otros sitios- me respondía con convicción y orgullo.


-Entonces, si tan buenas eran, no logro comprender por qué dejasteis de cultivarlas- le presionaba para que resolviera mis dudas.


-Pues porque en Valero y en San Miguel desde hace varias décadas obtenemos más beneficios económicos con la apicultura. Ya sabes que distribuimos nuestras colmenas no sólo por estas tierras sino también por otras provincias. Nos da trabajo, mucho, casi parecido a roturar la tierra en terrazas y bancales por las laderas de nuestro pueblo, como hacíamos antes, pero, como te decía, ganamos sensiblemente más. Además de proporcionar excelentes mieles de encina, brezo, milflores y demás variedades, también obtenemos un purísimo polen.


Es obvio que el argumento de mi amigo es muy sólido. No en balde los apicultores de estos dos pueblos serranos están a la cabeza de la producción apícola europea. Así, por ejemplo, Reina Kilama, cooperativa constituida en San Miguel, con 350 toneladas de polen, es la más importante de Europa en este producto apícola. Espero que puedan resistir la feroz y deshonesta competencia de las mieles de China, que abaratan el producto a costa de una deplorable calidad.


Manantial de la poza grande: fuente de vida y de cascadas


Ahora es el momento de ver el manantial origen del arroyo que desciende por la ladera montañosa en pos del río Quilamas y que, antes de su desembocadura fluvial, forja una verdadera joya paisajística: la chorrera de Jigareo.


Para llegar a él basta con andar treinta metros desde el castañar anterior. A la derecha del camino veremos brotar, entre juncos, el agua de un pequeño manantial. Parece poca cosa, sin embargo, al poco de nacer, los valeranos construyeron un par de pozas, para almacenar el agua que manaba sin cesar, con el propósito de utilizarla para regar. Según me relató Rafa, la más grande, de forma rectangular tendría unas dimensiones de unos cinco metros de anchura por unos quince de longitud. Su profundidad, cuando se llenaba de agua, se acercaba a los dos metros. También me refirió, con nostalgia, que eran objeto de limpieza regular, pues quitaban regularmente las malezas así como el lodo que pudiera depositarse en su fondo. De esta forma el agua, limpia y transparente, invitaba a sumergirse en ella, por lo que más de un mozuelo se atrevió a bañarse, a espaldas de sus padres, en tan higiénica piscina. Sin embargo, el agua debía de estar tan fría  como para que más de uno sufriera alguna infección respiratoria. Al menos así me lo contó el bueno de Rafa. Incluso llegó a precisarme que, hace 45 años, un mozalbete de 10 años se enfrió tanto después del baño como para manifestar un cuadro de tos y fiebre, por el que murió, días más tarde. Parece que el abnegado médico rural le echó la culpa a una pulmonía.


Las pozas, 10-07-2016


Ahora no se aprecian las citadas presas o pozas, pues el lodo, la broza y la maleza las enmascaran totalmente. No obstante, sí que me llama la atención la presencia de la famosa yerba de San Antonio (Epilobium hirsutum), en torno a las mismas. Además, múltiples berros (Nasturtium officinale) forman un lecho verde sobre su superficie.


Bueno, prosigamos con el arroyo formado por esta hontana, el cual, al poco de nacer, lame el tronco hueco de otro centenario castaño, que muestra huellas de hollín, resultado del impacto de algún rayo. A partir de aquí caminaremos durante un corto tramo (doscientos metros) entre encinas y dispersos castaños, para llegar hasta un campo de cerezos, rodeados por encinas. A continuación, aparece una tapia, a nuestra derecha, delimitadora de fincas de labor, que nos acompañará durante casi una centena de metros. Luego, el sendero bordea un corpulento guindo para, enseguida, descender por una corta y pronunciada pendiente, cobijados por altas retamas y ramas de encina, que nos conduce hasta un pequeño y corto encinar. Tras sobrepasarlo, habremos andado un kilómetro por este ignorado y abandonado valle.


Ahora el camino salva una tapia caída o tirada a propósito para acceder a un prado, el del tío Filiberto, por el que deambularemos, paralelos a su indemne pared superior, a nuestra izquierda, hasta que volvamos a atravesarlo por otro vano en el lienzo de su murete. Nosotros seguiremos caminando paralelos a este primitivo cerco, pero, ahora, ubicado a nuestra derecha.


Caminando por el pedregal del Gorgorizo


A partir de aquí el lecho térreo se va convirtiendo en un piso pétreo, mientras nos dirigimos hacia el oeste, a nuestra derecha. Enseguida comprobamos que estamos descendiendo por una auténtica pedrera, guiados por grupos de pedruscos amontonados con cierto orden,  a fin de indicarnos el camino correcto. A los cien metros de caminar de esta guisa vemos, desde una pequeña atalaya, que la dichosa pedrera no sólo no desaparece sino que se nos muestra más grandiosa. En este momento mi altímetro marca 1052 metros.


Ahora será cuestión de armarse de cierto valor para recorrer los doscientos metros de puro y duro pedregal. Las numerosas marcas pétreas nos indican el camino a seguir, mientras avanzamos por el sector inferior de este roquedal, al arrimo de un gran encinar con algunas manchas de castaño, regado por el cauce del arroyo citado anteriormente. Estos parajes y terrenos reciben la denominación de Cortina Baja. El monte picudo que les da cobijo lo llaman Cortina Alta.



Si por nuestra derecha tenemos muy cerca el arbolado, a nuestra izquierda tenemos piedras y más piedras que ascienden por la ladera hasta llegar a otro encinar. Durante este tramo arriscado, sin cobertura vegetal que nos dé sombra ni nos oculte el cielo, es relativamente común ver planeando algún ejemplar de buitre negro, además de los numerosos buitres leonados que crían por estos riscos. Los negros, en cambio, lo hacen sobre las copas arbóreas. Lo abrupto e inhóspito del lugar no oculta una extraña belleza.


Encina de las Trozas: sosiego del descenso vertiginoso


Tras abandonar la cantera, hemos recorrido casi un kilómetro y medio (1430 metros, según el programa de mi móvil). A continuación, descenderemos por una especie de túnel de retamas, para en corto trecho ver una notable encina, que parece saludarnos y advertirnos de que nos queda menos de un kilómetro de trayecto (unos setecientos metros) para llegar a nuestra deseada cascada.


Rafael Navarro junto a la encina de las Trozas


A partir de ahora descenderemos por una pendiente más acusada, también de suelo pedregoso, arrimándonos por nuestro zocato costado a un roquedo, hasta llegar, tras una centena y media de metros, a otra notable encina, donde el murmullo del agua se hace más patente. A continuación, bajamos por nuestra diestra para pasar por una bóveda de encinas y encontrarnos con un longevo nogal. Luego, umbría, espinos albares, encinas, alguna higuera, que desconocen el estío, merced a que el agua del arroyo baña constantemente sus raíces. Enseguida, el regato decide salvar un desnivel de unos dos metros, formando una pequeña y estrecha cascada. Nosotros también nos vemos obligado a superarlo. Los más valientes, a salto limpio; los más prudentes, sentándonos sobre el suelo, descolgando las piernas para apoyar los pies en un saliente rocoso, desde donde acortaremos el salto. En julio de este año me sorprendió ver madreselvas florecidas en torno a la misma.



Una vez recobrado el equilibrio, cruzamos las saltarinas aguas por su angosto y superficial cauce, a fin de ascender, por la derecha, una pequeña pendiente. Ya arriba, volvemos a descender, orientados por las socorridas señales pétreas y, tras recorrer una centena de metros, descubrimos un emblema de la ruta: la encina de las Trozas.


Según mi querido amigo Rafa, las suculentas  bellotas de esta descomunal encina sólo las recogía el que pujaba más en la subasta anual que organizaba el ayuntamiento de Valero. “Eran tantas las bellotas que se recogían  como para tirarse una familia unos dos días vareando y cogiendo este fruto de la encina”, refería.


Cuando me lo relató por primera vez, el 30 de julio de 2015, mientras me descubría esta singular ruta, sus palabras transmitían gran sentimiento, notable admiración y un profundo respeto por sus paisanos de Valero, de los que tanto aprendió. Siempre me gusta escucharle, especialmente cuando me habla de sus queridas Quilamas. Me suele decir: “Aunque mi infancia fue dura, trabajando de cabrero por estos arriscados parajes, nunca me quejé, pues poco necesité y nada me faltó. Mi recuerdo sigue siendo grato.”


Mi buen amigo Rafa ejemplifica como pocos las virtudes que acompañan a gran parte de estos serranos: laboriosidad sin desmayo, sagacidad notable, honradez a imitar, un humor fino y contagioso, fidelidad en la amistad… Lo digo como lo vivo y lo siento; no es pasteleo ni compadreo.


La chorrera de Jigareo: mágico y oculto lugar


Ahora volvamos a la ruta. Ya queda poco para llegar a la chorrera. Poco más de doscientos metros. Eso sí, deberemos serpentear por otra trocha, entre jaras y rocas, guiados por las marcas de los buenos samaritanos que se aventuran por esta arcana ruta. Por fin, descendemos a una plataforma rocosa desde la que se divisa, a nuestra izquierda, el pasillo de acceso a la chorrera de Jigareo, donde la altitud es de 905 metros. Hemos andado dos mil doscientos metros desde que abandonamos el camino de Castilldecabras y entramos por la vereda entre helechos.



Para ver esta cascada debemos superar una especie de pedestal rocoso, que nos aproxima a su entrada. Una alta y fina higuera nos da la bienvenida en la pared izquierda del recinto que la aloja. Sí, digo bien, recinto, porque esta chorrera está protegida por una especie de cámara rectangular forjada en la roca viva por la erosión milenaria del agua que cae sin cesar. Esto último también parece ser cierto a tenor de la notable cantidad de agua que formaba su cola equina la primera vez que la vi, el 30 de julio de 2015; durante uno de los veranos más secos de las últimas décadas. Pues bien, el manantial que la origina y que forma todo este valle abarrancado no ceja en su empeño: suministrar el agua a esta chorrera y alimentar, más abajo, al río Quilamas, en cuya orilla izquierda desemboca.


Félix y Rafa. Chorrera de Jigareo, agosto de 2016


Además, el excelente grado de conservación de este curso fluvial permite el desarrollo del raro mirlo acuático (Cinclus cinclus). “El andarríos siempre ha hecho su nido entre las paredes de esta chorrera”, me suele recordar Rafa, cuando se refiere al mirlo acuático. Aunque desde hace un año la he visitado numerosas veces, sólo logré contemplar la oscura y rechoncha figura de este pájaro, con su característico babero blanco que se extiende hasta el pecho, en la excursión que efectué hace menos de un mes, en agosto de este año. Efectivamente, nada más entrar y romper la intimidad del lugar, se pudo ver durante unos segundos el vuelo de esta emblemática ave que huía de los intrusos que habían osado alterar la quietud de su hogar. En este caso éramos un buen grupo de amigos/as.



La cascada como tal tiene unas dimensiones medias, ni es pequeña ni es muy grande, aunque sí ruidosa. El agua cae con estrépito y dificulta la conversación cuando estamos en compañía. Debe de ser parte de la estratagema de la que se vale el orgulloso y narcisista espíritu acuático para que la contemplemos con fervor y dedicación exclusiva. No lo sé, pero siempre que la he visitado, sólo o en compañía, he disfrutado mucho. Me parece estar en un arcano y mistérico lugar, al alcance de pocas personas, gozando con mi fortuna por contemplar este tesoro natural. Sin embargo, suelo traicionarla, desvelando su belleza a conocidos y amigos, de diversas formas: verbalmente, en fotografía, vídeos e incluso, como ahora, en líneas escritas.


El autor de estas líneas acurrucado ante el esplendor de la chorrera de Jigareo (julio 2015)


Ruegos finales


En fin, no me quiero despedir sin efectuar una serie de ruegos y recomendaciones a los posibles visitantes de este emblemático ecosistema: amemos y respetemos tan singulares parajes, no alteremos su protegida flora, no destruyamos el micelio subterráneo de las numerosas especies de hongos que enriquecen estos bosques y no avasallemos a la amplia fauna no cinegética. Si somos respetuosos con este entorno seguiremos enriqueciendo nuestra calidad de vida, mientras descubrimos sus maravillas, y legaremos a las generaciones futuras una buena fuente de salud y de felicidad.



                                          Dr. Félix Martín Santos