Dieta Mediterránea: Prevención efectiva de enfermedades cardiovasculares

Dieta Mediterránea: Prevención efectiva de enfermedades cardiovasculares

  La comunidad científica internacional considera que la Dieta Mediterránea es uno de los modelos dietéticos más saludables, pues se asocia a una notable reducción de los riesgos de enfermar y de morir por las principales causas de muerte en el mundo Occidental. 

   Tanta es la bondad y calidad de esta dieta como para que el 16 de noviembre de 2010, el Comité Intergubernamental de la UNESCO para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial, en la reunión celebrada en Nairobi (Kenia), acordara inscribir la Dieta Mediterránea en la Lista representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

   En la última década se está recogiendo la cosecha de rigurosos estudios epidemiológicos, que revelan que nuestra dieta patrimonial reduce sensiblemente el riesgo de desarrollar enfermedades cardiovasculares, así como diabetes tipo 2, síndrome metabólico, hipertensión arterial, ciertos tumores malignos, etc.

   En este contenido me voy a centrar en el efecto preventivo de procesos cardiovasculares, exhibido por esta dieta. En otros artículos me centraré en la protección ejercida sobre otras enfermedades.

¿A QUÉ LLAMAMOS DIETA MEDITERRÁNEA?

  Me complace mucho la forma empleada por los responsables de la Fundación Dieta Mediterránea1 para conceptuar a esta emblemática dieta, dado que la consideran una herencia cultural, basada en productos frescos, locales y de temporada, íntimamente vinculada al estilo de vida de los pueblos de la cuenca mediterránea. Además, incorporan a los alimentos característicos de la misma, un ingrediente fundamental: la sociabilidad. Sí, porque cuando nos reunimos a comer llegamos a disfrutar más de la compañía y del encuentro humano que de las saludables viandas de nuestra dieta. Me atrevo a decir que ambos elementos constituyen un sinergismo por potenciación.

   Si nos centramos en los alimentos que la constituyen recordaré que lo más destacable es la abundancia de productos vegetales, como hortalizas, legumbres, pan, pasta, arroz, verduras, frutas y frutos secos; el empleo de aceite de oliva como  fuente fundamental de grasa; un consumo moderado de pescado, marisco, aves de corral, productos lácteos y huevos; el consumo de pequeñas cantidades de carnes rojas (las procedentes del ganado porcino, bovino, caprino y ovino) así como cantidades moderadas de vino tinto, habitualmente consumido en el curso de las comidas.


  Su efecto saludable no se debe sólo a que sea una dieta equilibrada, variada y con una adecuada incorporación de macronutrientes sino también a los beneficios derivados de su alto contenido de ácidos grasos monoinsaturados (ácido oleico) y poliinsaturados, su bajo contenido en ácidos grasos saturados y, sobre todo, a su gran riqueza en antioxidantes, como el oleocantal, derivado del aceite de oliva virgen extra y descubierto en 2005 por Beauchamp y colegas2.


Vides y olivos


PREVENCIÓN SECUNDARIA DE ENFERMEDADES CARDIOVASCULARES CON DIETA MEDIETERRÁNEA

  Probablemente el mejor estudio epidemiológico sobre la prevención secundaria de procesos cardiovasculares fue el diseñado y realizado por franceses de Lyon, cuyo informe final3 lo publicaron en 1999 en una revista de cardiología de EEUU, la prestigiosa Circulation.

  Michel de Lorgeril y colegas se responsabilizaron de una prueba aleatorizada, de prevención secundaria para evaluar si un tipo de Dieta Mediterránea, enriquecida con ácido linolénico, era capaz de reducir la tasa de recidiva tras un primer infarto de miocardio, cuando era comparada con una dieta occidental, convencional o prudente, según los franceses. La primera la siguieron 219 personas; la segunda, la adoptaron 204 pacientes.

  Ya en un primer análisis, tras 27 meses de seguimiento, habían comprobado un gran efecto protector de la primera con respecto a la segunda. Para aumentar la validez del estudio decidieron aumentar el tiempo de seguimiento hasta 46 meses por paciente.

  La dieta era el supuesto factor protector o reductor del riesgo, mientras que el efecto o enfermedad a prevenir fue clasificado en tres conjuntos de procesos: uno, muerte de origen cardíaco e infarto de miocardio no fatal; dos, por eventos mayores como la angina inestable, insuficiencia cardíaca, ictus, embolia pulmonar o periférica; tres, por procesos menores que requieren ingreso hospitalario.

  Los resultados fueron espectaculares, pues los voluntarios que siguieron la dieta mediterránea durante los 46 meses del estudio sufrieron bastantes menos procesos cardiovasculares (en las tres categorías posibles), que los que siguieron la dieta convencional no mediterránea: 95 versus 180, respectivamente. En consecuencia, la reducción del riesgo cardiovascular por parte de los que se beneficiaron de la dieta mediterránea osciló de un 47% hasta un 72%, con respecto al grupo control.

  Este excelente estudio experimental no deja de tener un carácter de prevención secundaria, dado que la intervención dietética se aplica a personas que ya tienen la enfermedad (cardiopatía isquémica), pues eran supervivientes de un infarto de miocardio previo. Lo que se pretende es reducir la tasa de reinfarto o/y la aparición de otros procesos isquémicos como el infarto cerebral. Sin embargo, estaba por demostrar en un riguroso estudio experimental si la citada Dieta Mediterránea era capaz de reducir la tasa de incidencia de procesos cardiovasculares, esto es, si podía conseguir reducir el riesgo de desarrollar infartos de miocardio o cerebrales (ictus) en individuos que aún no los habían sufrido. Pues bien, investigadores de nuestro país tienen el honor de haber sido los primeros en haber conseguido esto último, mediante el estudio PREDIMED.  

PREVENCIÓN PRIMARIA DE ENFERMEDADES CARDIOVASCULARES CON DIETA MEDITERRÁNEA: ESTUDIO PREDIMED

  El ensayo clínico PREDIMED (Prevención con Dieta Mediterránea) es el estudio de mayor calidad científica que se ha realizado sobre nutrición en España. Sus resultados han dado un espaldarazo definitivo a los modelos de Dieta Mediterránea, por su gran efectividad para reducir el riesgo de enfermedades cardiovasculares frente a otras dietas establecidas en consultas médicas, como las dietas pobres en grasas. Vamos a describir brevemente su protocolo.

              Selección de los participantes y aleatorización

   Se trata de un ensayo clínico (estudio experimental), donde se reparten al azar (de forma aleatorizada) los 7.447 voluntarios del mismo, a fin de incluirlos equitativamente en uno de los tres grupos dietéticos seleccionados, con el objetivo principal de averiguar si la Dieta Mediterránea suplementada con aceite de oliva virgen extra o frutos secos evita la aparición de enfermedades cardiovasculares (infarto agudo de miocardio y/o accidente vascular cerebral, muerte de origen cardiovascular), en comparación con una dieta baja en grasa. Para poder participar en el estudio los voluntarios debían reunir criterios de alto riesgo cardiovascular, pero sin sufrir aún ninguna de estas enfermedades.

   Por ello, debían ser varones de entre 55 y 80 años o mujeres de entre 60 y 80 años que fueran diabéticos/as (lo eran la mitad de los integrantes) o que tuvieran tres de los siguientes factores de riesgo cardiovascular: tabaquismo, hipertensión arterial, aumento plasmático de la concentración del LDL colesterol (lipoproteínas de baja densidad), bajos niveles plasmáticos del HDL colesterol (colesterol vinculado a las lipoproteínas de alta densidad), sobrepeso u obesidad, o tener una historia familiar de enfermedad coronaria precoz.

  Se tardó un tiempo relevante en reclutar a todos los voluntarios en los nueve centros del estudio (dependientes de Hospitales Universitarios de Barcelona, Pamplona, Sevilla, Vitoria, Valencia, Reus, Instituto de Salud Carlos III de Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas), pues se extendió desde octubre de 2003 hasta junio de 2009.

INTERVENCIONES Y MEDIDAS

   Los participantes recibieron sesiones individuales y de grupo, con periodicidad trimestral, a fin de educarlos y asesorarlos sobre las características de sus respectivas dietas.También se les pasó un cuestionario de 14 preguntas con objeto de valorar el grado de adherencia a la dieta mediterránea. Algo parecido se hizo con el grupo control, sobre todo a partir de 2006.

  A los dos grupos de dieta mediterránea se les aprovisionó gratuitamente de aceite de oliva (un litro a la semana) y de 30 gramos de frutos secos diarios (15 de nueces, 7,5 de avellanas y 7,5 gramos de almendras); mientras que los integrantes del grupo control, de dieta baja en grasa (ni vegetal ni animal) fueron objeto de pequeños regalos, no alimenticios. No se promocionó ninguna dieta hipocalórica ni tampoco se promocionó la actividad física aeróbica entre sus integrantes.

  Para los dos grupos de la DM se intentó que las raciones y piezas de cada grupo de alimentos fuera como sigue: tres o más piezas al día de fruta; dos o más raciones diarias de verduras; tres o más raciones semanales de pescado (especialmente graso); tres o más raciones semanales de legumbres; dos o más raciones semanales de sofrito; cuatro o más cucharadas diarias de aceite de oliva; tres o más raciones semanales de frutos secos; carne blanca (aviar) en vez de carne roja; vino con las comidas (opcionalmente, sólo para bebedores habituales; 7 vasos o copas a la semana).


  Cada año se los evaluó con un cuestionario de frecuencia de alimentos (137 preguntas) para, entre otras cosas, calcular la ingesta de energía y de nutrientes. También anualmente respondieron a las preguntas de una versión española del cuestionario de Actividad Física en el Tiempo Libre de Minnesota.

  Para cerciorarse de que los participantes cumplían correctamente con las dietas establecidas se emplearon biomarcadores de cumplimiento: niveles plasmáticos de ácido alfa-linoléico, para confirmar el cumplimiento por el grupo de frutos secos; para el grupo que recibió suplementos de aceite de oliva virgen extra se empleó otro marcador indicativo (niveles urinarios de hidroxytirosol, un polifenol abundante en este aceite). Tales mediciones se efectuaron en pequeños grupos de participantes, elegidos al azar, en tres ocasiones: al año, a los tres y a los cinco años.

  Huelga decir que el aparato estadístico empleado en este estudio fue riguroso y profundamente válido, con estratificación y control de las principales variables de confusión; modelos de regresión de Cox, para calcular los cocientes de riesgo (Hazard ratios) de eventos cardiovasculares en los grupos de Dieta Mediterránea (DM) con respecto al grupo control, entre otros métodos estadísticos.

                                                   RESULTADOS

   Aunque el estudio debía mantenerse durante unos seis años, tuvo que pararse a los 4,8 años, por motivos de ética, porque, en el curso de una evaluación periódica, se observó que los integrantes de los dos grupos de dieta mediterránea se beneficiaron de un menor riesgo de enfermar y de morir por estas enfermedades: un 30% menos de riesgo, con respecto al grupo control, los que consumieron una dieta baja en grasa.  

   La reducción del riesgo fue muy manifiesta para el ictus o accidente vascular cerebral y para la combinación de eventos cardiovasculares, pero no tanto para el infarto agudo de miocardio aislado. Posiblemente, según los autores, porque el poder estadístico para identificar los efectos sobre el infarto de miocardio era insuficiente.

  Los autores del estudio concluyen: “Estos resultados confirman los beneficios y la efectividad de la Dieta Mediterránea para reducir el riesgo de desarrollar enfermedades cardiovasculares”.

  En su análisis también resaltan que la mayor esperanza de vida alcanzada con esta dieta se debe fundamentalmente a su riqueza en frutas, verduras, legumbres, frutos secos, pescado y aceite de oliva, así como al bajo consumo de carnes rojas y al moderado consumo de vino tinto en las comidas. Siguiendo a otros investigadores, creen que probablemente haya un efecto sinérgico favorable entre todos los nutrientes que constituyen esta dieta, que permite reducir el riesgo cardiovascular, a base de mejorar el perfil lipídico, aumentar la sensibilidad de la insulina e incrementar la resistencia a la oxidación e inflamación, así como proteger el lecho de las arterias, que son las que llevan la sangre oxigenada a los diversos tejidos y que, en caso de obstruirse, acabaría con la muerte del tejido subsidiario (necrosis isquémica o infarto).

  La calidad científica de este estudio experimental, difícil de superar en el mundo, animó a los investigadores a publicar los numerosos artículos que están gestando en revistas de prestigio internacional, habitualmente de EEUU. Por ejemplo, el que hemos resumido en este punto del tema lo publicaron (febrero 2013) en una de las revistas de mayor impacto del mundo: New England Journal of Medicine.4

  En un próximo artículo intentaré resumir una parte relevante de los artículos que han fructificado de este gran árbol de ciencia en el que se está convirtiendo el ensayo PREDIMED.

                                                                                           Dr. Félix Martín Santos

             BIBLIOGRAFÍA

1 http://dietamediterranea.com

2 Phytochemistry: ibuprofen-like activity in extra-virgin olive oil. Beauchamp GK, Keast RS, Morel D, Lin J, Pika J, Han Q, Lee CH, Smith AB, Breslin PA   Nature. 2005 Sep 1;437(7055):45-6.

3 Mediterranean Diet, Traditional Risk Factors, and the Rate of Cardiovascular Complications After Myocardial Infarction. Final Report of the Lyon Diet Heart Study Michel de Lorgeril, MD; Patricia Salen, BSc; Jean-Louis Martin, PhD; Isabelle Monjaud, BSc; Jacques Delaye, MD; Nicole Mamelle, PhD B. Circulation 1999; 99; 779-785

4 Primary Prevention of Cardiovascular Disease with a Mediterranean Diet Ramón Estruch, M.D., Ph.D., Emilio Ros, M.D., Ph.D., Jordi Salas-Salvadó, M.D., Ph.D., Maria-Isabel Covas, D.Pharm., Ph.D., Dolores Corella, D.Pharm., Ph.D., Fernando Arós, M.D., Ph.D., Enrique Gómez-Gracia, M.D., Ph.D., Valentina Ruiz-Gutiérrez, Ph.D., Miquel Fiol, M.D., Ph.D., José Lapetra, M.D., Ph.D., Rosa Maria Lamuela-Raventos, D.Pharm., Ph.D., Lluís Serra-Majem, M.D., Ph.D., Xavier Pintó, M.D., Ph.D., Josep Basora, M.D., Ph.D., Miguel Angel Muñoz, M.D., Ph.D., José V. Sorlí, M.D., Ph.D., José Alfredo Martínez, D.Pharm, M.D., Ph.D., and Miguel Angel Martínez-González, M.D., Ph.D. for the PREDIMED Study Investigators N Engl J Med 2013; 368:1279-1290April 4, 2013DOI: 10.1056/NEJMoa120030




 

 

INTERMITENTE

PERSISTENTE LEVE

PERSISTENTE MODERADA

PERSISTENTE SEVERA

Síntomas diurnos

No (2 veces o menos a la semana)

Más de 2 veces a la semana

Síntomas diariamente

Síntomas continuos (varias veces diarias)

Medicación de alivio (Broncodilatador de rescate: Beta2 adrenérgico)

No (2 veces o menos a la semana)

Más de 2 veces semanales, pero no diariamente

Todos los días

Varias veces al día

Síntomas nocturnos

No más de 2 veces al mes

Más de 2 veces al mes

Más de una vez a la semana

Frecuentes

Limitación de la actividad

Ninguna

Algo

Bastante

Mucha

Función respiratoria (FEV1 o PEF) % teórico

> 80%

> 80%

> 60% - <80%

<60%

Exacerbaciones

Ninguna

Una o ninguna al año

Dos o más al año

Dos o más anuales

 

La espirometría es también fundamental para establecer el grado de severidad del asma, puesto que cuanto más bajo sea el valor del FEV1 más severa es la enfermedad y el riesgo de exacerbación aumenta concomitantemente.

 

Es preciso referir que es suficiente la presencia de cualquiera de las situaciones mostradas en la tabla para clasificar al asma en intermitente o en persistente, en sus diversos grados (ligera, moderada y severa).

 

¿Cuándo decimos que el asma está bien controlada?

 

Según la mejor guía internacional de manejo del asma, la de la GINA (Global Initiative for Asthma 2019), el grado de control del asma se evalúa tras establecer un tratamiento de fondo con corticoides inhalados (budesonida, fluticasona, beclometasona, ciclesonida, mometasona) con o sin broncodilatadores de acción prolongada (formoterol, salmeterol, vilanterol), en base a los datos obtenidos en la espirometría y en la respuesta a las mismas preguntas utilizadas para establecer la severidad de la misma.

 

Según los datos obtenidos podremos ver si el asma está bien controlada, parcialmente controlada o mal controlada, como se aprecia en la tabla anexa.

 

 

Bien controlada (deben cumplirse todos los siguientes)

Parcialmente controlada (Cualquier valor de los siguientes en cualquier semana)

Mal controlada (si ≥3 características de asma parcialmente controlada)

Síntomas diurnos

Ninguno (≤2 veces a la semana)

>2 veces a la semana

 

Medicación de alivio(Broncodilatador de rescate: Beta2 adrenérgico)

Ninguna (≤2 veces a la semana)

>2 veces a la semana

 

Síntomas nocturnos/despertares

Ninguno

Cualquiera

 

Limitación de la actividad

Ninguna

Cualquiera

 

Función respiratoria (FEV1 o PEF) % teórico

FEV 1>80% del valor teórico

PEF > 80% mejor valor personal

FEV 1<80% del valor teórico

PEF < 80% mejor valor personal

 

Exacerbaciones

Ninguna

≥1 al año

≥1 en cualquier semana

 

Es bueno mencionar aquí que la mayoría de los pacientes con asma responden bien a un tratamiento de fondo, cuyo objetivo fundamental es neutralizar la inflamación de la vía aérea, siendo los mejores antiinflamatorios los corticoides inhalados, a dosis de microgramos, pues exhiben una alta efectividad y una notable seguridad, dado que la dosis que no inhalan (como un 80% del total) y degluten es eliminada en, gran parte, en el hígado, en un primer paso metabólico. Además, tal dosis tiende a descenderse periódicamente (cada 4 meses) en caso de comprobar estabilidad clínica y funcional (en los niños, verdadera ganancia). De esta suerte, el tratamiento óptimo es el que controla al paciente con la dosis mínima de corticoides inhalados, variable en cada sujeto. Si no, sería preciso reevaluar la situación.

 

¿Cuáles son los principales factores de riesgo de sufrir exacerbaciones?

 

El principal factor de riesgo de sufrir crisis asmáticas es tener mal controlado el asma.  Luego, existen una serie de factores de riesgo modificables, incluso en pacientes con pocos síntomas de asma, que siempre deben tenerse en cuenta, entre los que se hallan los siguientes:

 

- Mal manejo de los corticoides inhalados, por no prescribirse, mala adherencia o por incorrecta técnica de inhalación.

 

- Exposiciones nefandas: al tabaco, contaminantes atmosféricos, a alérgenos a los que está sensibilizado y cuya inhalación le provoca síntomas.

 

- Comorbilidades: obesidad, rinosinusitis crónica, reflujo gastroesofágico, alergia alimentaria, ansiedad y depresión.

 

- Infecciones agudas de las vías aéreas superiores, frecuentemente de origen vírico, complicadas con sinusitis maxilar y bronquitis aguda.

 

- Función pulmonar precaria: bajo FEV1, especialmente si es inferior al 60% del valor teórico.

 

- Antecedentes de intubación o asistencia a Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) por crisis severas.

 

- Sufrir una o más exacerbaciones en los últimos 12 meses.

 

Actividad física y asma

 

Después de explicar estos conceptos básicos sobre el asma, estamos en disposición analizar los efectos beneficiosos de la práctica de actividad física aeróbica en el asma.

 

Lo que en las siguientes líneas voy a resumir son una serie de estudios epidemiológicos, la mayoría experimentales, que han revelado que un programa de entrenamiento físico aeróbico seguido por pacientes con asma moderado o severo consigue mejorar su forma física (fitness cardiorrespiratorio), su calidad de vida, reducir la sintomatología, así como el estrés y la ansiedad.

 

Efecto protector del ejercicio físico en el asma: Subir escaleras (escalinata de acceso a la portada del Sarmental de la Catedral de Burgos) es una buena forma de efectuar ejercicio físico aeróbico.

 

Efecto protector de la actividad física en el asma: algo tan sencillo o costoso como subir escaleras es un buen ejercicio aeróbico, que ayuda a controlar mejor el asma, además de contribuir a mejorar nuestra forma física y a reducir la tasa de muerte por todas las causas, entre otros muchos efectos saludables.

 

En agosto del 2010 se publicó en la revista oficial del Colegio Americano de Neumólogos (Chestun estudio experimental brasileño que reveló cómo un programa de entrenamiento aeróbico, durante 3 meses, reducía la clínica, aumentaba los días libres de ansiedad y depresión, así como la calidad de vida de los 50 pacientes que, por procedimientos de aleatorización, se beneficiaron de esta intervención (más ejercicios respiratorios y educación sobre asma), con respecto a los 51 que sólo recibieron un programa educativo más ejercicios respiratorios. (11)

 


Más tarde, en febrero del 2011, se publicó en una revista especializada (Medicine & Science in Sports & Exercise), otro estudio experimental efectuado por el mismo grupo de investigadores, Felipe Mendes y colegas, que, basándose en el efecto antiinflamatorio del ejercicio físico aeróbico en enfermedades crónicas, pretendió comprobar si también un programa controlado de entrenamiento aeróbico era capaz de exhibir un efecto antiinflamatorio en pacientes con asma moderado y severo, mediante la reducción del recuento de eosinófilos en el esputo (objetivo principal) y la disminución del óxido nítrico exhalado (FeNO), como medida indirecta de inflamación por eosinófilos (objetivo secundario). Para ello, distribuyeron por aleatorización a los 68 sujetos de la muestra en dos grupos: uno, el control, que siguió un programa educativo sobre asma y ejercicios respiratorios; el otro, se benefició, además, de un programa de entrenamiento aeróbico. Tras realizar controles semanales, durante tres meses, pudo comprobarse que los pacientes que efectuaron el citado ejercicio físico aeróbico experimentaron una reducción significativa de sus niveles de eosinófilos en esputo y del FeNO (r: 0,7 y 0, 9, respectivamente), sobre todo, en los que partieron con mayores niveles inflamatorios versus los del grupo control. (12)


Otros hallazgos de este ensayo fueron la observación de un mejor estado de forma física (mejor consumo máximo de oxígeno: V˙O2max), mayor número de días libres de síntomas y menores exacerbaciones por parte de los pacientes que cayeron en el grupo de intervención, o sea, los que siguieron el programa de entrenamiento aeróbico.


Si bien estos boyantes resultados se obtuvieron en pacientes adultos, también en niños se ha comprobado, mediante estudios experimentales, que un programa de entrenamiento aeróbico mejoraba su estado de forma física (mayor V˙O2max), aumentaba su calidad de vida y lograba reducir las dosis diarias de corticoides inhalados. (13)


Posteriormente, en agosto del 2015, Carvalho y Mendes vuelven a la carga, para publicar, en la revista de la Sociedad Británica de Neumología (Thorax), otro estudio experimental en el que establecieron como objetivo principal ver si un programa de entrenamiento aeróbico era capaz de reducir la hiperreactividad bronquial y los marcadores inflamatorios de un grupo de pacientes afectos de asma moderada y severa. (14)


Para ello, distribuyeron por aleatorización a los 58 participantes (de 20 a 59 años) en dos grupos: uno, el control, que se benefició de un programa de educación para la salud en asma más un programa de yoga con ejercicios respiratorios, dos sesiones semanales de 30 minutos; el otro, el de la intervención, cuyos integrantes efectuaron, además, un programa de entrenamiento aeróbico, consistente en dos sesiones semanales durante tres meses, de ejercicio en tapiz rodante, durante 35 minutos (5 minutos de calentamiento, 25 minutos de tapiz y 5 de distensión/relajación).


Obviamente, todos los participantes siguieron recibiendo su tratamiento médico del asma (corticoides inhalados con o sin broncodilatadores de acción prolongada).


Pues bien, a la conclusión del estudio observaron que los que practicaron el citado ejercicio aeróbico se beneficiaron de una reducción de su hiperreactividad bronquial, medida con la técnica de provocación con histamina indicada por la Sociedad Americana de Neumología ( ATS)15, así como de una disminución de ciertos biomarcadores inflamatorios (interleucina 6, IL-6, proteína quimiotáctica de monocitos, MCP-1), además de sufrir menos exacerbaciones y aumentar su calidad de vida (AQLQ), con respecto a los del grupo control.


También apreciaron una significativa reducción del recuento de eosinófilos en el esputo y del FeNO en los pacientes que tenían mayor grado de inflamación, como ya comprobaron en estudios previos. (12)


Ejercicio físico en obesos con asma


Estos resultados son concordantes con los obtenidos en otro estudio experimental, de autoría australiana, que reveló cómo un programa de entrenamiento aeróbico más dieta conseguía reducir células inflamatorias del esputo, véase eosinófilos y neutrófilos, así como la interleucina 6 de una muestra de pacientes obesos afectos de asma. (16) 


Posteriormente, en el 2018, se publicó en la revista oficial de la Sociedad Europea de Neumología (European Respiratory Journal), un estudio epidemiológico experimental que reveló cómo un programa de ejercicio más dieta para perder peso, seguido por una muestra de obesos, durante tres meses, logró mejorar la actividad física durante el tiempo libre (controlada con acelerómetro), reducir la sintomatología asmática y los síntomas depresivos, así como mejorar el rendimiento del sueño, con respecto al grupo placebo, que sólo recibió el tratamiento dietético. (17)


Todo ello indica que la práctica de ejercicio físico puede exhibir auténticos efectos antiinflamatorios en el asma, tanto de obesos como de personas con peso normal, y que, por ello, es una excelente estrategia complementaria al tratamiento médico de esta enfermedad respiratoria crónica.


Pero ¿la actividad física podría ejercer un efecto preventivo de asma?


Aunque no hay suficiente información científica para posicionarse claramente, buscaremos pistas que puedan ayudarnos en tal tesitura, analizando la información aportada por los estudios de mayor rigor.


Empezaremos con los resultados obtenidos en una revisión sistemática y metaanálisis de estudios observacionales, de autoría holandesa, publicada, en diciembre del 2012, en una revista de calidad contrastada (PLOS/one). (18)


Marianne Eijkemans y colegas, responsables del trabajo, seleccionaron 5 estudios prospectivos, que incluyeron a 85.117 participantes (niños, adolescentes y adultos), que no padecían asma al principio del estudio. Tras el correspondiente seguimiento (de 9 a 10 años), apreciaron una asociación entre un mayor nivel de actividad física (quintil, tercil más altos, o actividad vigorosa) y un menor riesgo de asma, inicialmente no significativo (=R:0.88 (IC 95%: 0.77–1.01), pero al excluir el estudio de menor calidad metodológica, la asociación se tornó significativa: un 13% de reducción del riesgo de asma (0.87 (95% CI: 0.77–0.99), con respecto a los de menor nivel de ejercicio físico (quintil y tercil más bajos, sedentarios o bajo nivel de actividad física, según el estudio). Bien cierto es que la significación fue real, aunque tenue.


Posteriormente, en abril del 2016, se publicaron (BMC Pediatricslos resultados de un metaanálisis de tres estudios observacionales longitudinales (muestra total: 550), de autoría danesa, que reveló cómo un bajo nivel de actividad física se asoció con un mayor riesgo de asma en niños y adolescentes, años más tarde: un 35% superior (OR: 1.35, IC: 1.13 a 1.62). (19)


No obstante, se apreció un relevante grado de heterogeneidad entre los estudios citados que redujo la fortaleza de la significación alcanzada.


Así, el menor grado de ejercicio físico asociado a este mayor riesgo de asma varió de un estudio a otro: mayor tiempo dedicado a ver la televisión, menor participación en actividades deportivas, menos tiempo empleado a jugar en deportes de equipo, versus menos televisión, más actividad física-deportiva y más deporte de equipo, respectivamente.


Años más tarde, en mayo del 2018, se publicó (J Epidemiol Community Health) una investigación novedosa, un análisis longitudinal bidireccional, que en absoluto reveló una asociación entre la actividad física y el asma, en un sentido o en otro. (20)


Hubo que esperar hasta enero del 2020 para ver publicado otro estudio prospectivo (Pediatric Pulmonology), también llevado a efecto por Marianne Eijkemans y colegas, en el que controlaron a 1838 niños recién nacidos (KOALA Birth Cohort Study) durante 10 años, a fin de observar una posible asociación entre el nivel de actividad física y la incidencia de asma. (21)


Tras evaluar, al inicio del estudio, el nivel de ejercicio físico a los 4 o 5 años de edad, referido en cuestionarios (información subjetiva) y en unos pocos (301) con medidas objetivas (acelerómetro) y, posteriormente (entre los 6 y 10 años), los nuevos casos de asma (objetivo o resultado principal del estudio), mediante cuestionarios específicos (ISAAC), así como la función pulmonar con espirometrías en un subgrupo (485 participantes), comprobaron que el grado de actividad física referida por el total de la muestra  no se asoció ni con el desarrollo de asma ni con la función pulmonar.


Sin embargo, cuando sólo se analizó al grupo de participantes que fueron objeto de una medición objetiva del nivel de ejercicio físico (acelerometría), apreciaron que los niños que efectuaron menos actividad física, inferior a una hora diaria, tenían una función pulmonar significativamente menor, con un cociente FEV1/FVC más bajo (puntaje z β, −0.65; intervalo de confianza del 95%, −1.06 a −0.24).


“Este estudio es el primero que ha revelado una asociación entre el sedentarismo y una menor función respiratoria (inferior cociente FEV 1/FVC), años más tarde, en la infancia, comportándose como un posible factor causal de asma. Sin embargo, se requieren más estudios que reproduzcan estos resultados, dado el escaso número de niños (62) a los que se midió objetivamente tanto el nivel de actividad física (acelerometría) como la función respiratoria (espirometría)”, concluyen los autores.


Apuntes finales


A la luz de los conocimientos científicos actuales, si los pacientes afectos de asma practicaran regularmente actividad física, se beneficiarían con reducciones significativas de la sintomatología, riesgo de exacerbaciones, mortalidad total y específica, así como de un aumento de la calidad de vida. Sin embargo, su capacidad para reducir el riesgo de desarrollar asma (prevención primaria), parece asunto más controvertido, aunque ciertas líneas de investigación nos hacen ser optimistas, pues, cuando menos, el sedentarismo tiende a incrementar el riesgo de adquirir esta enfermedad respiratoria crónica.


Según mi propia experiencia como neumólogo con especial dedicación al manejo diagnóstico y terapéutico de pacientes con asma, entre  las estrategias terapéuticas más efectivas y seguras destacan la educación en estilos de vida saludables, reduciendo factores de riesgo y de exacerbaciones, así como el establecimiento de un buen tratamiento farmacológico de esta enfermedad, a fin de conseguir un buen control de la misma, normalizando la función, reduciendo la clínica, previniendo exacerbaciones y aumentando la calidad de vida. Logros que permitirían efectuar altos niveles de actividad física, que, a su vez, contribuirían a un mejor control de esta enfermedad crónica. De esta forma, la mayoría de nuestros pacientes en absoluto verían reducida su esperanza de vida en buena salud.


En fin, considero crucial que el ser humano efectúe ejercicio físico regular, desde su más tierna infancia, porque es una de las estrategias que más puede contribuir a incrementar la salud en su triple dimensión: física, mental y social. De esta suerte, también podríamos alcanzar altas cotas de felicidad.

                                                    Dr. Félix Martín Santos


FUENTES BIBLIOGRÁFICAS


1. GEMA 4,3. Guía Española de Manejo del Asma.


2.  Cockcroft DW, Murdock KY, Berscheid BA, Gore BP. Sensitivity and specificity of histamine PC20 determination in a random selection of young college students. J Allergy Clin Immunol. 1992; 89: 23-30.


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