Efectos cardiosaludables del café: Rompamos tópicos

A la luz de las evidencias científicas más recientes podemos afirmar sin ambages, que el consumo de café es muy saludable para el corazón. 

Efectivamente, estudios con diseños epidemiológicos impecables han demostrado que esta bebida universal se asocia a una reducción del riesgo de infarto agudo de miocardio, infarto cerebral (ictus), así como de episodios de insuficiencia cardíaca. Además, el consumo prolongado de café no incrementa las cifras de presión arterial, como se creía hasta hace muy poco.


Para no caer en la mera palabrería vamos a analizar cómo interviene el café en cada patología concreta.


CAFÉ Y CARDIOPATÍAS CORONARIAS


La cardiopatía coronaria incluye a un conjunto de procesos cardíacos producidos por arteriosclerosis intensa en una o varias de las arterias coronarias principales, que determina una estrechez notable de la luz arterial: superior al 80%, en la angina de pecho;  obstrucción total, en el infarto agudo de miocardio. La isquemia o reducción de flujo sanguíneo arterial, rico en oxígeno, determina en la angina un episodio de sufrimiento miocárdico, sin necrosis o muerte del tejido miocárdico. En el infarto agudo de miocardio, al no llegar nada de sangre oxigenada al miocardio (anoxia) se produce una auténtica muerte del tejido (necrosis isquémica). Cuando una persona ha logrado sobrevivir a un infarto extenso o a varios pequeños suele quedarle un corazón con una estructura y una función deficientes constituyendo la denominada miocardiopatía por enfermedad coronaria, que cursará con episodios de insuficiencia cardíaca.


La cardiopatía isquémica -otra forma de denominar a este conjunto de procesos coronarios- y el infarto cerebral, representan la primera causa de muerte en mujeres españolas y la segunda en varones, después de los cánceres. 


Creo que la mayor parte de los ciudadanos conoce las causas más frecuentes de estos procesos cardiovasculares o coronarios: la hipertensión arterial, el tabaquismo y la hipercolesterolemia. Otras causas que contribuyen al desarrollo de estos procesos son la diabetes, la obesidad centrípeta, el sedentarismo, etc. 


Dentro de los factores protectores, todo el mundo reconoce a la actividad física aeróbica y a la dieta mediterránea como estilos de vida cardiosaludables. Pues bien, a partir de las evidencias científicas más recientes, como decíamos al principio, es muy probable que también incluyamos el consumo de café como una medida francamente protectora del corazón. Desde luego, así lo atestiguó el presidente de la Fundación Española de Corazón, Leandro Plaza, cuando en el curso de la Feria Internacional de Gastronomía de Madrid Fusión (enero de 2014) afirmó textualmente: “Los cardiólogos hemos sido los primeros sorprendidos con los resultados de estos estudios. En el futuro es probable que el café sea una recomendación preferente en pacientes con cardiopatías”. 


Dentro de los diversos estudios científicos que avalan este carácter cardioprotector del café destaca un meta-análisis publicado en noviembre de 2009 (Int  J Cardiol). Los autores investigaron todos los artículos publicados en inglés (indexados en MEDLINE o PubMed) desde enero de 1966 hasta enero de 2008. Se quedaron con 21 estudios de cohorte prospectivos e independientes que evaluaban las relaciones entre el consumo de café y el riesgo de enfermedad coronaria1.  De 407.806 participantes, 15.599 sufrieron procesos coronarios a lo largo del periodo de estudio. Tras aplicar como medida de riesgo el denominado riesgo relativo (RR)  comprobaron que el consumo moderado de café (3 a 4 tazas al día en Europa), mostró riesgos significativamente menores de cardiopatía isquémica en mujeres (RR: 0,82) y en hombres (RR: 0,87), con respecto al no consumo o al consumo ligero (2 ó menos tazas). Esto significa que la citada ingesta de café reduce el riesgo de cardiopatía isquémica en un 18% en las mujeres y en un 13% en varones. Todo esto permite concluir a los autores del estudio: “Nuestros hallazgos no soportan la hipótesis de que el consumo de café incremente el riesgo de enfermedad cardíaca coronaria. El consumo moderado de café se asocia con un menor riesgo de cardiopatía coronaria, sobre todo en mujeres”.





REPRODUCIBILIDAD DE ESTAS CONCLUSIONES


Otros estudios antes y después de éste han llegado a conclusiones similares. Por ejemplo, en mayo de 2006 se publicó un artículo en una revista de prestigio anglosajona (Am J Clin Nutr), donde estudiaron durante 15 años a 836 mujeres postmenopáusicas, de 55 a 69 años, sanas al principio del estudio, con el propósito de comprobar si existe una relación entre el consumo de café y la mortalidad total y la específica por enfermedades cardiovasculares, cáncer, diabetes y otras enfermedades crónicas 2. Los resultados fueron muy favorables para las consumidoras de café, con reducción significativa de muerte global y de la específica por gran parte de las causas estudiadas. Con respecto a la cardiopatía isquémica se observó una reducción de muerte con cualquier consumo de café, incluso con los más bajos: reducción del 19% con el consumo de 4 a 5 tazas; del 13% con 6 o más tazas y, sorprendentemente, del 24% con la ingesta diaria de 1 a 3 tazas. Esto último no se observó en el estudio anterior. 


Otro estudio que ha impactado tremendamente en la Comunidad Científica Internacional ha sido el publicado en mayo de 2012 en New England Journal Medicine3, donde miembros del Instituto Nacional de Salud de EE.UU., responsables del estudio dieta y salud (Diet and Health Study), demostraron que el consumo prolongado de café se asocia a una reducción de la tasa total de muerte y de la específica por enfermedades cardiovasculares, ictus, respiratorias y por lesiones y accidentes, tanto en hombres como en mujeres. Además, el efecto era dosis dependiente, es decir, que la reducción del riesgo era mayor a medida que se incrementaba el consumo de café. Así, en los bebedores de 6 ó más tazas diarias apreciaron una reducción del 10% de mortalidad total en hombres, y un 15% en mujeres. Nunca se había efectuado un estudio prospectivo con una muestra tan grande de personas, 229.119 hombres y 173.141 mujeres, seguidos durante más de una década (13 años; de 1995 hasta el 2008).


¿CUÁLES SON LAS HIPÓTESIS PARA ENTENDER ESTOS BENEFICIOS?       


La mayoría de los investigadores y autores creen que estos efectos saludables se deben a la gran riqueza en antioxidantes que tiene el café. Voy a intentar explicar esta afirmación de una forma convincente y sencilla. A ver si hay suerte con el intento. 


Sabemos que envejecemos porque nos oxidamos, pues hay un gran predominio de radicales oxidantes en todos los fenómenos inflamatorios, provocando inflamación permanente, no regeneradora del tejido, sino al contrario: destructora de los tejidos y órganos. En la arteriosclerosis los fenómenos inflamatorios en la íntima arterial inician y aceleran este proceso de deterioro de estas cañerías que conducen la preciada sangre oxigenada (arterial) a todos nuestros tejidos. Su endurecimiento y reducción progresiva de su luz causará reducción del flujo de sangre (isquemia) a las células y tejidos, que a la postre ocasionará reducción de la cantidad de oxígeno a las células y tejidos (hipoxia), como sucede en la angina. Otras veces habrá un cierre total de la luz y, por lo tanto, una ausencia de oxígeno en las células (anoxia) lo que determinará su muerte, esto es, necrosis isquémica o infarto (de miocardio, de cerebro, de riñón, intestino…). Por ello, podemos decir que somos tan viejos como nuestras arterias. 


Por todo lo anterior podemos intuir que si incorporáramos alimentos ricos en antioxidantes en nuestra dieta podríamos reducir estos fenómenos oxidativos y, en consecuencia, frenar o mitigar el envejecimiento natural, disminuyendo la incidencia y la severidad de las enfermedades crónicas (primeras causas de muerte en el mundo desarrollado), prolongando la longevidad. Pues bien, en julio de 2006 se publicó en American Journal of Clinical Nutrition, un excelente trabajo sobre “El contenido en antioxidantes en alimentos consumidos en Estados Unidos” que demostró que entre los 50 alimentos más ricos en antioxidantes, el café ocupa el sexto lugar (los primeros son: las moras, las nueces, las fresas, las alcachofas y los arándanos)4


El café contiene bastantes sustancias químicas que contribuyen a su potente capacidad antioxidante, a saber: cafeína, polifenoles, como el ácido clorogénico, ácido caféico, compuestos aromáticos volátiles y compuestos heterocíclicos (pirroles, furanos, thiazoles, imidazoles…). 


De todas formas, quiero aclarar que las propiedades protectoras del café se observan tanto en los sujetos que consumen café con cafeína como en los que lo consumen descafeínado. Es la gran riqueza en ácido clorogénico y otros antioxidantes el responsable de este efecto protector del café, por ello no es tan importante la presencia de cafeína. Sin embargo, el gran papel protector y preventivo de procesos neurodegenerativos como la enfermedad de Parkinson y la enfermedad de Alzheimer sólo se observa en los cafés con cafeína, no en los descafeinados.

 

CAFÉ E ICTUS O ACCIDENTE CEREBROVASCULAR


Englobamos en el término de accidente vascular cerebral a los infartos cerebrales, tanto por trombosis sobre placas arterioscleróticas, como por embolia; y a las hemorragias intracerebrales. Uno de cada seis españoles va a sufrir un ictus a lo largo de su vida. Actualmente, es la primera causa de incapacidad grave en el adulto (tanto física como intelectualmente) y de dependencia. La primera causa de muerte en mujeres y la segunda en varones.


Voy a referir y resumir las conclusiones de los artículos más relevantes que versan sobre la relación entre el consumo de café y la incidencia de ictus. 


En marzo de 2008 se publicó un magnífico trabajo sueco5 (en el seno del estudio de prevención del cáncer, alfa-tocoferol y beta.carotenos) en una revista de prestigio anglosajona (Stroke) con el título “Consumo de café y té y riesgo de subtipos de ictus en varones fumadores”. Los autores estudiaron prospectivamente a 25.556 varones fumadores, de 50 a 69 años, sin historia previa de ictus. El consumo de café y de té lo registraron mediante un cuestionario de frecuencia de alimentos. Durante un seguimiento de 14 años aparecieron 2.702 infartos cerebrales, 383 hemorragias intracerebrales y 196 hemorragias subaracnoideas.


Pues bien, tras controlar todas las variables extrañas o factores de confusión, comprobaron que tanto el consumo de café como el de té se asociaban a una significativa reducción del riesgo de infarto cerebral, aunque no de hemorragia. Cuando se compararon los resultados entre las personas que no bebían estas bebidas o las consumían en bajas cantidades (menos de 2 tazas al día) y las que consumían 8 ó más tazas de café al día y dos o más tazas de té, se pudo comprobar que estos últimos (grandes consumidores) veían reducido el riesgo de infarto cerebral un 23% y un 21%, respectivamente. ¡Impactante! 


Las hipótesis que plantearon para justificar estos extraordinarios resultados se basaron en la capacidad del café para reducir la inflamación (por su efecto antioxidante) y la disfunción del endotelio o íntima arterial (capa en directo contacto con la sangre, donde se inicia la arteriosclerosis), así como en el potente efecto antidiabético del café, reduciendo la diabetes tipo II, un gran factor de riesgo de ictus. 


Quiero resaltar que la calidad científica de este trabajo es altísima (estudio prospectivo, aleatorizado, doble ciego y controlado con placebo). 


Aprovechando este momento refiero que los escandinavos son los máximos consumidores de café del mundo. Por ejemplo, el 10% de los finlandeses consumen 10 ó más tazas de café al día, con una media de 5 tazas por ciudadano. Es precisamente el café su mayor fuente de antioxidantes. 


En 2011 se publicó otro gran trabajo sueco, en la misma revista (Stroke), esta vez efectuado en mujeres6. Los autores evaluaron prospectivamente a 34.670 mujeres, sin historia previa de ictus, durante 10 años, al cabo de los cuales comprobaron que el consumo de café se asoció de una forma estadísticamente significativa con una reducción del riesgo de infarto cerebral y hemorragia subaracnoidea, pero no de hemorragia cerebral. Observan esta reducción de riesgo en todas las categorías de consumo (a partir de una a dos tazas al día hasta cinco o más). En las máximas categorías de consumo, 3 a 4 tazas y 5 ó más, observan una reducción del riesgo de infarto del 25% y del 23% respectivamente. Además, estos buenos resultados no fueron modificados por el estado de fumador, índice de masa corporal, historia de diabetes e hipertensión o consumo de alcohol. De ello puede desprenderse el potente efecto protector del café en la circulación cerebral. 


Estos resultados rompen gran parte de los tópicos sobre el café, pues le estábamos atribuyendo un efecto dañino sobre el corazón. ¡Nada más alejado de la realidad!


CAFÉ E INSUFICIENCIA CARDÍACA


La insuficiencia cardíaca es el defecto de la función o funciones del corazón, cuando tras años de enfermedades cardíacas previas (valvulopatías, miocardiopatías, enfermedad coronaria…), acaba desfalleciendo. Durante un tiempo los médicos podemos tratar con cierto éxito estos episodios de insuficiencia cardíaca. Al final, si no logra corregirse la causa productora (por ejemplo, operando a un paciente de estenosis aórtica), el paciente fallece. 


En julio de 2012 se publicó un excelente meta-análisis en otra revista anglosajona (Circ Heart Fail), donde los autores evaluaron el consumo habitual de café y el riesgo de insuficiencia cardíaca7. Revisaron bases de datos electrónicas (MEDLINE, Embase y CINAHL) desde enero de 1966 hasta diciembre de 2011. Al final se quedaron con cinco estudios prospectivos que versaban sobre consumo de café e incidencia de insuficiencia cardíaca, incluyendo 6.522 episodios de insuficiencia cardíaca en 140.220 participantes. Pues bien, comprobaron que las personas que consumían café moderadamente (4 tazas al día) se beneficiaban de una significativa reducción de riesgo de insuficiencia cardiaca (11% de reducción), con respecto a los no consumidores de café.



Café verde


CAFÉ E HIPERTENSIÓN ARTERIAL


Desde hace unos 60 años la comunidad médica nacional e internacional ha considerado que el café incrementaba las cifras de presión arterial y, por tanto, causaba hipertensión arterial. Esta asunción ha determinado que la supresión del café a los pacientes con hipertensión arterial fuera una de los consejos más frecuentes de sus médicos, pues se consideraba una medida saludable para ellos, al igual que otras tan contrastadas como la restricción del consumo de sal, reducción de peso, limitación de consumo de alcohol, reducción del consumo de grasa saturada, etc. 


Considero fundamental que cualquier consejo médico sobre estilos de vida o sobre otras materias se establezca en base a estudios científicos rigurosos. Es imprescindible que tal decisión esté plenamente justificada, pues a los pacientes no se les puede marear con actitudes y conductas médicas caprichosas y aleatorias. Sólo la investigación científica de calidad puede amparar y respaldar estas decisiones. Sin embargo, con cierta frecuencia carecemos de ese apoyo científico, bien porque los estudios han sido incompletos y con deficiente metodología o bien porque estudios de gran calidad y diseño epidemiológico todavía no se han completado y, por tanto, publicado. Pues bien, en los últimos años se han publicado una serie de estudios que han revolucionado nuestro concepto sobre el café y la hipertensión arterial. Hagamos un poco de historia. 


Hace 17 años se publicó un artículo en una revista anglosajona (Can J Cardiol, 1997), donde se referían las conclusiones de una revisión exhaustiva o meta-análisis de pruebas clínicas controladas, que estudiaban la relación entre el consumo de café y la presión arterial 8. Los autores (Jee SH y cols.) demostraron en estos estudios, de corta duración, que la ingesta de cafeína incrementaba agudamente la presión arterial, pero, al cabo de un tiempo, se atenuaban y normalizaban las cifras de la misma. Otros estudios experimentales demostraron que la cafeína puede incrementar la concentración plasmática de varias hormonas asociadas al estrés, como la adrenalina, la noradrenalina y el cortisol, las cuales son capaces de elevar las cifras de presión arterial9,10. Sin embargo, estos experimentos estaban limitados por el escaso periodo de observación o seguimiento, usualmente menos de una semana. En consecuencia, se desconocía la respuesta hormonal a una exposición más prolongada de cafeína, pues no se disponía de la información pertinente. 


Ha habido que esperar hasta el año 2005 para que autores de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard, publicaran el primer estudio prospectivo, de cohortes, donde evaluaron prolongadamente el efecto de consumo de café y otras bebidas con cafeína sobre el riesgo de hipertensión arterial 11. Wolfgang y colegas estudiaron a 155.594 enfermeras, libres de hipertensión arterial, (Nurses Health Studies), durante 12 años (de 1991 hasta 2003), sometiéndolas a controles periódicos tanto de las cifras de presión arterial como de la ingesta de bebidas con cafeína (encuestas de frecuencia de alimentos). Pues bien, al cabo de los 12 años de estudio no encontraron ninguna asociación entre la ingesta de café ( de una a seis o más tazas al día) y las cifras de presión arterial. Sin embargo, sí observaron una asociación entre las bebidas con cola (tanto la normal como la baja en calorías) y la hipertensión arterial. Al final del estudio los autores concluyen rotundamente: “Nosotros encontramos fuertes evidencias que rechazan la especulación que el consumo de café incrementa el riesgo de hipertensión arterial en mujeres”. 


A pesar de las conclusiones del estudio anterior,  la inmensa mayoría de los médicos seguían aconsejando la supresión del consumo de café a los pacientes hipertensos. Parece, pues, que no leyeron este trabajo o, si lo hicieron, no lo consideraron trascendente o relevante. Sin embargo, en diciembre de 2012 se publicó en Journal Hipertension una revisión sistemática y meta-analisis sobre el efecto del consumo crónico y prolongado del café y el desarrollo de hipertensión arterial 12, cuyos resultados han eximido de toda culpa al café, pues han demostrado que su consumo no aumenta el riesgo de hipertensión arterial. Los autores de la famosa Clínica Mayo evaluaron sistemáticamente 614 estudios (pruebas controladas aleatorizadas y estudios de cohorte) que comparaban la incidencia de hipertensión arterial en consumidores de café con respecto a un grupo control que no bebía esta bebida. Sólo 15 estudios cumplían con los estrictos criterios metodológicos de inclusión. El análisis de los mismos permitió concluir a los autores que ”no existe ninguna asociación estadísticamente significativa entre el consumo de café y las cifras de presión arterial. La evidencia disponible no permite hacer recomendaciones ni a favor ni en contra del consumo de café a los pacientes hipertensos”. 


Lo que puede colegirse de estos estudios es que no existen criterios científicos que justifiquen la supresión del café en los pacientes hipertensos. Tal conclusión ha calado en los autores de la Guía Europea de manejo de Hipertensión Arterial de 2013, la última publicada, pues, por primera vez, al llegar al punto de estilos de vida recomendables en los pacientes hipertensos, no se aconseja la supresión del café, como hasta ahora se había hecho. 


Según mi criterio, basado en estos estudios contundentes, la ingesta de café es absolutamente recomendable por su carácter cardiosaludable, dado que reduce de una forma estadísticamente significativa los infartos cerebrales, los infartos de miocardio y los episodios de insuficiencia cardíaca. ¡Qué más se puede pedir!.


                                           Dr. Félix Martín Santos


Bibliografía


1 Coffee consumption and risk of coronary heart diseases: a meta-analysis of 21 prospective cohort studies. Wu JN1Ho SCZhou CLing WHChen WQWang CLChen YM. I nt J Cardiol. 2009 Nov 12;137(3):216-25.


2Consumption of coffee is associated with reduced risk of death attributed to inflammatory and cardiovascular diseases in the Iowa Women's Health Study. Andersen LF1Jacobs DR JrCarlsen MHBlomhoff R. ` Am J Clin Nutr. 2006 May;83(5):1039-46. 


3Association of Coffee Drinking with Total and Cause-Specific Mortality Neal D. Freedman, Ph.D., Yikyung Park, Sc.D., Christian C. Abnet, Ph.D., Albert R. Hollenbeck, Ph.D., and Rashmi Sinha, Ph.D.

N Engl J Med 2012; 366:1891-1904May 17, 2012DOI: 10.1056/NEJMoa111201


4 Content of redox-active compounds (ie, antioxidants) in foods consumed in the United States.  Halvorsen BL1Carlsen MHPhillips KMBøhn SKHolte KJacobs DR JrBlomhoff RAm J Clin Nutr. 2006 Jul;84(1):95-135.


5 Coffee and tea consumption and risk of stroke subtypes in male smokers.

Larsson SC1Männistö SVirtanen MJKontto JAlbanes DVirtamo JStroke. 2008 Jun;39(6):1681-7. doi: 10.1161/STROKEAHA.107.504183. Epub 2008 Mar 27.


6 Coffe consumption and risk of stroke in women. Susanna C. Larsson, PhD Jarno Virtamo, MD, Alicja Wolk, DMSC. Stroke 2011; 42, 908-912


7 Habitual coffe consumption and risk of heart failure: a dose-response meta-analisis. Mostofsky E, Rice MS, Levitan EB, Mittleman MA. Circ. Heart Fal 2012 Jul 1,5 (4) 401-5


8 Jee SH, He J, Whelton PK.  et al.  The effect of coffee on blood-pressure: a meta-analysis of controlled clinical trials.  Can J Cardiol. 1997;13:(suppl B)  36B


9 Robertson D, Frolich JC, Carr RK.  et al.  Effects of caffeine on plasma renin activity, catecholamines and blood pressure.  N Engl J Med. 1978;298:181-18


10  Lane JD, Adcock RA, Williams RB, Kuhn CM. Caffeine effects on cardiovascular and neuroendocrine responses to acute psychosocial stress and their relationship to level of habitual caffeine consumption.  Psychosom Med. 1990;52:320-336

11 Habitual Caffeine Intake and the Risk of Hypertension in Women FREE

Wolfgang C. Winkelmayer, MD, ScD; Meir J. Stampfer, MD, DrPH; Walter C. Willett, MD, DrPH; Gary C. Curhan, MD, ScD

 JAMA. 2005;294(18):2330-2335. doi:10.1001/jama.294.18.2330.


12 The effect of coffee consumption on blood pressure and the development of hypertension: a systematic review and meta-analysis.  Steffen M1Kuhle CHensrud DErwin PJMurad MH

J Hypertens. 2012 Dec;30(12):2245-54. doi: 10.1097/HJH.0b013e3283588d73.




 

 

INTERMITENTE

PERSISTENTE LEVE

PERSISTENTE MODERADA

PERSISTENTE SEVERA

Síntomas diurnos

No (2 veces o menos a la semana)

Más de 2 veces a la semana

Síntomas diariamente

Síntomas continuos (varias veces diarias)

Medicación de alivio (Broncodilatador de rescate: Beta2 adrenérgico)

No (2 veces o menos a la semana)

Más de 2 veces semanales, pero no diariamente

Todos los días

Varias veces al día

Síntomas nocturnos

No más de 2 veces al mes

Más de 2 veces al mes

Más de una vez a la semana

Frecuentes

Limitación de la actividad

Ninguna

Algo

Bastante

Mucha

Función respiratoria (FEV1 o PEF) % teórico

> 80%

> 80%

> 60% - <80%

<60%

Exacerbaciones

Ninguna

Una o ninguna al año

Dos o más al año

Dos o más anuales

 

La espirometría es también fundamental para establecer el grado de severidad del asma, puesto que cuanto más bajo sea el valor del FEV1 más severa es la enfermedad y el riesgo de exacerbación aumenta concomitantemente.

 

Es preciso referir que es suficiente la presencia de cualquiera de las situaciones mostradas en la tabla para clasificar al asma en intermitente o en persistente, en sus diversos grados (ligera, moderada y severa).

 

¿Cuándo decimos que el asma está bien controlada?

 

Según la mejor guía internacional de manejo del asma, la de la GINA (Global Initiative for Asthma 2019), el grado de control del asma se evalúa tras establecer un tratamiento de fondo con corticoides inhalados (budesonida, fluticasona, beclometasona, ciclesonida, mometasona) con o sin broncodilatadores de acción prolongada (formoterol, salmeterol, vilanterol), en base a los datos obtenidos en la espirometría y en la respuesta a las mismas preguntas utilizadas para establecer la severidad de la misma.

 

Según los datos obtenidos podremos ver si el asma está bien controlada, parcialmente controlada o mal controlada, como se aprecia en la tabla anexa.

 

 

Bien controlada (deben cumplirse todos los siguientes)

Parcialmente controlada (Cualquier valor de los siguientes en cualquier semana)

Mal controlada (si ≥3 características de asma parcialmente controlada)

Síntomas diurnos

Ninguno (≤2 veces a la semana)

>2 veces a la semana

 

Medicación de alivio(Broncodilatador de rescate: Beta2 adrenérgico)

Ninguna (≤2 veces a la semana)

>2 veces a la semana

 

Síntomas nocturnos/despertares

Ninguno

Cualquiera

 

Limitación de la actividad

Ninguna

Cualquiera

 

Función respiratoria (FEV1 o PEF) % teórico

FEV 1>80% del valor teórico

PEF > 80% mejor valor personal

FEV 1<80% del valor teórico

PEF < 80% mejor valor personal

 

Exacerbaciones

Ninguna

≥1 al año

≥1 en cualquier semana

 

Es bueno mencionar aquí que la mayoría de los pacientes con asma responden bien a un tratamiento de fondo, cuyo objetivo fundamental es neutralizar la inflamación de la vía aérea, siendo los mejores antiinflamatorios los corticoides inhalados, a dosis de microgramos, pues exhiben una alta efectividad y una notable seguridad, dado que la dosis que no inhalan (como un 80% del total) y degluten es eliminada en, gran parte, en el hígado, en un primer paso metabólico. Además, tal dosis tiende a descenderse periódicamente (cada 4 meses) en caso de comprobar estabilidad clínica y funcional (en los niños, verdadera ganancia). De esta suerte, el tratamiento óptimo es el que controla al paciente con la dosis mínima de corticoides inhalados, variable en cada sujeto. Si no, sería preciso reevaluar la situación.

 

¿Cuáles son los principales factores de riesgo de sufrir exacerbaciones?

 

El principal factor de riesgo de sufrir crisis asmáticas es tener mal controlado el asma.  Luego, existen una serie de factores de riesgo modificables, incluso en pacientes con pocos síntomas de asma, que siempre deben tenerse en cuenta, entre los que se hallan los siguientes:

 

- Mal manejo de los corticoides inhalados, por no prescribirse, mala adherencia o por incorrecta técnica de inhalación.

 

- Exposiciones nefandas: al tabaco, contaminantes atmosféricos, a alérgenos a los que está sensibilizado y cuya inhalación le provoca síntomas.

 

- Comorbilidades: obesidad, rinosinusitis crónica, reflujo gastroesofágico, alergia alimentaria, ansiedad y depresión.

 

- Infecciones agudas de las vías aéreas superiores, frecuentemente de origen vírico, complicadas con sinusitis maxilar y bronquitis aguda.

 

- Función pulmonar precaria: bajo FEV1, especialmente si es inferior al 60% del valor teórico.

 

- Antecedentes de intubación o asistencia a Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) por crisis severas.

 

- Sufrir una o más exacerbaciones en los últimos 12 meses.

 

Actividad física y asma

 

Después de explicar estos conceptos básicos sobre el asma, estamos en disposición analizar los efectos beneficiosos de la práctica de actividad física aeróbica en el asma.

 

Lo que en las siguientes líneas voy a resumir son una serie de estudios epidemiológicos, la mayoría experimentales, que han revelado que un programa de entrenamiento físico aeróbico seguido por pacientes con asma moderado o severo consigue mejorar su forma física (fitness cardiorrespiratorio), su calidad de vida, reducir la sintomatología, así como el estrés y la ansiedad.

 

Efecto protector del ejercicio físico en el asma: Subir escaleras (escalinata de acceso a la portada del Sarmental de la Catedral de Burgos) es una buena forma de efectuar ejercicio físico aeróbico.

 

Efecto protector de la actividad física en el asma: algo tan sencillo o costoso como subir escaleras es un buen ejercicio aeróbico, que ayuda a controlar mejor el asma, además de contribuir a mejorar nuestra forma física y a reducir la tasa de muerte por todas las causas, entre otros muchos efectos saludables.

 

En agosto del 2010 se publicó en la revista oficial del Colegio Americano de Neumólogos (Chestun estudio experimental brasileño que reveló cómo un programa de entrenamiento aeróbico, durante 3 meses, reducía la clínica, aumentaba los días libres de ansiedad y depresión, así como la calidad de vida de los 50 pacientes que, por procedimientos de aleatorización, se beneficiaron de esta intervención (más ejercicios respiratorios y educación sobre asma), con respecto a los 51 que sólo recibieron un programa educativo más ejercicios respiratorios. (11)

 


Más tarde, en febrero del 2011, se publicó en una revista especializada (Medicine & Science in Sports & Exercise), otro estudio experimental efectuado por el mismo grupo de investigadores, Felipe Mendes y colegas, que, basándose en el efecto antiinflamatorio del ejercicio físico aeróbico en enfermedades crónicas, pretendió comprobar si también un programa controlado de entrenamiento aeróbico era capaz de exhibir un efecto antiinflamatorio en pacientes con asma moderado y severo, mediante la reducción del recuento de eosinófilos en el esputo (objetivo principal) y la disminución del óxido nítrico exhalado (FeNO), como medida indirecta de inflamación por eosinófilos (objetivo secundario). Para ello, distribuyeron por aleatorización a los 68 sujetos de la muestra en dos grupos: uno, el control, que siguió un programa educativo sobre asma y ejercicios respiratorios; el otro, se benefició, además, de un programa de entrenamiento aeróbico. Tras realizar controles semanales, durante tres meses, pudo comprobarse que los pacientes que efectuaron el citado ejercicio físico aeróbico experimentaron una reducción significativa de sus niveles de eosinófilos en esputo y del FeNO (r: 0,7 y 0, 9, respectivamente), sobre todo, en los que partieron con mayores niveles inflamatorios versus los del grupo control. (12)


Otros hallazgos de este ensayo fueron la observación de un mejor estado de forma física (mejor consumo máximo de oxígeno: V˙O2max), mayor número de días libres de síntomas y menores exacerbaciones por parte de los pacientes que cayeron en el grupo de intervención, o sea, los que siguieron el programa de entrenamiento aeróbico.


Si bien estos boyantes resultados se obtuvieron en pacientes adultos, también en niños se ha comprobado, mediante estudios experimentales, que un programa de entrenamiento aeróbico mejoraba su estado de forma física (mayor V˙O2max), aumentaba su calidad de vida y lograba reducir las dosis diarias de corticoides inhalados. (13)


Posteriormente, en agosto del 2015, Carvalho y Mendes vuelven a la carga, para publicar, en la revista de la Sociedad Británica de Neumología (Thorax), otro estudio experimental en el que establecieron como objetivo principal ver si un programa de entrenamiento aeróbico era capaz de reducir la hiperreactividad bronquial y los marcadores inflamatorios de un grupo de pacientes afectos de asma moderada y severa. (14)


Para ello, distribuyeron por aleatorización a los 58 participantes (de 20 a 59 años) en dos grupos: uno, el control, que se benefició de un programa de educación para la salud en asma más un programa de yoga con ejercicios respiratorios, dos sesiones semanales de 30 minutos; el otro, el de la intervención, cuyos integrantes efectuaron, además, un programa de entrenamiento aeróbico, consistente en dos sesiones semanales durante tres meses, de ejercicio en tapiz rodante, durante 35 minutos (5 minutos de calentamiento, 25 minutos de tapiz y 5 de distensión/relajación).


Obviamente, todos los participantes siguieron recibiendo su tratamiento médico del asma (corticoides inhalados con o sin broncodilatadores de acción prolongada).


Pues bien, a la conclusión del estudio observaron que los que practicaron el citado ejercicio aeróbico se beneficiaron de una reducción de su hiperreactividad bronquial, medida con la técnica de provocación con histamina indicada por la Sociedad Americana de Neumología ( ATS)15, así como de una disminución de ciertos biomarcadores inflamatorios (interleucina 6, IL-6, proteína quimiotáctica de monocitos, MCP-1), además de sufrir menos exacerbaciones y aumentar su calidad de vida (AQLQ), con respecto a los del grupo control.


También apreciaron una significativa reducción del recuento de eosinófilos en el esputo y del FeNO en los pacientes que tenían mayor grado de inflamación, como ya comprobaron en estudios previos. (12)


Ejercicio físico en obesos con asma


Estos resultados son concordantes con los obtenidos en otro estudio experimental, de autoría australiana, que reveló cómo un programa de entrenamiento aeróbico más dieta conseguía reducir células inflamatorias del esputo, véase eosinófilos y neutrófilos, así como la interleucina 6 de una muestra de pacientes obesos afectos de asma. (16) 


Posteriormente, en el 2018, se publicó en la revista oficial de la Sociedad Europea de Neumología (European Respiratory Journal), un estudio epidemiológico experimental que reveló cómo un programa de ejercicio más dieta para perder peso, seguido por una muestra de obesos, durante tres meses, logró mejorar la actividad física durante el tiempo libre (controlada con acelerómetro), reducir la sintomatología asmática y los síntomas depresivos, así como mejorar el rendimiento del sueño, con respecto al grupo placebo, que sólo recibió el tratamiento dietético. (17)


Todo ello indica que la práctica de ejercicio físico puede exhibir auténticos efectos antiinflamatorios en el asma, tanto de obesos como de personas con peso normal, y que, por ello, es una excelente estrategia complementaria al tratamiento médico de esta enfermedad respiratoria crónica.


Pero ¿la actividad física podría ejercer un efecto preventivo de asma?


Aunque no hay suficiente información científica para posicionarse claramente, buscaremos pistas que puedan ayudarnos en tal tesitura, analizando la información aportada por los estudios de mayor rigor.


Empezaremos con los resultados obtenidos en una revisión sistemática y metaanálisis de estudios observacionales, de autoría holandesa, publicada, en diciembre del 2012, en una revista de calidad contrastada (PLOS/one). (18)


Marianne Eijkemans y colegas, responsables del trabajo, seleccionaron 5 estudios prospectivos, que incluyeron a 85.117 participantes (niños, adolescentes y adultos), que no padecían asma al principio del estudio. Tras el correspondiente seguimiento (de 9 a 10 años), apreciaron una asociación entre un mayor nivel de actividad física (quintil, tercil más altos, o actividad vigorosa) y un menor riesgo de asma, inicialmente no significativo (=R:0.88 (IC 95%: 0.77–1.01), pero al excluir el estudio de menor calidad metodológica, la asociación se tornó significativa: un 13% de reducción del riesgo de asma (0.87 (95% CI: 0.77–0.99), con respecto a los de menor nivel de ejercicio físico (quintil y tercil más bajos, sedentarios o bajo nivel de actividad física, según el estudio). Bien cierto es que la significación fue real, aunque tenue.


Posteriormente, en abril del 2016, se publicaron (BMC Pediatricslos resultados de un metaanálisis de tres estudios observacionales longitudinales (muestra total: 550), de autoría danesa, que reveló cómo un bajo nivel de actividad física se asoció con un mayor riesgo de asma en niños y adolescentes, años más tarde: un 35% superior (OR: 1.35, IC: 1.13 a 1.62). (19)


No obstante, se apreció un relevante grado de heterogeneidad entre los estudios citados que redujo la fortaleza de la significación alcanzada.


Así, el menor grado de ejercicio físico asociado a este mayor riesgo de asma varió de un estudio a otro: mayor tiempo dedicado a ver la televisión, menor participación en actividades deportivas, menos tiempo empleado a jugar en deportes de equipo, versus menos televisión, más actividad física-deportiva y más deporte de equipo, respectivamente.


Años más tarde, en mayo del 2018, se publicó (J Epidemiol Community Health) una investigación novedosa, un análisis longitudinal bidireccional, que en absoluto reveló una asociación entre la actividad física y el asma, en un sentido o en otro. (20)


Hubo que esperar hasta enero del 2020 para ver publicado otro estudio prospectivo (Pediatric Pulmonology), también llevado a efecto por Marianne Eijkemans y colegas, en el que controlaron a 1838 niños recién nacidos (KOALA Birth Cohort Study) durante 10 años, a fin de observar una posible asociación entre el nivel de actividad física y la incidencia de asma. (21)


Tras evaluar, al inicio del estudio, el nivel de ejercicio físico a los 4 o 5 años de edad, referido en cuestionarios (información subjetiva) y en unos pocos (301) con medidas objetivas (acelerómetro) y, posteriormente (entre los 6 y 10 años), los nuevos casos de asma (objetivo o resultado principal del estudio), mediante cuestionarios específicos (ISAAC), así como la función pulmonar con espirometrías en un subgrupo (485 participantes), comprobaron que el grado de actividad física referida por el total de la muestra  no se asoció ni con el desarrollo de asma ni con la función pulmonar.


Sin embargo, cuando sólo se analizó al grupo de participantes que fueron objeto de una medición objetiva del nivel de ejercicio físico (acelerometría), apreciaron que los niños que efectuaron menos actividad física, inferior a una hora diaria, tenían una función pulmonar significativamente menor, con un cociente FEV1/FVC más bajo (puntaje z β, −0.65; intervalo de confianza del 95%, −1.06 a −0.24).


“Este estudio es el primero que ha revelado una asociación entre el sedentarismo y una menor función respiratoria (inferior cociente FEV 1/FVC), años más tarde, en la infancia, comportándose como un posible factor causal de asma. Sin embargo, se requieren más estudios que reproduzcan estos resultados, dado el escaso número de niños (62) a los que se midió objetivamente tanto el nivel de actividad física (acelerometría) como la función respiratoria (espirometría)”, concluyen los autores.


Apuntes finales


A la luz de los conocimientos científicos actuales, si los pacientes afectos de asma practicaran regularmente actividad física, se beneficiarían con reducciones significativas de la sintomatología, riesgo de exacerbaciones, mortalidad total y específica, así como de un aumento de la calidad de vida. Sin embargo, su capacidad para reducir el riesgo de desarrollar asma (prevención primaria), parece asunto más controvertido, aunque ciertas líneas de investigación nos hacen ser optimistas, pues, cuando menos, el sedentarismo tiende a incrementar el riesgo de adquirir esta enfermedad respiratoria crónica.


Según mi propia experiencia como neumólogo con especial dedicación al manejo diagnóstico y terapéutico de pacientes con asma, entre  las estrategias terapéuticas más efectivas y seguras destacan la educación en estilos de vida saludables, reduciendo factores de riesgo y de exacerbaciones, así como el establecimiento de un buen tratamiento farmacológico de esta enfermedad, a fin de conseguir un buen control de la misma, normalizando la función, reduciendo la clínica, previniendo exacerbaciones y aumentando la calidad de vida. Logros que permitirían efectuar altos niveles de actividad física, que, a su vez, contribuirían a un mejor control de esta enfermedad crónica. De esta forma, la mayoría de nuestros pacientes en absoluto verían reducida su esperanza de vida en buena salud.


En fin, considero crucial que el ser humano efectúe ejercicio físico regular, desde su más tierna infancia, porque es una de las estrategias que más puede contribuir a incrementar la salud en su triple dimensión: física, mental y social. De esta suerte, también podríamos alcanzar altas cotas de felicidad.

                                                    Dr. Félix Martín Santos


FUENTES BIBLIOGRÁFICAS


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4. Grupo Español del Estudio Europeo en Asma. Estudio europeo del asma Prevalencia de hiperreactividad bronquial y asma en jóvenes en 5 regiones de España. Med Clin (Barc). 1996; 106: 761-7.


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6. Carvajal-Urueña I, García-Marcos L, Busquets-Monge R, Morales Suárez-Varela M, García de Andoin N, Batlles-Garrido J, et al. Variaciones geográficas en la prevalencia de síntomas de asma en los niños y adolescentes españoles.International Study oz Asthma and Allergies in Chilhood (ISAAC) fase III España. Arch Bronconeumol. 2005; 41: 659-66.


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9. Incidence and risk factors for asthma from childhood to Young adulthood. Linnea Hedman, Helena Backman, Caroline Stridsman, Martin Andersson, Eva Rönmark. European Respiratory Journal 2018 52: PA 1147.


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