Prevención del cáncer de hígado por la vacuna contra el virus de la Hepatitis B

La vacuna contra el virus de la hepatitis B tiene el feliz honor de ser la primera en su rango capaz de prevenir uno de los principales cánceres humanos: el cáncer de hígado. Dado que el virus de la hepatitis B no sólo es capaz de causar hepatitis aguda sino también hepatitis crónica, cirrosis, cáncer de hígado y muerte por cualquiera de estas complicaciones, la inmunización conseguida con esta vacuna tiene el potencial de evitar harto sufrimiento humano.  


Por este motivo en octubre de 2014, a propósito del Código Europeo contra el Cáncer, los expertos de la Agencia Internacional de Investigación sobre Cáncer, dependiente de la OMS, aconsejaron encarecidamente la vacuna de la hepatitis B.


Importancia de la Hepatitis B


En julio de 2014 un informe técnico de la OMS (nota descriptiva Nº 204) considera a la hepatitis B como una infección del hígado, potencialmente mortal, causada por un virus (VHB), que constituye un notable problema de salud a nivel planetario.


El punto de inflexión es la persistencia del VHB durante más de 6 meses en la persona infectada, pues en tal caso nos está indicando que se ha cronificado (hepatitis B crónica), lo que conlleva un relevante riesgo de muerte por cirrosis y cáncer hepático.


Las cifras que maneja la OMS son escalofriantes: más de 240 millones de personas tienen infecciones crónicas del hígado, de las cuales más de 780.000 mueren cada año como consecuencia de la hepatitis B. No obstante, “siempre sale el sol”, pues disponemos de una vacuna con una eficacia del 95% en la prevención de la infección por VHB y de sus dramáticas consecuencias crónicas.


¿Qué personas tienen más riesgo de sufrir la forma crónica de la enfermedad?


El marcador de riesgo más importante es la edad en la que el ser humano se infecta por primera vez con este virus, de forma que cuanto más precoz es el contagio más riesgo habrá de que la infección se cronifique, como acontece con los niños infectados antes de cumplir los 6 años de edad. Veamos qué datos nos ofrece la citada OMS:


  • Entre el 80% al 90% de los lactantes infectados durante sus primeros 12 meses de vida sufren infección crónica. Estos niños suelen contagiarse en el momento del parto, por contacto con sangre y fluidos de la madre infectados por el virus: transmisión vertical.


  • Los niños infectados entre el año y los cuatro años de vida tienen un gran riesgo de desarrollar hepatitis crónica, dado que entre el 30% al 50% de los mismos acabarán sufriéndola. El contagio sufrido por estos infantes es por contacto interpersonal inadvertido con otros niños o/y adultos infectados, probablemente porque la sangre vertida de pequeñas heridas de unos (fuente de infección) pasaría a través de soluciones de continuidad de la piel de los huéspedes susceptibles, constituyendo la denominada transmisión horizontal.


  • En los adultos las probabilidades de que el virus se quede crónicamente en el hígado son netamente menores, pues menos del 5% de los adultos sanos infectados por el VHB desarrollarán la hepatopatía crónica. Estas personas se contagian habitualmente por relaciones sexuales y a través de la sangre vehiculada en agujas y jeringuillas.


  • El porcentaje de adultos infectados crónicamente en la infancia que mueren por cáncer o cirrosis es bastante alto, pues oscila de un 15% a un 25%.


Prevención 

                 

Está demostrado que la vacuna contra la hepatitis B representa el principal bastión para prevenir esta enfermedad y sus temibles complicaciones.


Para seguir un cierto orden expositivo vamos a dividir este punto en varios: composición y estructura de la vacuna, efectividad de la misma, seguridad e indicaciones. Para ello me voy a valer, entre otras fuentes, de un informe de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios, dependiente del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, publicado el 10 de diciembre de 2013 con el título de “Informe de Utilidad Terapéutica de las Vacunas frente al Virus de la Hepatitis B”.


Composición


La vacuna contra el virus de la hepatitis B está constituida por una proteína vírica, el denominado antígeno de superficie o antígeno Australia (HBs Ag), que es el que atesora la capacidad inmunógena del virus, esto es, la capacidad de despertar una respuesta inmune en el huésped. Así pues, en 1982 el citado antígeno viral, empleado para constituir la primera vacuna, provenía del plasma de personas infectadas crónicamente por el VHB. Este singular origen fue responsable de dos hechos: uno, la escasa disponibilidad de esta vacuna; dos, el encarecimiento del precio de la misma.


Menos mal que en 1986 se obtuvieron las denominadas vacunas recombinantes, merced a la introducción en el núcleo de la levadura de la cerveza del gen que codifica el antígeno Australia, lo que permitió obtener cantidades industriales del HBs Ag y, por consiguiente, a precio mucho más módico. Ambos motivos han facilitado la inclusión de esta vacuna en el calendario vacunal de la mayoría de los países de nuestro entorno europeo.


Hay que precisar que la proteína viral (HBs Ag) se purifica exhaustivamente para, luego, absorberla en sales de aluminio que actúan como adyuvante, a fin de incrementar su potencia inmunogénica. Pues bien, estas vacunas son las actualmente comercializadas en España, bien monovalentes o bien combinándolas con los antígenos (virales o/y bacterianos) de otras vacunas.


Indicaciones


La OMS aconseja que se vacune a todos los lactantes al poco de nacer, antes de las primeras 24 horas, con objeto de evitar la transmisión vertical. Esta dosis inicial (monovalente) debe continuarse con dos dosis monovalentes o de dos o tres dosis combinadas.


En bastantes países europeos existe un estricto control de la mujer gestante, con evaluaciones serológicas periódicas, con el propósito de identificar precozmente cualquier infección por el virus de la hepatitis B. Por ello, no suele iniciarse la vacuna en las primeras horas tras el nacimiento sino unas semanas más tarde.


En el caso de comprobar que una mujer embarazada está infectada por el VHB (HBs Ag positivo) deberá administrarse la primera dosis en las primeras 24 horas de nacer el niño, junto a un anticuerpo específico contra el virus, seguido de dos a tres dosis, pero con un intervalo mínimo de 4 semanas entre dosis.


Se debe vacunar a todos los niños y adolescentes de edad inferior a 18 años, que aún no hayan sido vacunados.


Según la OMS, también deberá vacunarse a la población de alto riesgo de infectarse, pero que todavía no se ha infectado por este virus, a saber:


  • Pacientes que requieren frecuentes transfusiones de sangre.
  • Receptores de transplantes de órganos sólidos.
  • Reclusos.
  • Usuarios de drogas por vía parenteral.
  • Parejas y contactos familiares de pacientes con infección crónica por el VHB.
  • Personas sexualmente promiscuas.
  • Personal sanitario y otras personas que por su trabajo se expongan al contacto con sangre y productos sanguíneos.
  • Individuos que no han completado correctamente la vacunación contra este virus y que tengan pensado viajar a países de alta endemia (del 5% al 10% de las personas están infectadas crónicamente por el VHB).

            

¿Cuál es la estrategia seguida en España?


En España, en 1992, el Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud, aconsejó que los adolescentes empezaran a beneficiarse de un correcto plan de vacunación contra la hepatitis B (una dosis inicial; otra, al mesde la primera y la tercera, a los seis meses de la segunda), de tal suerte que en 1996 todas las Comunidades Autónomas lo habían implantado. En este último año se recomendó que cada Comunidad Autónoma empezara a vacunar a los recién nacidos, lo que se consiguió completamente en el año 2002. Gracias a ello, la vacunación contra la hepatitis B figura en el calendario vacunal de todas las Comunidades Autónomas. No obstante, en España existen dos pautas diferentes, según que la primera dosis se administre al nacer o a partir de los dos meses, dando en ambos casos la última dosis a los 6 meses de edad.


La pauta iniciada a los 2 meses (2-4-6 meses) se sigue en Baleares, Canarias, Cataluña, Murcia, Navarra, La Rioja y País Vasco, mientras que la pauta iniciada al poco de nacer ( 0-2-6 meses) se aplica en el resto de Comunidades Autónomas, Ceuta y Melilla. Es evidente que estos esquemas se establecen con los hijos de madres no infectadas (HBs negativas).


También en España se efectúa con especial dedicación el cribado gestacional para identificar embarazadas infectadas por el virus, esto es, las que tienen positivo el antígeno Australia (HBsAg). Sus niños recibirán nada más nacer la primera dosis de vacuna más el anticuerpo específico (inmunoglobulina hiperinmune).

  

Eficacia


Según el citado informe de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (diciembre 2013), los ensayos clínicos efectuados con cualquiera de las vacunas actualmente autorizadas en España revelan una eficacia del 80% al 100%, para prevenir la enfermedad aguda y, por ende, las graves complicaciones crónicas causadas por el VHB. Además, se ha podido constatar que la protección es prácticamente del 100% al mes de completar la vacunación, siempre y cuando se trate de sujetos con buena inmunidad (inmunocompetentes) capaces de generar un título superior a 10 mUI/ml de anticuerpos anti-HBs, indicativos de inmunoprotección.


La inmunogenicidad de esta vacuna se reduce con la edad, pues la anterior cantidad de anticuerpos protectores la consiguen el 95% de los lactantes, niños y adultos jóvenes, tras completar la vacunación primaria con cualquiera de las vacunas comercializadas en España. Sin embargo, sólo el 70% de los mayores de 60 años vacunados alcanzan la cifra umbral de anticuerpos protectores (superior a 10 mUI/ml).

   

¿Cuánto dura la protección conferida por la vacuna?


Los títulos de anticuerpos alcanzados con la vacunación descienden paulatinamente, de forma que a los 5 a 10 años de la misma menos de la mitad de los vacunados tienen una cifra de anticuerpos protectores por encima de las 10 mUI/ml. Sin embargo, seguimientos prolongados, de hasta 25 años, han revelado que la protección se mantiene bastante bien. Incluso, en el peor de los casos, los posibles fallos vacunales suelen cursar con infecciones asintomáticas que no parecen evolucionar a la cronicidad. Atribuyen esta protección prolongada de la vacuna a un probable efecto de memoria inmunológica de la misma. Por esta buena respuesta no se recomiendan, por ahora, dosis de recuerdo en personas inmunocompetentes que han cumplido un ciclo correcto de vacunación (tres a cuatro dosis).


En febrero de 2015 se publicó en una revista de prestigio española, Enfermedades Infecciosas y Vacunación frente a la hepatitis B. Impacto de los programas de vacunación tras 20 años de su utilización en España. ¿Es tiempo de cambios? Merced al éxito del cribado gestacional para la detección de gestantes infectadas por el VHB (HBsAg positivas) y a las campañas de vacunación durante la infancia, se ha conseguido reducir espectacularmente la prevalencia de infección en menores de un año, pues es casi nula. Por otra parte, los responsables del estudio (Javier Arístegui, F. Martinón y colegas) aconsejan retrasar la edad de administración de la última dosis –en el segundo año de vida, en vez de a los 6 meses actuales- y aumentar el tiempo entre las dosis, a fin de incrementar la memoria inmunológica y otorgar una mayor protección frente al virus en la edad adulta. Todo ello porque las tasas de incidencia más alta de hepatitis B en España se detecta actualmente en adultosde 20 a 54 años, mientras que, como refería antes, casi es nula en niños menores de un año de vida, gracias a la vigente estrategia de vacunación, iniciada hace 20 años.


Estas medidas han permitido que España pase de ser un país con una endemia intermedia de hepatitis B (cuando la proporción de infectados crónicamente oscila del 1% al 5%) a ser uno de endemia baja (proporción de infectados y portadores crónicos inferior al 1%).


Todo el mundo entenderá que reducir la incidencia de hepatitis B también implicará la reducción de sus complicaciones: hepatitis crónica, cirrosis y cáncer de hígado.

   

¿Existen pacientes susceptibles de enfoques especiales?


La respuesta es afirmativa, dado que se han observado infecciones de cierta severidad en pacientes sometidos a hemodiálisis que habían experimentado un descenso del título de anticuerpos protectores por debajo de 10 mUI/ml. En consecuencia, se aconseja que tanto estos pacientes como los integrantes de otros grupos de riesgo (como inmunodeprimidos y el personal sanitario expuesto frecuentemente al VHB) se beneficien de la evaluación anual de los niveles séricos de anticuerpos tras la vacunación, de forma que si el título descendiera por debajo del valor protector (10mUI/ml), sería preciso revacunar, a fin de obtener el título de anticuerpos realmente protector.


Seguridad


Esta vacuna ha exhibido un excelente perfil de seguridad, como lo atestiguan las numerosísimas dosis de vacuna administradas desde 1982 frente a este virus: más de mil millones.


Los efectos adversos de las vacunas monovalentes (suceden entre el 3 al 29% de los vacunados) son meramente locales, limitándose a dolor, calor y enrojecimiento en el sitio de la inyección. Menos frecuentemente se han visto reacciones generales (1 al 6%) del tipo de astenia, fiebre o malestar general. Además, estos leves efectos secundarios son efímeros, pues duran menos de 24 horas.


En fin, la vacuna contra el virus de la hepatitis B ha demostrado ser, tras más de 20 años de empleo, muy eficaz y extraordinariamente segura. Además de ser la primera vacuna capaz de evitar un cáncer prevalente: el cáncer de hígado. Por estos motivos, ha sido una de las doce recomendaciones antitumorales establecidas en el actual Código Europeo contra el Cáncer.


Dr. Félix Martín Santos


 

 

INTERMITENTE

PERSISTENTE LEVE

PERSISTENTE MODERADA

PERSISTENTE SEVERA

Síntomas diurnos

No (2 veces o menos a la semana)

Más de 2 veces a la semana

Síntomas diariamente

Síntomas continuos (varias veces diarias)

Medicación de alivio (Broncodilatador de rescate: Beta2 adrenérgico)

No (2 veces o menos a la semana)

Más de 2 veces semanales, pero no diariamente

Todos los días

Varias veces al día

Síntomas nocturnos

No más de 2 veces al mes

Más de 2 veces al mes

Más de una vez a la semana

Frecuentes

Limitación de la actividad

Ninguna

Algo

Bastante

Mucha

Función respiratoria (FEV1 o PEF) % teórico

> 80%

> 80%

> 60% - <80%

<60%

Exacerbaciones

Ninguna

Una o ninguna al año

Dos o más al año

Dos o más anuales

 

La espirometría es también fundamental para establecer el grado de severidad del asma, puesto que cuanto más bajo sea el valor del FEV1 más severa es la enfermedad y el riesgo de exacerbación aumenta concomitantemente.

 

Es preciso referir que es suficiente la presencia de cualquiera de las situaciones mostradas en la tabla para clasificar al asma en intermitente o en persistente, en sus diversos grados (ligera, moderada y severa).

 

¿Cuándo decimos que el asma está bien controlada?

 

Según la mejor guía internacional de manejo del asma, la de la GINA (Global Initiative for Asthma 2019), el grado de control del asma se evalúa tras establecer un tratamiento de fondo con corticoides inhalados (budesonida, fluticasona, beclometasona, ciclesonida, mometasona) con o sin broncodilatadores de acción prolongada (formoterol, salmeterol, vilanterol), en base a los datos obtenidos en la espirometría y en la respuesta a las mismas preguntas utilizadas para establecer la severidad de la misma.

 

Según los datos obtenidos podremos ver si el asma está bien controlada, parcialmente controlada o mal controlada, como se aprecia en la tabla anexa.

 

 

Bien controlada (deben cumplirse todos los siguientes)

Parcialmente controlada (Cualquier valor de los siguientes en cualquier semana)

Mal controlada (si ≥3 características de asma parcialmente controlada)

Síntomas diurnos

Ninguno (≤2 veces a la semana)

>2 veces a la semana

 

Medicación de alivio(Broncodilatador de rescate: Beta2 adrenérgico)

Ninguna (≤2 veces a la semana)

>2 veces a la semana

 

Síntomas nocturnos/despertares

Ninguno

Cualquiera

 

Limitación de la actividad

Ninguna

Cualquiera

 

Función respiratoria (FEV1 o PEF) % teórico

FEV 1>80% del valor teórico

PEF > 80% mejor valor personal

FEV 1<80% del valor teórico

PEF < 80% mejor valor personal

 

Exacerbaciones

Ninguna

≥1 al año

≥1 en cualquier semana

 

Es bueno mencionar aquí que la mayoría de los pacientes con asma responden bien a un tratamiento de fondo, cuyo objetivo fundamental es neutralizar la inflamación de la vía aérea, siendo los mejores antiinflamatorios los corticoides inhalados, a dosis de microgramos, pues exhiben una alta efectividad y una notable seguridad, dado que la dosis que no inhalan (como un 80% del total) y degluten es eliminada en, gran parte, en el hígado, en un primer paso metabólico. Además, tal dosis tiende a descenderse periódicamente (cada 4 meses) en caso de comprobar estabilidad clínica y funcional (en los niños, verdadera ganancia). De esta suerte, el tratamiento óptimo es el que controla al paciente con la dosis mínima de corticoides inhalados, variable en cada sujeto. Si no, sería preciso reevaluar la situación.

 

¿Cuáles son los principales factores de riesgo de sufrir exacerbaciones?

 

El principal factor de riesgo de sufrir crisis asmáticas es tener mal controlado el asma.  Luego, existen una serie de factores de riesgo modificables, incluso en pacientes con pocos síntomas de asma, que siempre deben tenerse en cuenta, entre los que se hallan los siguientes:

 

- Mal manejo de los corticoides inhalados, por no prescribirse, mala adherencia o por incorrecta técnica de inhalación.

 

- Exposiciones nefandas: al tabaco, contaminantes atmosféricos, a alérgenos a los que está sensibilizado y cuya inhalación le provoca síntomas.

 

- Comorbilidades: obesidad, rinosinusitis crónica, reflujo gastroesofágico, alergia alimentaria, ansiedad y depresión.

 

- Infecciones agudas de las vías aéreas superiores, frecuentemente de origen vírico, complicadas con sinusitis maxilar y bronquitis aguda.

 

- Función pulmonar precaria: bajo FEV1, especialmente si es inferior al 60% del valor teórico.

 

- Antecedentes de intubación o asistencia a Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) por crisis severas.

 

- Sufrir una o más exacerbaciones en los últimos 12 meses.

 

Actividad física y asma

 

Después de explicar estos conceptos básicos sobre el asma, estamos en disposición analizar los efectos beneficiosos de la práctica de actividad física aeróbica en el asma.

 

Lo que en las siguientes líneas voy a resumir son una serie de estudios epidemiológicos, la mayoría experimentales, que han revelado que un programa de entrenamiento físico aeróbico seguido por pacientes con asma moderado o severo consigue mejorar su forma física (fitness cardiorrespiratorio), su calidad de vida, reducir la sintomatología, así como el estrés y la ansiedad.

 

Efecto protector del ejercicio físico en el asma: Subir escaleras (escalinata de acceso a la portada del Sarmental de la Catedral de Burgos) es una buena forma de efectuar ejercicio físico aeróbico.

 

Efecto protector de la actividad física en el asma: algo tan sencillo o costoso como subir escaleras es un buen ejercicio aeróbico, que ayuda a controlar mejor el asma, además de contribuir a mejorar nuestra forma física y a reducir la tasa de muerte por todas las causas, entre otros muchos efectos saludables.

 

En agosto del 2010 se publicó en la revista oficial del Colegio Americano de Neumólogos (Chestun estudio experimental brasileño que reveló cómo un programa de entrenamiento aeróbico, durante 3 meses, reducía la clínica, aumentaba los días libres de ansiedad y depresión, así como la calidad de vida de los 50 pacientes que, por procedimientos de aleatorización, se beneficiaron de esta intervención (más ejercicios respiratorios y educación sobre asma), con respecto a los 51 que sólo recibieron un programa educativo más ejercicios respiratorios. (11)

 


Más tarde, en febrero del 2011, se publicó en una revista especializada (Medicine & Science in Sports & Exercise), otro estudio experimental efectuado por el mismo grupo de investigadores, Felipe Mendes y colegas, que, basándose en el efecto antiinflamatorio del ejercicio físico aeróbico en enfermedades crónicas, pretendió comprobar si también un programa controlado de entrenamiento aeróbico era capaz de exhibir un efecto antiinflamatorio en pacientes con asma moderado y severo, mediante la reducción del recuento de eosinófilos en el esputo (objetivo principal) y la disminución del óxido nítrico exhalado (FeNO), como medida indirecta de inflamación por eosinófilos (objetivo secundario). Para ello, distribuyeron por aleatorización a los 68 sujetos de la muestra en dos grupos: uno, el control, que siguió un programa educativo sobre asma y ejercicios respiratorios; el otro, se benefició, además, de un programa de entrenamiento aeróbico. Tras realizar controles semanales, durante tres meses, pudo comprobarse que los pacientes que efectuaron el citado ejercicio físico aeróbico experimentaron una reducción significativa de sus niveles de eosinófilos en esputo y del FeNO (r: 0,7 y 0, 9, respectivamente), sobre todo, en los que partieron con mayores niveles inflamatorios versus los del grupo control. (12)


Otros hallazgos de este ensayo fueron la observación de un mejor estado de forma física (mejor consumo máximo de oxígeno: V˙O2max), mayor número de días libres de síntomas y menores exacerbaciones por parte de los pacientes que cayeron en el grupo de intervención, o sea, los que siguieron el programa de entrenamiento aeróbico.


Si bien estos boyantes resultados se obtuvieron en pacientes adultos, también en niños se ha comprobado, mediante estudios experimentales, que un programa de entrenamiento aeróbico mejoraba su estado de forma física (mayor V˙O2max), aumentaba su calidad de vida y lograba reducir las dosis diarias de corticoides inhalados. (13)


Posteriormente, en agosto del 2015, Carvalho y Mendes vuelven a la carga, para publicar, en la revista de la Sociedad Británica de Neumología (Thorax), otro estudio experimental en el que establecieron como objetivo principal ver si un programa de entrenamiento aeróbico era capaz de reducir la hiperreactividad bronquial y los marcadores inflamatorios de un grupo de pacientes afectos de asma moderada y severa. (14)


Para ello, distribuyeron por aleatorización a los 58 participantes (de 20 a 59 años) en dos grupos: uno, el control, que se benefició de un programa de educación para la salud en asma más un programa de yoga con ejercicios respiratorios, dos sesiones semanales de 30 minutos; el otro, el de la intervención, cuyos integrantes efectuaron, además, un programa de entrenamiento aeróbico, consistente en dos sesiones semanales durante tres meses, de ejercicio en tapiz rodante, durante 35 minutos (5 minutos de calentamiento, 25 minutos de tapiz y 5 de distensión/relajación).


Obviamente, todos los participantes siguieron recibiendo su tratamiento médico del asma (corticoides inhalados con o sin broncodilatadores de acción prolongada).


Pues bien, a la conclusión del estudio observaron que los que practicaron el citado ejercicio aeróbico se beneficiaron de una reducción de su hiperreactividad bronquial, medida con la técnica de provocación con histamina indicada por la Sociedad Americana de Neumología ( ATS)15, así como de una disminución de ciertos biomarcadores inflamatorios (interleucina 6, IL-6, proteína quimiotáctica de monocitos, MCP-1), además de sufrir menos exacerbaciones y aumentar su calidad de vida (AQLQ), con respecto a los del grupo control.


También apreciaron una significativa reducción del recuento de eosinófilos en el esputo y del FeNO en los pacientes que tenían mayor grado de inflamación, como ya comprobaron en estudios previos. (12)


Ejercicio físico en obesos con asma


Estos resultados son concordantes con los obtenidos en otro estudio experimental, de autoría australiana, que reveló cómo un programa de entrenamiento aeróbico más dieta conseguía reducir células inflamatorias del esputo, véase eosinófilos y neutrófilos, así como la interleucina 6 de una muestra de pacientes obesos afectos de asma. (16) 


Posteriormente, en el 2018, se publicó en la revista oficial de la Sociedad Europea de Neumología (European Respiratory Journal), un estudio epidemiológico experimental que reveló cómo un programa de ejercicio más dieta para perder peso, seguido por una muestra de obesos, durante tres meses, logró mejorar la actividad física durante el tiempo libre (controlada con acelerómetro), reducir la sintomatología asmática y los síntomas depresivos, así como mejorar el rendimiento del sueño, con respecto al grupo placebo, que sólo recibió el tratamiento dietético. (17)


Todo ello indica que la práctica de ejercicio físico puede exhibir auténticos efectos antiinflamatorios en el asma, tanto de obesos como de personas con peso normal, y que, por ello, es una excelente estrategia complementaria al tratamiento médico de esta enfermedad respiratoria crónica.


Pero ¿la actividad física podría ejercer un efecto preventivo de asma?


Aunque no hay suficiente información científica para posicionarse claramente, buscaremos pistas que puedan ayudarnos en tal tesitura, analizando la información aportada por los estudios de mayor rigor.


Empezaremos con los resultados obtenidos en una revisión sistemática y metaanálisis de estudios observacionales, de autoría holandesa, publicada, en diciembre del 2012, en una revista de calidad contrastada (PLOS/one). (18)


Marianne Eijkemans y colegas, responsables del trabajo, seleccionaron 5 estudios prospectivos, que incluyeron a 85.117 participantes (niños, adolescentes y adultos), que no padecían asma al principio del estudio. Tras el correspondiente seguimiento (de 9 a 10 años), apreciaron una asociación entre un mayor nivel de actividad física (quintil, tercil más altos, o actividad vigorosa) y un menor riesgo de asma, inicialmente no significativo (=R:0.88 (IC 95%: 0.77–1.01), pero al excluir el estudio de menor calidad metodológica, la asociación se tornó significativa: un 13% de reducción del riesgo de asma (0.87 (95% CI: 0.77–0.99), con respecto a los de menor nivel de ejercicio físico (quintil y tercil más bajos, sedentarios o bajo nivel de actividad física, según el estudio). Bien cierto es que la significación fue real, aunque tenue.


Posteriormente, en abril del 2016, se publicaron (BMC Pediatricslos resultados de un metaanálisis de tres estudios observacionales longitudinales (muestra total: 550), de autoría danesa, que reveló cómo un bajo nivel de actividad física se asoció con un mayor riesgo de asma en niños y adolescentes, años más tarde: un 35% superior (OR: 1.35, IC: 1.13 a 1.62). (19)


No obstante, se apreció un relevante grado de heterogeneidad entre los estudios citados que redujo la fortaleza de la significación alcanzada.


Así, el menor grado de ejercicio físico asociado a este mayor riesgo de asma varió de un estudio a otro: mayor tiempo dedicado a ver la televisión, menor participación en actividades deportivas, menos tiempo empleado a jugar en deportes de equipo, versus menos televisión, más actividad física-deportiva y más deporte de equipo, respectivamente.


Años más tarde, en mayo del 2018, se publicó (J Epidemiol Community Health) una investigación novedosa, un análisis longitudinal bidireccional, que en absoluto reveló una asociación entre la actividad física y el asma, en un sentido o en otro. (20)


Hubo que esperar hasta enero del 2020 para ver publicado otro estudio prospectivo (Pediatric Pulmonology), también llevado a efecto por Marianne Eijkemans y colegas, en el que controlaron a 1838 niños recién nacidos (KOALA Birth Cohort Study) durante 10 años, a fin de observar una posible asociación entre el nivel de actividad física y la incidencia de asma. (21)


Tras evaluar, al inicio del estudio, el nivel de ejercicio físico a los 4 o 5 años de edad, referido en cuestionarios (información subjetiva) y en unos pocos (301) con medidas objetivas (acelerómetro) y, posteriormente (entre los 6 y 10 años), los nuevos casos de asma (objetivo o resultado principal del estudio), mediante cuestionarios específicos (ISAAC), así como la función pulmonar con espirometrías en un subgrupo (485 participantes), comprobaron que el grado de actividad física referida por el total de la muestra  no se asoció ni con el desarrollo de asma ni con la función pulmonar.


Sin embargo, cuando sólo se analizó al grupo de participantes que fueron objeto de una medición objetiva del nivel de ejercicio físico (acelerometría), apreciaron que los niños que efectuaron menos actividad física, inferior a una hora diaria, tenían una función pulmonar significativamente menor, con un cociente FEV1/FVC más bajo (puntaje z β, −0.65; intervalo de confianza del 95%, −1.06 a −0.24).


“Este estudio es el primero que ha revelado una asociación entre el sedentarismo y una menor función respiratoria (inferior cociente FEV 1/FVC), años más tarde, en la infancia, comportándose como un posible factor causal de asma. Sin embargo, se requieren más estudios que reproduzcan estos resultados, dado el escaso número de niños (62) a los que se midió objetivamente tanto el nivel de actividad física (acelerometría) como la función respiratoria (espirometría)”, concluyen los autores.


Apuntes finales


A la luz de los conocimientos científicos actuales, si los pacientes afectos de asma practicaran regularmente actividad física, se beneficiarían con reducciones significativas de la sintomatología, riesgo de exacerbaciones, mortalidad total y específica, así como de un aumento de la calidad de vida. Sin embargo, su capacidad para reducir el riesgo de desarrollar asma (prevención primaria), parece asunto más controvertido, aunque ciertas líneas de investigación nos hacen ser optimistas, pues, cuando menos, el sedentarismo tiende a incrementar el riesgo de adquirir esta enfermedad respiratoria crónica.


Según mi propia experiencia como neumólogo con especial dedicación al manejo diagnóstico y terapéutico de pacientes con asma, entre  las estrategias terapéuticas más efectivas y seguras destacan la educación en estilos de vida saludables, reduciendo factores de riesgo y de exacerbaciones, así como el establecimiento de un buen tratamiento farmacológico de esta enfermedad, a fin de conseguir un buen control de la misma, normalizando la función, reduciendo la clínica, previniendo exacerbaciones y aumentando la calidad de vida. Logros que permitirían efectuar altos niveles de actividad física, que, a su vez, contribuirían a un mejor control de esta enfermedad crónica. De esta forma, la mayoría de nuestros pacientes en absoluto verían reducida su esperanza de vida en buena salud.


En fin, considero crucial que el ser humano efectúe ejercicio físico regular, desde su más tierna infancia, porque es una de las estrategias que más puede contribuir a incrementar la salud en su triple dimensión: física, mental y social. De esta suerte, también podríamos alcanzar altas cotas de felicidad.

                                                    Dr. Félix Martín Santos


FUENTES BIBLIOGRÁFICAS


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3. GBD 2015 Chronic Respiratory Disease Collaborators. Global, regional, and national deaths, prevalence, disability-adjusted life years, and years lived with disability for chronic obstructive pulmonary disease and asthma, 1990–2015: a systematic analysis for the Global Burden of Disease Study 2015. Lancet Respir Med. 2017; 5(9): 691-706


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5. Urrutia I, Aguirre U, Sunyer J, Plana E, Muniozguren M, Martínez J, et al. Cambios en la prevalencia del asma en la población española del Estudio de Salud Respiratoria de la Comunidad Europea (ECRHS-II). Arch Bronconeumol. 2007; 43: 425-30.


6. Carvajal-Urueña I, García-Marcos L, Busquets-Monge R, Morales Suárez-Varela M, García de Andoin N, Batlles-Garrido J, et al. Variaciones geográficas en la prevalencia de síntomas de asma en los niños y adolescentes españoles.International Study oz Asthma and Allergies in Chilhood (ISAAC) fase III España. Arch Bronconeumol. 2005; 41: 659-66.


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