Salud y ejercicio físico regular: Amistad inquebrantable

La práctica regular de ejercicio físico aeróbico incrementa tanto la longevidad como la calidad de vida del afortunado practicante. Son numerosos los estudios científicos que están revelando dos hechos con respecto a la relación entre deporte y salud: el primero, es mejor poco que nada; el segundo, es mejor mucho que poco.

En otro contenido de este blog ya describimos los artículos que revelaban la cantidad mínima o umbral de actividad física a partir de la cual se empezaban a observar todas las bondades de la misma sobre la salud humana. En éste nos centraremos en el segundo hecho: mejor mucho que poco.


¿Existe una relación dosis-respuesta entre el nivel de actividad física y los beneficios alcanzados?


La mayor parte de los estudios publicados demuestran un incremento de los beneficios paralelo al incremento del nivel de actividad física. Vamos a analizar los más recientes.


En noviembre de 2012 se publicó en una revista de gran prestigio (Plos Medicine) los resultados del análisis de seis estudios de cohorte, que valoraron la asociación entre el ejercicio moderado e intenso -durante el tiempo libre- con la mortalidad1. Se evaluaron un total de 854.827 personas, de 21 a 90 años de edad, durante una media de 10 años. 


Tras registrar los fallecimientos y aplicar el correspondiente aparato estadístico (regresión de Cox) llegan a comprobar que a medida que se incrementa el nivel de actividad física aumenta la supervivencia en años de los integrantes del estudio. Si especificamos un poco veremos cifras sorprendentes: los que andan hasta unos 75 minutos a la semana (gasto energético en equivalentes metabólicos o MET de 0,1 a 3,74 h/s) viven 1,8 años más que los sedentarios (0 MET h/s); aumentando hasta una expectativa de vida de 4,5 años más para los que practican los niveles más altos de ejercicio físico, equivalentes a andar rápido unos 450 minutos semanales (22,5 MET h/s).


Muestras modélicas: Estudio Nacional de Salud en corredores y Estudio de Salud en paseadores


Ahora es el momento de analizar tres excelentes trabajos coordinados por Paul T. Williams y Paul D. Thompson, pertenecientes a la División de Ciencias Biológicas del Laboratorio Nacional de Berkeley y del departamento de Cardiología del Hospital de Hartford.


Estos autores están publicando en los últimos años una serie de artículos sobre diferentes aspectos de la salud y actividad física aeróbica. Para ello, se están valiendo de los resultados obtenidos en dos extraordinarias muestras de personas: las 33.060 personas del Segundo Estudio Nacional de Salud en Corredores (The National Runner´s Health Study II) y las 15.945 del Estudio Nacional de Salud en Andadores (National Walker´s Health Study).


La metodología empleada es impecable y un tanto original, pues valoran el gasto energético según la distancia (Km) recorrida a la semana, mediante paseos a buen ritmo (ejercicio moderado) y mediante carreras (ejercicio vigoroso), en vez de las tradicionales mediciones basadas en el tiempo. Ellos demuestran que su sistema de medida es más exacto. La medición del consumo de energía durante el esfuerzo no lo valoran en kilocalorías sino en equivalentes metabólicos (METs hora/día). Un MET equivale a un consumo de 3,5 ml O2 Kg -1  . min  -1. Por ejemplo, por kilómetro corrido el gasto, grosso modo, es de 1,02 MET. Bueno, para no enredarnos en los números ni en fórmulas, que puedan aburrir y cansar al personal, vamos a comentar los citados trabajos.


Iguales beneficios corriendo que paseando


En mayo de 2013 publicaron en la revista médica “Arteriosclerosis, Thrombosis, and Vascular Biology” un artículo titulado “Pasear frente a correr y reducción del riesgo de hipercolesterolemia, hipertensión arterial y diabetes”2.


Williams y Thompson llegan a demostrar que cuando el gasto energético consumido durante el esfuerzo moderado (pasear) es equivalente al del ejercicio vigoroso (correr) se obtiene el mismo grado de reducción del riesgo de hipercolesterolemia, hipertensión arterial, diabetes mellitus y, probablemente, cardiopatía isquémica (angina, infarto de miocardio, etcétera).


Es evidente que se requiere pasear el doble de tiempo y, por tanto, durante bastantes más kilómetros (más de un 50% adicional) para consumir las mismas kilocalorías o METs que corriendo. Además, demuestran una clara relación dosis-respuesta durante los 6,2 años de seguimiento de las dos muestras del estudio (33.060 corredores y 15.945 andadores o paseadores), pues a medida que se incrementa el nivel de esfuerzo (desde 1,8 MET hasta más de 7,2) aumenta proporcionalmente la reducción del riesgo de los tres factores de riesgo de cardiopatía isquémica, con respecto a los sujetos sedentarios o de bajo consumo (inferior a 1,8 MET). Los autores concluyen que es la primera vez que alguien demuestra que el esfuerzo aeróbico paseando reporta  beneficios equivalentes, a igualdad de consumo energético, que el efectuado corriendo. Al menos, en lo referente a la reducción del riesgo de hipertensión, hipercolesterolemia y diabetes. También puntualizan que estos resultados se observan cuando los participantes efectúan un nivel de ejercicio bastante superior al mínimo recomendado por la Asociación Americana de Cardiología y el Colegio Americano de Medicina Deportiva. Recordemos que estas dos asociaciones recomendaban en el año 2007 efectuar ejercicio moderado (rápidos paseos) en sesiones de 30 minutos, en cinco días a la semana; o ejercicio vigoroso (correr) sesiones de 20 minutos, al menos tres veces por semana (1.1 a 1.8 MET h/d= 450 a 750 MET semana), para incrementar el nivel de salud de la población.


Correr no incrementa el riesgo de arritmias cardíacas


En otro excelente trabajo, publicado en junio de 2013 en la correspondiente revista científica (PLOS one),  Paul T. Williams, demuestra que, en contra de lo creído hasta ahora, correr no aumenta el riesgo de arritmias cardíacas. Estudiando durante 6,2 años a personas de los dos anteriores muestras nacionales (EE.UU.) de corredores y paseadores, llegan a mostrar que el riesgo de arritmia cardíaca, como la fibrilación auricular es equiparable, en ambos colectivos.


En sus conclusiones constatan “que no encuentran un incremento significativo del riesgo de arritmias cardíacas en corredores cuando establecen asociaciones con la distancia corrida, intensidad del ejercicio o participación en maratones”. Hasta ahora la comunidad científica internacional tenía más o menos consensuado que los paseos largos y prolongados servían para reducir la incidencia de fibrilación auricular pero el esfuerzo vigoroso corriendo aumentaba el riesgo de esta arritmia (48 a 53% de aumento). Pues bien, estos investigadores demuestran en este notable estudio prospectivo en el que todo parece impecable -desde la calidad de las muestras hasta la metodología empleada-,  que correr, en vez de aumentar el riesgo de arritmias cardíacas, lo reduce sensiblemente.


Además, observan descensos del riesgo de fibrilación auricular similares a los observados paseando, siempre que el gasto energético sea equiparable. También vuelven a comprobar el efecto dosis dependiente o dosis respuesta, esto es, mayores descensos del riesgo a medida que se incrementa el esfuerzo. Así, cuando comparan con esfuerzos menores (inferiores a 1,8 MET h/d), la reducción del citado riesgo se incrementa desde el 14,2% (HR:0,858) con el nivel más bajo de esfuerzo y consumo del estudio (1,8 a 3,6 MET h/d) hasta una reducción del 31,7% con los esfuerzos mayores (igual  o superior a 5,4 MET h/d), los equivalentes a correr un mínimo de 37 km a la semana.


Supervivientes de infarto: Efectos dosis-respuesta del deporte pero hasta un límite


En septiembre de 2014 Williams y Thompson vuelven a la carga, publicando un trabajo en la revista de la famosa clínica Mayo (Mayo Clin Proceedings),4 para volver a demostrar una relación dosis-respuesta entre incrementos progresivos del ejercicio físico y las correspondientes reducciones graduales del riesgo de muerte específica por enfermedades cardiovasculares.  


En este caso también utilizan a miembros de las cohortes de corredores y de paseadores, anteriormente citadas. Sin embargo, seleccionan y analizan una muestra muy singular: los 2.377 supervivientes de infartos agudos de miocardio. En su estudio lo que quieren comprobar es si el ejercicio creciente puede proteger más a estas personas, reduciendo su tasa de muerte por reinfartos. 


Pues bien, tras 10,4 años de seguimiento comprobaron que frente a las personas poco activas (consumo energético inferior a 1,07 MET-h/d; equivalente a menos de 8 km a la semana), las que efectuaban más actividad física aeróbica se beneficiaban de mayores y crecientes reducciones del riesgo de muerte. Concretando, la reducción del riesgo se incrementó desde el 21% para los que su nivel de ejercicio se ajustaba a las recomendaciones americanas de 2007 (150 minutos de ejercicio moderado a la semana o 75 de ejercicio vigoroso; equivalente a un consumo de 1,07 a 1,8 MET-h/d) hasta el 63% de reducción para los que su nivel de esfuerzo, andando rápido o corriendo, era de 5,4 a 7,2 MET (equivalente a correr de 37 a 50 km semanalmente) pasando por una reducción del 50% en los que consumían de 3,6 a 5,2 MET h/d (equivalente a correr de 25 a 37 km a la semana). Esta asociación inversa o negativa entre el incremento del esfuerzo físico y la reducción del riesgo de muerte, se observó igual en andadores que en corredores, siempre que el consumo fuera equivalente. Hasta aquí todo parece muy concordante con las conclusiones de otros trabajos. Sin embargo, estos investigadores comprueban que los supervivientes de infartos de esta muestra no se benefician indefinidamente del esfuerzo físico, pues correr por encima de los 50 km a la semana, (consumos superiores a 7,2 MET- h/d)  incrementa 3,2 veces el riesgo de muerte por cardiopatía isquémica.


Es bueno puntualizar que los integrantes de la muestra no son personas absolutamente sanas ni mucho menos deportistas de élite, sino los supervivientes de un infarto agudo de miocardio.


Superior longevidad en deportistas de élite


En septiembre de 2014 se publicó en la revista Mayo Clin Proceedings una revisión sistemática de artículos que valoran la longevidad en atletas de élite5.


Pues bien, los responsables del meta-análisis, miembros de la Universidad Europea de Madrid, llegan a demostrar que la mortalidad en atletas de élite es un 33% más baja que en el resto. También observan una reducción del 27% en la mortalidad por patología cardiovascular y de un 40% en la tasa de muerte por cáncer. Para efectuar este estudio se analizaron datos de 10 estudios en los que participaron 42.807 atletas de diferentes países y disciplinas, desde fútbol americano y atletismo hasta ciclistas que habían participado en el Tour de Francia, ejemplo supremo de deporte de resistencia.


El coordinador del estudio, Alejandro Lucía, catedrático de Fisiología del Ejercicio de la Universidad Europea de Madrid, afirmó en una entrevista con redactores de Diario Médico (15 de septiembre de 2014) que el beneficio del ejercicio es dosis-respuesta. "Si se empieza a pensar que hacer demasiado ejercicio es malo, se pierde el mensaje principal, que la gente desconoce y que los médicos no transmiten: caminar dos horas al día es el doble de sano que hacerlo una hora". Por ello, Lucía opina que las recomendaciones de 30 minutos de ejercicio moderado al día son bajas. De hecho, cada vez hay más pruebas que demuestran que para prevenir la aparición y recurrencia del cáncer de colon y de mama habría que realizar 450 minutos a la semana.


Nota discordante: Correr poco es igual de saludable que correr mucho


Ahora es el momento de recordar el estudio publicado en agosto de 2014 en Journal of the American College of Cardiology6, donde los autores del mismo, coordinados por Duck-Chul Lee y Steven N Blair, llegan a obtener resultados absolutamente diferentes a los de casi todos los estudios anteriores, dado que en absoluto comprueban una relación dosis-respuesta entre el nivel de actividad física y la reducción de mortalidad. 


Los integrantes de la muestra de su estudio obtienen los mismos resultados favorables (reducción de un 30% de la mortalidad global y de un 45% de la mortalidad de causa cardiovascular) tanto corriendo poco como corriendo mucho: los corredores que corrían menos de una hora a la semana presentaban los mismos beneficios que aquellos que corrían más de tres horas. ¡Provocador!  Por este motivo es necesario ver más artículos que respalden sus conclusiones (consistencia o reproducibilidad). Hasta entonces, esta última conclusión la pondría en cuarentena.


En fin, parece claro que practicar actividad física aeróbica regular es un óptimo estilo de vida, dado que contribuye a reducir decisivamente el riesgo de muerte total y el específico por todas las causas y, por consiguiente, a incrementar la esperanza de vida en buena salud. También hemos observado que, excepto en el último trabajo, en la inmensa mayoría de los estudios la relación dosis-respuesta es una realidad.


En lo que a mí respecta, reconozco que efectúo ejercicio aeróbico regular, habitualmente correr (running) y nadar, casi más por los efectos inmediatos (gran estimulación combinada con relajación notable) que por los conseguidos a medio y a largo plazo. Eso no es óbice para que también me motive el hecho de aumentar mi esperanza de vida en buena salud. ¡Cómo no! Mientras tanto, gozaré con cada uno de esos maravillosos momentos que me proporciona el deporte, que en esta etapa de mi vida es más individual que colectivo.


Dr. Félix Martín Santos


BIBLIOGRAFÍA 


1 Leisure Time Phisycal Activity of Moderate to Vigorous Intensity and Mortality: A large Pooled Cohort Analysis. Steven C Moore,  Alpa V. Patel, Charles E. Matthews,, Amy Berrington de Gonzalez,, Yikyung Park, Hormuzd A. Katki, Martha S. Linet, Elisabete Weiderpass, Kala Visvanathan, Kathy J. Helzlsouer, Michael Thun, Susan M. Gapstur, Patricia Hartge, I-Min Lee 

Plos Medicine, Published: November 06, 2012 DOI: 10.1371/journal.pmed.1001335


2 Walking Versus Running for Hypertension, Cholesterol, and Diabetes Mellitus Risk Reduction  Paul T. Williams,  Paul D. Thompson

Arteriosclerosis, Thrombosis, and Vascular Biology.  2013; 33: 1085-1091


3 Reduced Incidence of Cardiac Arrhythmias in Walkers and Runners.

Paul T. Williams, Barry A. Franklin PLOS one: June 07, 2013  DOI: 10.1371/journal.pone.006530


4 Increased Cardiovascular Disease Mortality Associated With Excessive Exercise in Heart Attack Survivors   Paul T. Williams,  Paul D. Thompson. Mayo Clinic Proceedings  Volume 89, Issue 9, Pages 1187–1194, September 2014


5 Elite Athletes Live Longer Than the General Population: A Meta-Analysis

Nuria Garatachea, PhDa, b, Alejandro Santos-Lozano, PhDb, c,Fabian Sanchis-Gomar, MD, PhDd, Carmen Fiuza-Luces, PhDb, e,  Helios Pareja-Galeano, MScd, Enzo Emanuele, MD, PhDf, Alejandro Lucia, MD, PhDb, e, ,   Mayo Clinic Proceedings . Volume 89, Issue 9, September 2014, Pages 1195–1200


6 Leisure-Time Running Reduces All-Cause and Cardiovascular Mortality Risk. Duck-Chul Lee, Russell R Pate; Carl J Lavie; Xuernei  Sui; Thimoty S. Church; Steven N Blair. J Am Coll Cardiol 2014, 64(5), 472-481; 2014



 

 

INTERMITENTE

PERSISTENTE LEVE

PERSISTENTE MODERADA

PERSISTENTE SEVERA

Síntomas diurnos

No (2 veces o menos a la semana)

Más de 2 veces a la semana

Síntomas diariamente

Síntomas continuos (varias veces diarias)

Medicación de alivio (Broncodilatador de rescate: Beta2 adrenérgico)

No (2 veces o menos a la semana)

Más de 2 veces semanales, pero no diariamente

Todos los días

Varias veces al día

Síntomas nocturnos

No más de 2 veces al mes

Más de 2 veces al mes

Más de una vez a la semana

Frecuentes

Limitación de la actividad

Ninguna

Algo

Bastante

Mucha

Función respiratoria (FEV1 o PEF) % teórico

> 80%

> 80%

> 60% - <80%

<60%

Exacerbaciones

Ninguna

Una o ninguna al año

Dos o más al año

Dos o más anuales

 

La espirometría es también fundamental para establecer el grado de severidad del asma, puesto que cuanto más bajo sea el valor del FEV1 más severa es la enfermedad y el riesgo de exacerbación aumenta concomitantemente.

 

Es preciso referir que es suficiente la presencia de cualquiera de las situaciones mostradas en la tabla para clasificar al asma en intermitente o en persistente, en sus diversos grados (ligera, moderada y severa).

 

¿Cuándo decimos que el asma está bien controlada?

 

Según la mejor guía internacional de manejo del asma, la de la GINA (Global Initiative for Asthma 2019), el grado de control del asma se evalúa tras establecer un tratamiento de fondo con corticoides inhalados (budesonida, fluticasona, beclometasona, ciclesonida, mometasona) con o sin broncodilatadores de acción prolongada (formoterol, salmeterol, vilanterol), en base a los datos obtenidos en la espirometría y en la respuesta a las mismas preguntas utilizadas para establecer la severidad de la misma.

 

Según los datos obtenidos podremos ver si el asma está bien controlada, parcialmente controlada o mal controlada, como se aprecia en la tabla anexa.

 

 

Bien controlada (deben cumplirse todos los siguientes)

Parcialmente controlada (Cualquier valor de los siguientes en cualquier semana)

Mal controlada (si ≥3 características de asma parcialmente controlada)

Síntomas diurnos

Ninguno (≤2 veces a la semana)

>2 veces a la semana

 

Medicación de alivio(Broncodilatador de rescate: Beta2 adrenérgico)

Ninguna (≤2 veces a la semana)

>2 veces a la semana

 

Síntomas nocturnos/despertares

Ninguno

Cualquiera

 

Limitación de la actividad

Ninguna

Cualquiera

 

Función respiratoria (FEV1 o PEF) % teórico

FEV 1>80% del valor teórico

PEF > 80% mejor valor personal

FEV 1<80% del valor teórico

PEF < 80% mejor valor personal

 

Exacerbaciones

Ninguna

≥1 al año

≥1 en cualquier semana

 

Es bueno mencionar aquí que la mayoría de los pacientes con asma responden bien a un tratamiento de fondo, cuyo objetivo fundamental es neutralizar la inflamación de la vía aérea, siendo los mejores antiinflamatorios los corticoides inhalados, a dosis de microgramos, pues exhiben una alta efectividad y una notable seguridad, dado que la dosis que no inhalan (como un 80% del total) y degluten es eliminada en, gran parte, en el hígado, en un primer paso metabólico. Además, tal dosis tiende a descenderse periódicamente (cada 4 meses) en caso de comprobar estabilidad clínica y funcional (en los niños, verdadera ganancia). De esta suerte, el tratamiento óptimo es el que controla al paciente con la dosis mínima de corticoides inhalados, variable en cada sujeto. Si no, sería preciso reevaluar la situación.

 

¿Cuáles son los principales factores de riesgo de sufrir exacerbaciones?

 

El principal factor de riesgo de sufrir crisis asmáticas es tener mal controlado el asma.  Luego, existen una serie de factores de riesgo modificables, incluso en pacientes con pocos síntomas de asma, que siempre deben tenerse en cuenta, entre los que se hallan los siguientes:

 

- Mal manejo de los corticoides inhalados, por no prescribirse, mala adherencia o por incorrecta técnica de inhalación.

 

- Exposiciones nefandas: al tabaco, contaminantes atmosféricos, a alérgenos a los que está sensibilizado y cuya inhalación le provoca síntomas.

 

- Comorbilidades: obesidad, rinosinusitis crónica, reflujo gastroesofágico, alergia alimentaria, ansiedad y depresión.

 

- Infecciones agudas de las vías aéreas superiores, frecuentemente de origen vírico, complicadas con sinusitis maxilar y bronquitis aguda.

 

- Función pulmonar precaria: bajo FEV1, especialmente si es inferior al 60% del valor teórico.

 

- Antecedentes de intubación o asistencia a Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) por crisis severas.

 

- Sufrir una o más exacerbaciones en los últimos 12 meses.

 

Actividad física y asma

 

Después de explicar estos conceptos básicos sobre el asma, estamos en disposición analizar los efectos beneficiosos de la práctica de actividad física aeróbica en el asma.

 

Lo que en las siguientes líneas voy a resumir son una serie de estudios epidemiológicos, la mayoría experimentales, que han revelado que un programa de entrenamiento físico aeróbico seguido por pacientes con asma moderado o severo consigue mejorar su forma física (fitness cardiorrespiratorio), su calidad de vida, reducir la sintomatología, así como el estrés y la ansiedad.

 

Efecto protector del ejercicio físico en el asma: Subir escaleras (escalinata de acceso a la portada del Sarmental de la Catedral de Burgos) es una buena forma de efectuar ejercicio físico aeróbico.

 

Efecto protector de la actividad física en el asma: algo tan sencillo o costoso como subir escaleras es un buen ejercicio aeróbico, que ayuda a controlar mejor el asma, además de contribuir a mejorar nuestra forma física y a reducir la tasa de muerte por todas las causas, entre otros muchos efectos saludables.

 

En agosto del 2010 se publicó en la revista oficial del Colegio Americano de Neumólogos (Chestun estudio experimental brasileño que reveló cómo un programa de entrenamiento aeróbico, durante 3 meses, reducía la clínica, aumentaba los días libres de ansiedad y depresión, así como la calidad de vida de los 50 pacientes que, por procedimientos de aleatorización, se beneficiaron de esta intervención (más ejercicios respiratorios y educación sobre asma), con respecto a los 51 que sólo recibieron un programa educativo más ejercicios respiratorios. (11)

 


Más tarde, en febrero del 2011, se publicó en una revista especializada (Medicine & Science in Sports & Exercise), otro estudio experimental efectuado por el mismo grupo de investigadores, Felipe Mendes y colegas, que, basándose en el efecto antiinflamatorio del ejercicio físico aeróbico en enfermedades crónicas, pretendió comprobar si también un programa controlado de entrenamiento aeróbico era capaz de exhibir un efecto antiinflamatorio en pacientes con asma moderado y severo, mediante la reducción del recuento de eosinófilos en el esputo (objetivo principal) y la disminución del óxido nítrico exhalado (FeNO), como medida indirecta de inflamación por eosinófilos (objetivo secundario). Para ello, distribuyeron por aleatorización a los 68 sujetos de la muestra en dos grupos: uno, el control, que siguió un programa educativo sobre asma y ejercicios respiratorios; el otro, se benefició, además, de un programa de entrenamiento aeróbico. Tras realizar controles semanales, durante tres meses, pudo comprobarse que los pacientes que efectuaron el citado ejercicio físico aeróbico experimentaron una reducción significativa de sus niveles de eosinófilos en esputo y del FeNO (r: 0,7 y 0, 9, respectivamente), sobre todo, en los que partieron con mayores niveles inflamatorios versus los del grupo control. (12)


Otros hallazgos de este ensayo fueron la observación de un mejor estado de forma física (mejor consumo máximo de oxígeno: V˙O2max), mayor número de días libres de síntomas y menores exacerbaciones por parte de los pacientes que cayeron en el grupo de intervención, o sea, los que siguieron el programa de entrenamiento aeróbico.


Si bien estos boyantes resultados se obtuvieron en pacientes adultos, también en niños se ha comprobado, mediante estudios experimentales, que un programa de entrenamiento aeróbico mejoraba su estado de forma física (mayor V˙O2max), aumentaba su calidad de vida y lograba reducir las dosis diarias de corticoides inhalados. (13)


Posteriormente, en agosto del 2015, Carvalho y Mendes vuelven a la carga, para publicar, en la revista de la Sociedad Británica de Neumología (Thorax), otro estudio experimental en el que establecieron como objetivo principal ver si un programa de entrenamiento aeróbico era capaz de reducir la hiperreactividad bronquial y los marcadores inflamatorios de un grupo de pacientes afectos de asma moderada y severa. (14)


Para ello, distribuyeron por aleatorización a los 58 participantes (de 20 a 59 años) en dos grupos: uno, el control, que se benefició de un programa de educación para la salud en asma más un programa de yoga con ejercicios respiratorios, dos sesiones semanales de 30 minutos; el otro, el de la intervención, cuyos integrantes efectuaron, además, un programa de entrenamiento aeróbico, consistente en dos sesiones semanales durante tres meses, de ejercicio en tapiz rodante, durante 35 minutos (5 minutos de calentamiento, 25 minutos de tapiz y 5 de distensión/relajación).


Obviamente, todos los participantes siguieron recibiendo su tratamiento médico del asma (corticoides inhalados con o sin broncodilatadores de acción prolongada).


Pues bien, a la conclusión del estudio observaron que los que practicaron el citado ejercicio aeróbico se beneficiaron de una reducción de su hiperreactividad bronquial, medida con la técnica de provocación con histamina indicada por la Sociedad Americana de Neumología ( ATS)15, así como de una disminución de ciertos biomarcadores inflamatorios (interleucina 6, IL-6, proteína quimiotáctica de monocitos, MCP-1), además de sufrir menos exacerbaciones y aumentar su calidad de vida (AQLQ), con respecto a los del grupo control.


También apreciaron una significativa reducción del recuento de eosinófilos en el esputo y del FeNO en los pacientes que tenían mayor grado de inflamación, como ya comprobaron en estudios previos. (12)


Ejercicio físico en obesos con asma


Estos resultados son concordantes con los obtenidos en otro estudio experimental, de autoría australiana, que reveló cómo un programa de entrenamiento aeróbico más dieta conseguía reducir células inflamatorias del esputo, véase eosinófilos y neutrófilos, así como la interleucina 6 de una muestra de pacientes obesos afectos de asma. (16) 


Posteriormente, en el 2018, se publicó en la revista oficial de la Sociedad Europea de Neumología (European Respiratory Journal), un estudio epidemiológico experimental que reveló cómo un programa de ejercicio más dieta para perder peso, seguido por una muestra de obesos, durante tres meses, logró mejorar la actividad física durante el tiempo libre (controlada con acelerómetro), reducir la sintomatología asmática y los síntomas depresivos, así como mejorar el rendimiento del sueño, con respecto al grupo placebo, que sólo recibió el tratamiento dietético. (17)


Todo ello indica que la práctica de ejercicio físico puede exhibir auténticos efectos antiinflamatorios en el asma, tanto de obesos como de personas con peso normal, y que, por ello, es una excelente estrategia complementaria al tratamiento médico de esta enfermedad respiratoria crónica.


Pero ¿la actividad física podría ejercer un efecto preventivo de asma?


Aunque no hay suficiente información científica para posicionarse claramente, buscaremos pistas que puedan ayudarnos en tal tesitura, analizando la información aportada por los estudios de mayor rigor.


Empezaremos con los resultados obtenidos en una revisión sistemática y metaanálisis de estudios observacionales, de autoría holandesa, publicada, en diciembre del 2012, en una revista de calidad contrastada (PLOS/one). (18)


Marianne Eijkemans y colegas, responsables del trabajo, seleccionaron 5 estudios prospectivos, que incluyeron a 85.117 participantes (niños, adolescentes y adultos), que no padecían asma al principio del estudio. Tras el correspondiente seguimiento (de 9 a 10 años), apreciaron una asociación entre un mayor nivel de actividad física (quintil, tercil más altos, o actividad vigorosa) y un menor riesgo de asma, inicialmente no significativo (=R:0.88 (IC 95%: 0.77–1.01), pero al excluir el estudio de menor calidad metodológica, la asociación se tornó significativa: un 13% de reducción del riesgo de asma (0.87 (95% CI: 0.77–0.99), con respecto a los de menor nivel de ejercicio físico (quintil y tercil más bajos, sedentarios o bajo nivel de actividad física, según el estudio). Bien cierto es que la significación fue real, aunque tenue.


Posteriormente, en abril del 2016, se publicaron (BMC Pediatricslos resultados de un metaanálisis de tres estudios observacionales longitudinales (muestra total: 550), de autoría danesa, que reveló cómo un bajo nivel de actividad física se asoció con un mayor riesgo de asma en niños y adolescentes, años más tarde: un 35% superior (OR: 1.35, IC: 1.13 a 1.62). (19)


No obstante, se apreció un relevante grado de heterogeneidad entre los estudios citados que redujo la fortaleza de la significación alcanzada.


Así, el menor grado de ejercicio físico asociado a este mayor riesgo de asma varió de un estudio a otro: mayor tiempo dedicado a ver la televisión, menor participación en actividades deportivas, menos tiempo empleado a jugar en deportes de equipo, versus menos televisión, más actividad física-deportiva y más deporte de equipo, respectivamente.


Años más tarde, en mayo del 2018, se publicó (J Epidemiol Community Health) una investigación novedosa, un análisis longitudinal bidireccional, que en absoluto reveló una asociación entre la actividad física y el asma, en un sentido o en otro. (20)


Hubo que esperar hasta enero del 2020 para ver publicado otro estudio prospectivo (Pediatric Pulmonology), también llevado a efecto por Marianne Eijkemans y colegas, en el que controlaron a 1838 niños recién nacidos (KOALA Birth Cohort Study) durante 10 años, a fin de observar una posible asociación entre el nivel de actividad física y la incidencia de asma. (21)


Tras evaluar, al inicio del estudio, el nivel de ejercicio físico a los 4 o 5 años de edad, referido en cuestionarios (información subjetiva) y en unos pocos (301) con medidas objetivas (acelerómetro) y, posteriormente (entre los 6 y 10 años), los nuevos casos de asma (objetivo o resultado principal del estudio), mediante cuestionarios específicos (ISAAC), así como la función pulmonar con espirometrías en un subgrupo (485 participantes), comprobaron que el grado de actividad física referida por el total de la muestra  no se asoció ni con el desarrollo de asma ni con la función pulmonar.


Sin embargo, cuando sólo se analizó al grupo de participantes que fueron objeto de una medición objetiva del nivel de ejercicio físico (acelerometría), apreciaron que los niños que efectuaron menos actividad física, inferior a una hora diaria, tenían una función pulmonar significativamente menor, con un cociente FEV1/FVC más bajo (puntaje z β, −0.65; intervalo de confianza del 95%, −1.06 a −0.24).


“Este estudio es el primero que ha revelado una asociación entre el sedentarismo y una menor función respiratoria (inferior cociente FEV 1/FVC), años más tarde, en la infancia, comportándose como un posible factor causal de asma. Sin embargo, se requieren más estudios que reproduzcan estos resultados, dado el escaso número de niños (62) a los que se midió objetivamente tanto el nivel de actividad física (acelerometría) como la función respiratoria (espirometría)”, concluyen los autores.


Apuntes finales


A la luz de los conocimientos científicos actuales, si los pacientes afectos de asma practicaran regularmente actividad física, se beneficiarían con reducciones significativas de la sintomatología, riesgo de exacerbaciones, mortalidad total y específica, así como de un aumento de la calidad de vida. Sin embargo, su capacidad para reducir el riesgo de desarrollar asma (prevención primaria), parece asunto más controvertido, aunque ciertas líneas de investigación nos hacen ser optimistas, pues, cuando menos, el sedentarismo tiende a incrementar el riesgo de adquirir esta enfermedad respiratoria crónica.


Según mi propia experiencia como neumólogo con especial dedicación al manejo diagnóstico y terapéutico de pacientes con asma, entre  las estrategias terapéuticas más efectivas y seguras destacan la educación en estilos de vida saludables, reduciendo factores de riesgo y de exacerbaciones, así como el establecimiento de un buen tratamiento farmacológico de esta enfermedad, a fin de conseguir un buen control de la misma, normalizando la función, reduciendo la clínica, previniendo exacerbaciones y aumentando la calidad de vida. Logros que permitirían efectuar altos niveles de actividad física, que, a su vez, contribuirían a un mejor control de esta enfermedad crónica. De esta forma, la mayoría de nuestros pacientes en absoluto verían reducida su esperanza de vida en buena salud.


En fin, considero crucial que el ser humano efectúe ejercicio físico regular, desde su más tierna infancia, porque es una de las estrategias que más puede contribuir a incrementar la salud en su triple dimensión: física, mental y social. De esta suerte, también podríamos alcanzar altas cotas de felicidad.

                                                    Dr. Félix Martín Santos


FUENTES BIBLIOGRÁFICAS


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