Chorrera de Jigareo: Joya oculta de la Sierra de las Quilamas

Por un barranco de la ladera meridional del valle forjado por el río Quilamas, al suroeste de la provincia de Salamanca, desciende impetuoso el cauce del arroyo que origina una insólita y singular cascada: la chorrera de Jigareo. Torrentes, cascadas, barrancos y valles que forman parte del Espacio Natural Protegido de la Sierra de las Quilamas, bastión septentrional de la Sierra de Francia.

Su calidad medioambiental, con una flora y fauna plena de endemismos, y su desarrollo sostenible han merecido la declaración de Reserva de la Biosfera por la Unesco (octubre de 2006).


Desde Linares de Riofrío parte una bellísima ruta que permite acceder a este recóndito enclave. Empezaremos el trayecto desde la fuente de la Marina, donde un vecino cartel nos advierte de que estamos en la ruta de las Quilamas.


Ascenso por el bosque de la Honfría hasta el Hueco.


El ascenso por el bosque de la Honfría en pos de la fuente homónima es, según mi criterio, uno de los recorridos naturales que uno no puede dejar de visitar al menos una vez en su vida. Aunque ya son varios los artículos de este blog en los que gloso las bondades de este excepcional bosque caducifolio, ahora, no puedo por menos que recordar que alberga una rica flora, con bastantes taxones endémicos de nuestra Península, regada por abundantes fuentes, donde el castaño domina la umbría, acompañado de numerosos melojos, bastantes acebos, avellanos y cerezos silvestres.


Lágrimas de David (Polygonatum odoratum). La Honfría, 20-05-2016


  Fruto (bayas de color negro azulado) de poligonatum odoratum. La Honfría, 10-08-2016



Acicate real o pajaritos (Linaria triornitophora). Cerca de la cuesta de las Pollinas, 18-06-2016


Durante los meses de mayo y junio de este año 2016, tuve la ocasión de fotografiar numerosas plantas de este privilegiado bosque: el Sello de Salomón o Lágrimas de David (Polygonatum odoratum), el acicate real o pajaritos (Linaria triornitophora), la abundante hierba de san Cristobal (Actaea spicata), la aguileña (Aquilegia vulgaris subsp. dichroa), varias y diversas orquídeas (Cephalantera longifoliaNeottia nidus-avis y Anacamptis mascula), la rosa albardera o peonía (Paeonia broteri), la medicinal pulmonaria (Pulmonaria officinalis), entre otras muchas.


Orquídea de la Honfría (Anacamptis mascula), 13-05-2016


Luego, en julio, contemplé gozoso  la floración de la azucena silvestre (Lilium martagon). Antes, en marzo, el narciso fue el dueño y señor de estos parajes, con respeto de las prímulas. Finalmente, a principios de agosto tuve la gran fortuna de contemplar al acónito común (Aconitum napellus), cuya belleza rivaliza con su toxicidad, con sus hojas palmadas (palmitisectas) y su corola constituida por 5 pétalos azules, el superior a modo de casco. Confieso mi admiración por la riqueza botánica que encierra el bosque de la Honfría, pues, sin caer en infértiles chovinismos, la Naturaleza se nos muestra realmente espectacular.


Azucena silvestre (Lilium martagon). Bosque de la Honfría, 10-07-2016



 Aguileña, 20-05-2016


Aconitum napellus. Bosque de la Honfría. Linares de Riofrío, 10-08-2016


Aconitum napellus. Bosque de la Honfría. Linares de Riofrío, 10-08-2016


Bueno, no nos olvidemos de la ruta. Son cuatro los kilómetros que tenemos que andar desde la fuente de la Marina hasta llegar a la fuente de la Honfría, en caso de ascender por el camino principal. Si subiéramos por la cuesta de las Pollinas, con tres kilómetros de duro pero bellísimo ascenso, cubriríamos la distancia entre los dos manantiales.


Ya en la fuente de la Honfría tendremos que dirigir nuestros pasos hasta el Hueco. El sendero que conduce al mismo está a unas decenas de metros de este venero, a golpe de vista, tras pasar entre centenarios cerezos y gozar en primavera de orquídeas, peonías y botones de oro.


Una vez en el sendero, giraremos a la izquierda, pasaremos por un vecino paso canadiense y en una centena de metros accederemos a una bifurcación. Abandonaremos el sendero de la izquierda, que nos conduciría a las Peñas del Agua, para coger el de la derecha, que nos llevará hasta el Hueco. De esta forma, seguiremos este último ramal durante poco más de medio kilómetro para desembocar en el paso canadiense que sirve de frontera entre los municipios de Linares y de San Miguel de Valero. Nada más llegar nos dirigiremos hacia el oeste, en dirección a Castilldecabras, señalado en un cartel anunciador, para enseguida entrar en terreno de Valero.


De esta suerte, ya en pleno Hueco, recorreremos cuatrocientos metros, sin dejar de maravillarnos con sus excepcionales vistas (al sur y suroeste), hasta llegar a la senda, a nuestra izquierda, que conduce al pico Porrejón, la cual no cogeremos. Justo en este sector alcanzamos el punto más alto de esta ruta: 1165 metros. A partir de aquí la ruta es un continuo descender, al principio, reposado, luego, más agitado.


Panorámica desde el Hueco


Descenso por el Hueco: entre helechos y castaños centenarios


Procedamos a bajar. A los 110 metros de empezar a descender por el camino principal veremos a nuestra diestra dos hitos: una placa de coto de caza y el tronco seco y cercenado de un castaño, indicándonos que tenemos que abandonar este ancho camino para penetrar por una angosta vereda, sita en el lado opuesto, justo enfrente de estas involuntarias señales. Tras progresar escasos metros (sur- suroeste), nos desviaremos, a nuestra derecha (al oeste), por una trocha, medio oculta por altos helechos y algunos ejemplares de torvisco, donde parece no existir camino. Menos mal que en menos de una centena de metros nos topamos, a nuestra izquierda, con un centenario castaño, resquebrajado, con una rama desgajada y cruzada en el suelo, de la que se eleva otra secundaria, al otro lado del huidizo camino, que hace de marco de puerta improvisada, sobre la que pende una señal colgada: plástico blanco y rojo desteñido.


Mientras proseguimos, tenemos que abrirnos camino entre los omnipresentes helechos, que cubren lo que antaño, hace medio siglo, fue una fértil tierra, en la que los autóctonos de Valero sembraban exquisitas fresas de la variedad fresón, haciendo la competencia a mis paisanos de Linares de Riofrío. De esta suerte llegaremos, tras recorrer ochenta metros desde el punto anterior, hasta  una umbría arbolada, a nuestra izquierda, constituida por siete vigorosos castaños, que rodean a un cerezo y al tronco seco y desmochado de un viejo castaño. En su suelo es común ver alguna mata de peonías y bastantes de agrimonia.


Agrimonia entre un mar de helechos. Sendero de la chorrera de Jigareo, 10-07-2016


Nada más salir de esta foresta podremos recrearnos con la contemplación, a nuestra derecha, al noroeste, del pico del Mojón del Marrano o de las Tres Rayas; al oeste, el pico de Cortina alta; más en lontananza, también al oeste, el pico de la cueva Quilama; a nuestra izquierda, al suroeste, veremos el pico del Castillo de Valero. A continuación, tras breve descenso (ochenta metros más), encontraremos, a nuestra diestra, cuatro jóvenes encinas y varios árboles frutales: dos manzanos y tres cerezos. Unos pocos metros más de bajada y nos topamos con otra señal indicadora del camino, colgada de una encina, que se repite, tras caminar una cincuentena de metros más, pendiendo de otra encina, pegada a un jovencísimo castaño. Son de agradecer estas marcas, pues nos alumbran y guían por esta escondida trocha.




Si progresamos unos pocos metros más apreciaremos uno de los hitos del camino: un castaño con varios siglos de existencia, sobre cuyo ancho tronco se apoyan varios palos para constituir una especie de choza, en la que caben varias personas. Además, un gran nudo del tronco hace de  escaño natural, en el que podremos sentarnos y descansar. Aunque, antaño, este cobertizo natural también servía para resguardar del sol las cajas de fresas que los valeranos recogían en temporada, según me atestiguó mi amigo Severo, natural de Valero y gran conocedor de estas tierras. Este punto emblemático de la ruta se encuentra a trescientos cincuenta metros del inicio de este oculto camino, que cogimos al abandonar el camino de Castildecabras.


A continuación atravesaremos un auténtico cerezal (hasta doce cerezos he llegado a contar), abandonado y mal cuidado por los herederos de aquellos esforzados valeranos, que con tanto primor cultivaban y cuidaban estos lares. Luego, avanzamos unos pocos metros más para descubrir, a nuestra izquierda, cuatro robustos castaños, ubicados en los ángulos de una especie de rectángulo térreo, donde los jabalíes se revuelcan con fervor. Me sorprende agradablemente el vigor de estos árboles, en absoluto afectados por la condenada Tinta. Estos centenarios castaños amenizan el camino, pues desde el que nos servía de choza y de escaño hasta estos cuatro tan sólo hay una centena de metros. Aún nos queda algún castaño más por ver, sobre todo uno situado también a nuestra izquierda, de excepcional porte.



 Rafael Navarro, gran conocedor de estos parajes.


Cuando desciendo por estos lares en compañía de mi querido amigo Rafa, noble y orgulloso valerano, intento empaparme del conocimiento y vivencias que posee sobre las Quilamas. Así, por ejemplo, al llegar al anterior campamento de castaños suele comentarme.


-Mira Félix, entre estos castaños muchos de mis paisanos de Valero solían pasar al raso las noches veraniegas, después de una dura jornada de trabajo.


-Buena cama natural para descansar y dormir—empezaba yo con mi engolado discurso—. Supongo que en aquella época la quietud del lugar estaría amenizada por sonidos naturales: el aullido del lobo, el ulular del cárabo, el persistente “cri-cri, cri-cri” del grillo…


-Sí, sí, de todo eso había, pero no todo era calma y sosería, pues también se oían otros ruidos naturales: el de las parejas que encontraban la dicha del placer retozando en tan natural ambiente—me respondía con sorna.


Tras provocarme la risa subsiguiente por su habitual donaire, le transmitía mi pesar por la dejadez del lugar, por el descuido de los frutales y la ausencia de cultivos.


-A mí también me da pena, pues de niño sí que disfruté y algo me tocó trabajar por este vallejo del Hueco mientras mis paisanos roturaban las tierras, sembraban fresas, podaban e injertaban cerezos y manzanos.


-Entonces no entiendo por qué este abandono — le respondía—. Ya sé que el famoso y delicioso fresón de los años setenta dejó de prosperar y desarrollarse en estas tierras. Bien lo saben mis paisanos de Linares. Sin embargo, este valle está bien orientado y fertilizado por buenas aguas que facilitarían el cultivo de hortalizas y, por supuesto, frutales diversos.


-Hortalizas, no -me corrige Rafa- porque los tomates, lechugas y cebollas se sembraban en huertos cercanos a los hogares y no tan lejos del pueblo.


-¿Cuánto de lejos?


-Pues como había que subir zigzagueando por la montaña, con mulas de carga, tardábamos en llegar como una hora y media. 


-¡Vaya! Sí que estaba lejos. Pero, Rafa, supongo que aquí sembraríais algo más que fresas, no.


-Por supuesto, Félix. En estos terrenos del Hueco se obtenían unas excelentes alubias blancas y unas buenísimas patatas. Como no había en otros sitios- me respondía con convicción y orgullo.


-Entonces, si tan buenas eran, no logro comprender por qué dejasteis de cultivarlas- le presionaba para que resolviera mis dudas.


-Pues porque en Valero y en San Miguel desde hace varias décadas obtenemos más beneficios económicos con la apicultura. Ya sabes que distribuimos nuestras colmenas no sólo por estas tierras sino también por otras provincias. Nos da trabajo, mucho, casi parecido a roturar la tierra en terrazas y bancales por las laderas de nuestro pueblo, como hacíamos antes, pero, como te decía, ganamos sensiblemente más. Además de proporcionar excelentes mieles de encina, brezo, milflores y demás variedades, también obtenemos un purísimo polen.


Es obvio que el argumento de mi amigo es muy sólido. No en balde los apicultores de estos dos pueblos serranos están a la cabeza de la producción apícola europea. Así, por ejemplo, Reina Kilama, cooperativa constituida en San Miguel, con 350 toneladas de polen, es la más importante de Europa en este producto apícola. Espero que puedan resistir la feroz y deshonesta competencia de las mieles de China, que abaratan el producto a costa de una deplorable calidad.


Manantial de la poza grande: fuente de vida y de cascadas


Ahora es el momento de ver el manantial origen del arroyo que desciende por la ladera montañosa en pos del río Quilamas y que, antes de su desembocadura fluvial, forja una verdadera joya paisajística: la chorrera de Jigareo.


Para llegar a él basta con andar treinta metros desde el castañar anterior. A la derecha del camino veremos brotar, entre juncos, el agua de un pequeño manantial. Parece poca cosa, sin embargo, al poco de nacer, los valeranos construyeron un par de pozas, para almacenar el agua que manaba sin cesar, con el propósito de utilizarla para regar. Según me relató Rafa, la más grande, de forma rectangular tendría unas dimensiones de unos cinco metros de anchura por unos quince de longitud. Su profundidad, cuando se llenaba de agua, se acercaba a los dos metros. También me refirió, con nostalgia, que eran objeto de limpieza regular, pues quitaban regularmente las malezas así como el lodo que pudiera depositarse en su fondo. De esta forma el agua, limpia y transparente, invitaba a sumergirse en ella, por lo que más de un mozuelo se atrevió a bañarse, a espaldas de sus padres, en tan higiénica piscina. Sin embargo, el agua debía de estar tan fría  como para que más de uno sufriera alguna infección respiratoria. Al menos así me lo contó el bueno de Rafa. Incluso llegó a precisarme que, hace 45 años, un mozalbete de 10 años se enfrió tanto después del baño como para manifestar un cuadro de tos y fiebre, por el que murió, días más tarde. Parece que el abnegado médico rural le echó la culpa a una pulmonía.


Las pozas, 10-07-2016


Ahora no se aprecian las citadas presas o pozas, pues el lodo, la broza y la maleza las enmascaran totalmente. No obstante, sí que me llama la atención la presencia de la famosa yerba de San Antonio (Epilobium hirsutum), en torno a las mismas. Además, múltiples berros (Nasturtium officinale) forman un lecho verde sobre su superficie.


Bueno, prosigamos con el arroyo formado por esta hontana, el cual, al poco de nacer, lame el tronco hueco de otro centenario castaño, que muestra huellas de hollín, resultado del impacto de algún rayo. A partir de aquí caminaremos durante un corto tramo (doscientos metros) entre encinas y dispersos castaños, para llegar hasta un campo de cerezos, rodeados por encinas. A continuación, aparece una tapia, a nuestra derecha, delimitadora de fincas de labor, que nos acompañará durante casi una centena de metros. Luego, el sendero bordea un corpulento guindo para, enseguida, descender por una corta y pronunciada pendiente, cobijados por altas retamas y ramas de encina, que nos conduce hasta un pequeño y corto encinar. Tras sobrepasarlo, habremos andado un kilómetro por este ignorado y abandonado valle.


Ahora el camino salva una tapia caída o tirada a propósito para acceder a un prado, el del tío Filiberto, por el que deambularemos, paralelos a su indemne pared superior, a nuestra izquierda, hasta que volvamos a atravesarlo por otro vano en el lienzo de su murete. Nosotros seguiremos caminando paralelos a este primitivo cerco, pero, ahora, ubicado a nuestra derecha.


Caminando por el pedregal del Gorgorizo


A partir de aquí el lecho térreo se va convirtiendo en un piso pétreo, mientras nos dirigimos hacia el oeste, a nuestra derecha. Enseguida comprobamos que estamos descendiendo por una auténtica pedrera, guiados por grupos de pedruscos amontonados con cierto orden,  a fin de indicarnos el camino correcto. A los cien metros de caminar de esta guisa vemos, desde una pequeña atalaya, que la dichosa pedrera no sólo no desaparece sino que se nos muestra más grandiosa. En este momento mi altímetro marca 1052 metros.


Ahora será cuestión de armarse de cierto valor para recorrer los doscientos metros de puro y duro pedregal. Las numerosas marcas pétreas nos indican el camino a seguir, mientras avanzamos por el sector inferior de este roquedal, al arrimo de un gran encinar con algunas manchas de castaño, regado por el cauce del arroyo citado anteriormente. Estos parajes y terrenos reciben la denominación de Cortina Baja. El monte picudo que les da cobijo lo llaman Cortina Alta.



Si por nuestra derecha tenemos muy cerca el arbolado, a nuestra izquierda tenemos piedras y más piedras que ascienden por la ladera hasta llegar a otro encinar. Durante este tramo arriscado, sin cobertura vegetal que nos dé sombra ni nos oculte el cielo, es relativamente común ver planeando algún ejemplar de buitre negro, además de los numerosos buitres leonados que crían por estos riscos. Los negros, en cambio, lo hacen sobre las copas arbóreas. Lo abrupto e inhóspito del lugar no oculta una extraña belleza.


Encina de las Trozas: sosiego del descenso vertiginoso


Tras abandonar la cantera, hemos recorrido casi un kilómetro y medio (1430 metros, según el programa de mi móvil). A continuación, descenderemos por una especie de túnel de retamas, para en corto trecho ver una notable encina, que parece saludarnos y advertirnos de que nos queda menos de un kilómetro de trayecto (unos setecientos metros) para llegar a nuestra deseada cascada.


Rafael Navarro junto a la encina de las Trozas


A partir de ahora descenderemos por una pendiente más acusada, también de suelo pedregoso, arrimándonos por nuestro zocato costado a un roquedo, hasta llegar, tras una centena y media de metros, a otra notable encina, donde el murmullo del agua se hace más patente. A continuación, bajamos por nuestra diestra para pasar por una bóveda de encinas y encontrarnos con un longevo nogal. Luego, umbría, espinos albares, encinas, alguna higuera, que desconocen el estío, merced a que el agua del arroyo baña constantemente sus raíces. Enseguida, el regato decide salvar un desnivel de unos dos metros, formando una pequeña y estrecha cascada. Nosotros también nos vemos obligado a superarlo. Los más valientes, a salto limpio; los más prudentes, sentándonos sobre el suelo, descolgando las piernas para apoyar los pies en un saliente rocoso, desde donde acortaremos el salto. En julio de este año me sorprendió ver madreselvas florecidas en torno a la misma.



Una vez recobrado el equilibrio, cruzamos las saltarinas aguas por su angosto y superficial cauce, a fin de ascender, por la derecha, una pequeña pendiente. Ya arriba, volvemos a descender, orientados por las socorridas señales pétreas y, tras recorrer una centena de metros, descubrimos un emblema de la ruta: la encina de las Trozas.


Según mi querido amigo Rafa, las suculentas  bellotas de esta descomunal encina sólo las recogía el que pujaba más en la subasta anual que organizaba el ayuntamiento de Valero. “Eran tantas las bellotas que se recogían  como para tirarse una familia unos dos días vareando y cogiendo este fruto de la encina”, refería.


Cuando me lo relató por primera vez, el 30 de julio de 2015, mientras me descubría esta singular ruta, sus palabras transmitían gran sentimiento, notable admiración y un profundo respeto por sus paisanos de Valero, de los que tanto aprendió. Siempre me gusta escucharle, especialmente cuando me habla de sus queridas Quilamas. Me suele decir: “Aunque mi infancia fue dura, trabajando de cabrero por estos arriscados parajes, nunca me quejé, pues poco necesité y nada me faltó. Mi recuerdo sigue siendo grato.”


Mi buen amigo Rafa ejemplifica como pocos las virtudes que acompañan a gran parte de estos serranos: laboriosidad sin desmayo, sagacidad notable, honradez a imitar, un humor fino y contagioso, fidelidad en la amistad… Lo digo como lo vivo y lo siento; no es pasteleo ni compadreo.


La chorrera de Jigareo: mágico y oculto lugar


Ahora volvamos a la ruta. Ya queda poco para llegar a la chorrera. Poco más de doscientos metros. Eso sí, deberemos serpentear por otra trocha, entre jaras y rocas, guiados por las marcas de los buenos samaritanos que se aventuran por esta arcana ruta. Por fin, descendemos a una plataforma rocosa desde la que se divisa, a nuestra izquierda, el pasillo de acceso a la chorrera de Jigareo, donde la altitud es de 905 metros. Hemos andado dos mil doscientos metros desde que abandonamos el camino de Castilldecabras y entramos por la vereda entre helechos.



Para ver esta cascada debemos superar una especie de pedestal rocoso, que nos aproxima a su entrada. Una alta y fina higuera nos da la bienvenida en la pared izquierda del recinto que la aloja. Sí, digo bien, recinto, porque esta chorrera está protegida por una especie de cámara rectangular forjada en la roca viva por la erosión milenaria del agua que cae sin cesar. Esto último también parece ser cierto a tenor de la notable cantidad de agua que formaba su cola equina la primera vez que la vi, el 30 de julio de 2015; durante uno de los veranos más secos de las últimas décadas. Pues bien, el manantial que la origina y que forma todo este valle abarrancado no ceja en su empeño: suministrar el agua a esta chorrera y alimentar, más abajo, al río Quilamas, en cuya orilla izquierda desemboca.


Félix y Rafa. Chorrera de Jigareo, agosto de 2016


Además, el excelente grado de conservación de este curso fluvial permite el desarrollo del raro mirlo acuático (Cinclus cinclus). “El andarríos siempre ha hecho su nido entre las paredes de esta chorrera”, me suele recordar Rafa, cuando se refiere al mirlo acuático. Aunque desde hace un año la he visitado numerosas veces, sólo logré contemplar la oscura y rechoncha figura de este pájaro, con su característico babero blanco que se extiende hasta el pecho, en la excursión que efectué hace menos de un mes, en agosto de este año. Efectivamente, nada más entrar y romper la intimidad del lugar, se pudo ver durante unos segundos el vuelo de esta emblemática ave que huía de los intrusos que habían osado alterar la quietud de su hogar. En este caso éramos un buen grupo de amigos/as.



La cascada como tal tiene unas dimensiones medias, ni es pequeña ni es muy grande, aunque sí ruidosa. El agua cae con estrépito y dificulta la conversación cuando estamos en compañía. Debe de ser parte de la estratagema de la que se vale el orgulloso y narcisista espíritu acuático para que la contemplemos con fervor y dedicación exclusiva. No lo sé, pero siempre que la he visitado, sólo o en compañía, he disfrutado mucho. Me parece estar en un arcano y mistérico lugar, al alcance de pocas personas, gozando con mi fortuna por contemplar este tesoro natural. Sin embargo, suelo traicionarla, desvelando su belleza a conocidos y amigos, de diversas formas: verbalmente, en fotografía, vídeos e incluso, como ahora, en líneas escritas.


El autor de estas líneas acurrucado ante el esplendor de la chorrera de Jigareo (julio 2015)


Ruegos finales


En fin, no me quiero despedir sin efectuar una serie de ruegos y recomendaciones a los posibles visitantes de este emblemático ecosistema: amemos y respetemos tan singulares parajes, no alteremos su protegida flora, no destruyamos el micelio subterráneo de las numerosas especies de hongos que enriquecen estos bosques y no avasallemos a la amplia fauna no cinegética. Si somos respetuosos con este entorno seguiremos enriqueciendo nuestra calidad de vida, mientras descubrimos sus maravillas, y legaremos a las generaciones futuras una buena fuente de salud y de felicidad.



                                          Dr. Félix Martín Santos


 

 

INTERMITENTE

PERSISTENTE LEVE

PERSISTENTE MODERADA

PERSISTENTE SEVERA

Síntomas diurnos

No (2 veces o menos a la semana)

Más de 2 veces a la semana

Síntomas diariamente

Síntomas continuos (varias veces diarias)

Medicación de alivio (Broncodilatador de rescate: Beta2 adrenérgico)

No (2 veces o menos a la semana)

Más de 2 veces semanales, pero no diariamente

Todos los días

Varias veces al día

Síntomas nocturnos

No más de 2 veces al mes

Más de 2 veces al mes

Más de una vez a la semana

Frecuentes

Limitación de la actividad

Ninguna

Algo

Bastante

Mucha

Función respiratoria (FEV1 o PEF) % teórico

> 80%

> 80%

> 60% - <80%

<60%

Exacerbaciones

Ninguna

Una o ninguna al año

Dos o más al año

Dos o más anuales

 

La espirometría es también fundamental para establecer el grado de severidad del asma, puesto que cuanto más bajo sea el valor del FEV1 más severa es la enfermedad y el riesgo de exacerbación aumenta concomitantemente.

 

Es preciso referir que es suficiente la presencia de cualquiera de las situaciones mostradas en la tabla para clasificar al asma en intermitente o en persistente, en sus diversos grados (ligera, moderada y severa).

 

¿Cuándo decimos que el asma está bien controlada?

 

Según la mejor guía internacional de manejo del asma, la de la GINA (Global Initiative for Asthma 2019), el grado de control del asma se evalúa tras establecer un tratamiento de fondo con corticoides inhalados (budesonida, fluticasona, beclometasona, ciclesonida, mometasona) con o sin broncodilatadores de acción prolongada (formoterol, salmeterol, vilanterol), en base a los datos obtenidos en la espirometría y en la respuesta a las mismas preguntas utilizadas para establecer la severidad de la misma.

 

Según los datos obtenidos podremos ver si el asma está bien controlada, parcialmente controlada o mal controlada, como se aprecia en la tabla anexa.

 

 

Bien controlada (deben cumplirse todos los siguientes)

Parcialmente controlada (Cualquier valor de los siguientes en cualquier semana)

Mal controlada (si ≥3 características de asma parcialmente controlada)

Síntomas diurnos

Ninguno (≤2 veces a la semana)

>2 veces a la semana

 

Medicación de alivio(Broncodilatador de rescate: Beta2 adrenérgico)

Ninguna (≤2 veces a la semana)

>2 veces a la semana

 

Síntomas nocturnos/despertares

Ninguno

Cualquiera

 

Limitación de la actividad

Ninguna

Cualquiera

 

Función respiratoria (FEV1 o PEF) % teórico

FEV 1>80% del valor teórico

PEF > 80% mejor valor personal

FEV 1<80% del valor teórico

PEF < 80% mejor valor personal

 

Exacerbaciones

Ninguna

≥1 al año

≥1 en cualquier semana

 

Es bueno mencionar aquí que la mayoría de los pacientes con asma responden bien a un tratamiento de fondo, cuyo objetivo fundamental es neutralizar la inflamación de la vía aérea, siendo los mejores antiinflamatorios los corticoides inhalados, a dosis de microgramos, pues exhiben una alta efectividad y una notable seguridad, dado que la dosis que no inhalan (como un 80% del total) y degluten es eliminada en, gran parte, en el hígado, en un primer paso metabólico. Además, tal dosis tiende a descenderse periódicamente (cada 4 meses) en caso de comprobar estabilidad clínica y funcional (en los niños, verdadera ganancia). De esta suerte, el tratamiento óptimo es el que controla al paciente con la dosis mínima de corticoides inhalados, variable en cada sujeto. Si no, sería preciso reevaluar la situación.

 

¿Cuáles son los principales factores de riesgo de sufrir exacerbaciones?

 

El principal factor de riesgo de sufrir crisis asmáticas es tener mal controlado el asma.  Luego, existen una serie de factores de riesgo modificables, incluso en pacientes con pocos síntomas de asma, que siempre deben tenerse en cuenta, entre los que se hallan los siguientes:

 

- Mal manejo de los corticoides inhalados, por no prescribirse, mala adherencia o por incorrecta técnica de inhalación.

 

- Exposiciones nefandas: al tabaco, contaminantes atmosféricos, a alérgenos a los que está sensibilizado y cuya inhalación le provoca síntomas.

 

- Comorbilidades: obesidad, rinosinusitis crónica, reflujo gastroesofágico, alergia alimentaria, ansiedad y depresión.

 

- Infecciones agudas de las vías aéreas superiores, frecuentemente de origen vírico, complicadas con sinusitis maxilar y bronquitis aguda.

 

- Función pulmonar precaria: bajo FEV1, especialmente si es inferior al 60% del valor teórico.

 

- Antecedentes de intubación o asistencia a Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) por crisis severas.

 

- Sufrir una o más exacerbaciones en los últimos 12 meses.

 

Actividad física y asma

 

Después de explicar estos conceptos básicos sobre el asma, estamos en disposición analizar los efectos beneficiosos de la práctica de actividad física aeróbica en el asma.

 

Lo que en las siguientes líneas voy a resumir son una serie de estudios epidemiológicos, la mayoría experimentales, que han revelado que un programa de entrenamiento físico aeróbico seguido por pacientes con asma moderado o severo consigue mejorar su forma física (fitness cardiorrespiratorio), su calidad de vida, reducir la sintomatología, así como el estrés y la ansiedad.

 

Efecto protector del ejercicio físico en el asma: Subir escaleras (escalinata de acceso a la portada del Sarmental de la Catedral de Burgos) es una buena forma de efectuar ejercicio físico aeróbico.

 

Efecto protector de la actividad física en el asma: algo tan sencillo o costoso como subir escaleras es un buen ejercicio aeróbico, que ayuda a controlar mejor el asma, además de contribuir a mejorar nuestra forma física y a reducir la tasa de muerte por todas las causas, entre otros muchos efectos saludables.

 

En agosto del 2010 se publicó en la revista oficial del Colegio Americano de Neumólogos (Chestun estudio experimental brasileño que reveló cómo un programa de entrenamiento aeróbico, durante 3 meses, reducía la clínica, aumentaba los días libres de ansiedad y depresión, así como la calidad de vida de los 50 pacientes que, por procedimientos de aleatorización, se beneficiaron de esta intervención (más ejercicios respiratorios y educación sobre asma), con respecto a los 51 que sólo recibieron un programa educativo más ejercicios respiratorios. (11)

 


Más tarde, en febrero del 2011, se publicó en una revista especializada (Medicine & Science in Sports & Exercise), otro estudio experimental efectuado por el mismo grupo de investigadores, Felipe Mendes y colegas, que, basándose en el efecto antiinflamatorio del ejercicio físico aeróbico en enfermedades crónicas, pretendió comprobar si también un programa controlado de entrenamiento aeróbico era capaz de exhibir un efecto antiinflamatorio en pacientes con asma moderado y severo, mediante la reducción del recuento de eosinófilos en el esputo (objetivo principal) y la disminución del óxido nítrico exhalado (FeNO), como medida indirecta de inflamación por eosinófilos (objetivo secundario). Para ello, distribuyeron por aleatorización a los 68 sujetos de la muestra en dos grupos: uno, el control, que siguió un programa educativo sobre asma y ejercicios respiratorios; el otro, se benefició, además, de un programa de entrenamiento aeróbico. Tras realizar controles semanales, durante tres meses, pudo comprobarse que los pacientes que efectuaron el citado ejercicio físico aeróbico experimentaron una reducción significativa de sus niveles de eosinófilos en esputo y del FeNO (r: 0,7 y 0, 9, respectivamente), sobre todo, en los que partieron con mayores niveles inflamatorios versus los del grupo control. (12)


Otros hallazgos de este ensayo fueron la observación de un mejor estado de forma física (mejor consumo máximo de oxígeno: V˙O2max), mayor número de días libres de síntomas y menores exacerbaciones por parte de los pacientes que cayeron en el grupo de intervención, o sea, los que siguieron el programa de entrenamiento aeróbico.


Si bien estos boyantes resultados se obtuvieron en pacientes adultos, también en niños se ha comprobado, mediante estudios experimentales, que un programa de entrenamiento aeróbico mejoraba su estado de forma física (mayor V˙O2max), aumentaba su calidad de vida y lograba reducir las dosis diarias de corticoides inhalados. (13)


Posteriormente, en agosto del 2015, Carvalho y Mendes vuelven a la carga, para publicar, en la revista de la Sociedad Británica de Neumología (Thorax), otro estudio experimental en el que establecieron como objetivo principal ver si un programa de entrenamiento aeróbico era capaz de reducir la hiperreactividad bronquial y los marcadores inflamatorios de un grupo de pacientes afectos de asma moderada y severa. (14)


Para ello, distribuyeron por aleatorización a los 58 participantes (de 20 a 59 años) en dos grupos: uno, el control, que se benefició de un programa de educación para la salud en asma más un programa de yoga con ejercicios respiratorios, dos sesiones semanales de 30 minutos; el otro, el de la intervención, cuyos integrantes efectuaron, además, un programa de entrenamiento aeróbico, consistente en dos sesiones semanales durante tres meses, de ejercicio en tapiz rodante, durante 35 minutos (5 minutos de calentamiento, 25 minutos de tapiz y 5 de distensión/relajación).


Obviamente, todos los participantes siguieron recibiendo su tratamiento médico del asma (corticoides inhalados con o sin broncodilatadores de acción prolongada).


Pues bien, a la conclusión del estudio observaron que los que practicaron el citado ejercicio aeróbico se beneficiaron de una reducción de su hiperreactividad bronquial, medida con la técnica de provocación con histamina indicada por la Sociedad Americana de Neumología ( ATS)15, así como de una disminución de ciertos biomarcadores inflamatorios (interleucina 6, IL-6, proteína quimiotáctica de monocitos, MCP-1), además de sufrir menos exacerbaciones y aumentar su calidad de vida (AQLQ), con respecto a los del grupo control.


También apreciaron una significativa reducción del recuento de eosinófilos en el esputo y del FeNO en los pacientes que tenían mayor grado de inflamación, como ya comprobaron en estudios previos. (12)


Ejercicio físico en obesos con asma


Estos resultados son concordantes con los obtenidos en otro estudio experimental, de autoría australiana, que reveló cómo un programa de entrenamiento aeróbico más dieta conseguía reducir células inflamatorias del esputo, véase eosinófilos y neutrófilos, así como la interleucina 6 de una muestra de pacientes obesos afectos de asma. (16) 


Posteriormente, en el 2018, se publicó en la revista oficial de la Sociedad Europea de Neumología (European Respiratory Journal), un estudio epidemiológico experimental que reveló cómo un programa de ejercicio más dieta para perder peso, seguido por una muestra de obesos, durante tres meses, logró mejorar la actividad física durante el tiempo libre (controlada con acelerómetro), reducir la sintomatología asmática y los síntomas depresivos, así como mejorar el rendimiento del sueño, con respecto al grupo placebo, que sólo recibió el tratamiento dietético. (17)


Todo ello indica que la práctica de ejercicio físico puede exhibir auténticos efectos antiinflamatorios en el asma, tanto de obesos como de personas con peso normal, y que, por ello, es una excelente estrategia complementaria al tratamiento médico de esta enfermedad respiratoria crónica.


Pero ¿la actividad física podría ejercer un efecto preventivo de asma?


Aunque no hay suficiente información científica para posicionarse claramente, buscaremos pistas que puedan ayudarnos en tal tesitura, analizando la información aportada por los estudios de mayor rigor.


Empezaremos con los resultados obtenidos en una revisión sistemática y metaanálisis de estudios observacionales, de autoría holandesa, publicada, en diciembre del 2012, en una revista de calidad contrastada (PLOS/one). (18)


Marianne Eijkemans y colegas, responsables del trabajo, seleccionaron 5 estudios prospectivos, que incluyeron a 85.117 participantes (niños, adolescentes y adultos), que no padecían asma al principio del estudio. Tras el correspondiente seguimiento (de 9 a 10 años), apreciaron una asociación entre un mayor nivel de actividad física (quintil, tercil más altos, o actividad vigorosa) y un menor riesgo de asma, inicialmente no significativo (=R:0.88 (IC 95%: 0.77–1.01), pero al excluir el estudio de menor calidad metodológica, la asociación se tornó significativa: un 13% de reducción del riesgo de asma (0.87 (95% CI: 0.77–0.99), con respecto a los de menor nivel de ejercicio físico (quintil y tercil más bajos, sedentarios o bajo nivel de actividad física, según el estudio). Bien cierto es que la significación fue real, aunque tenue.


Posteriormente, en abril del 2016, se publicaron (BMC Pediatricslos resultados de un metaanálisis de tres estudios observacionales longitudinales (muestra total: 550), de autoría danesa, que reveló cómo un bajo nivel de actividad física se asoció con un mayor riesgo de asma en niños y adolescentes, años más tarde: un 35% superior (OR: 1.35, IC: 1.13 a 1.62). (19)


No obstante, se apreció un relevante grado de heterogeneidad entre los estudios citados que redujo la fortaleza de la significación alcanzada.


Así, el menor grado de ejercicio físico asociado a este mayor riesgo de asma varió de un estudio a otro: mayor tiempo dedicado a ver la televisión, menor participación en actividades deportivas, menos tiempo empleado a jugar en deportes de equipo, versus menos televisión, más actividad física-deportiva y más deporte de equipo, respectivamente.


Años más tarde, en mayo del 2018, se publicó (J Epidemiol Community Health) una investigación novedosa, un análisis longitudinal bidireccional, que en absoluto reveló una asociación entre la actividad física y el asma, en un sentido o en otro. (20)


Hubo que esperar hasta enero del 2020 para ver publicado otro estudio prospectivo (Pediatric Pulmonology), también llevado a efecto por Marianne Eijkemans y colegas, en el que controlaron a 1838 niños recién nacidos (KOALA Birth Cohort Study) durante 10 años, a fin de observar una posible asociación entre el nivel de actividad física y la incidencia de asma. (21)


Tras evaluar, al inicio del estudio, el nivel de ejercicio físico a los 4 o 5 años de edad, referido en cuestionarios (información subjetiva) y en unos pocos (301) con medidas objetivas (acelerómetro) y, posteriormente (entre los 6 y 10 años), los nuevos casos de asma (objetivo o resultado principal del estudio), mediante cuestionarios específicos (ISAAC), así como la función pulmonar con espirometrías en un subgrupo (485 participantes), comprobaron que el grado de actividad física referida por el total de la muestra  no se asoció ni con el desarrollo de asma ni con la función pulmonar.


Sin embargo, cuando sólo se analizó al grupo de participantes que fueron objeto de una medición objetiva del nivel de ejercicio físico (acelerometría), apreciaron que los niños que efectuaron menos actividad física, inferior a una hora diaria, tenían una función pulmonar significativamente menor, con un cociente FEV1/FVC más bajo (puntaje z β, −0.65; intervalo de confianza del 95%, −1.06 a −0.24).


“Este estudio es el primero que ha revelado una asociación entre el sedentarismo y una menor función respiratoria (inferior cociente FEV 1/FVC), años más tarde, en la infancia, comportándose como un posible factor causal de asma. Sin embargo, se requieren más estudios que reproduzcan estos resultados, dado el escaso número de niños (62) a los que se midió objetivamente tanto el nivel de actividad física (acelerometría) como la función respiratoria (espirometría)”, concluyen los autores.


Apuntes finales


A la luz de los conocimientos científicos actuales, si los pacientes afectos de asma practicaran regularmente actividad física, se beneficiarían con reducciones significativas de la sintomatología, riesgo de exacerbaciones, mortalidad total y específica, así como de un aumento de la calidad de vida. Sin embargo, su capacidad para reducir el riesgo de desarrollar asma (prevención primaria), parece asunto más controvertido, aunque ciertas líneas de investigación nos hacen ser optimistas, pues, cuando menos, el sedentarismo tiende a incrementar el riesgo de adquirir esta enfermedad respiratoria crónica.


Según mi propia experiencia como neumólogo con especial dedicación al manejo diagnóstico y terapéutico de pacientes con asma, entre  las estrategias terapéuticas más efectivas y seguras destacan la educación en estilos de vida saludables, reduciendo factores de riesgo y de exacerbaciones, así como el establecimiento de un buen tratamiento farmacológico de esta enfermedad, a fin de conseguir un buen control de la misma, normalizando la función, reduciendo la clínica, previniendo exacerbaciones y aumentando la calidad de vida. Logros que permitirían efectuar altos niveles de actividad física, que, a su vez, contribuirían a un mejor control de esta enfermedad crónica. De esta forma, la mayoría de nuestros pacientes en absoluto verían reducida su esperanza de vida en buena salud.


En fin, considero crucial que el ser humano efectúe ejercicio físico regular, desde su más tierna infancia, porque es una de las estrategias que más puede contribuir a incrementar la salud en su triple dimensión: física, mental y social. De esta suerte, también podríamos alcanzar altas cotas de felicidad.

                                                    Dr. Félix Martín Santos


FUENTES BIBLIOGRÁFICAS


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