Valle Medio del Arlanza: Ascensión al Gayubar

El río Arlanza labra un auténtico cañón entre las localidades burgalesas de Hortigüela y Covarrubias, dotado de gran singularidad, por albergar una rica avifauna, en la que destaca una gran colonia de buitre leonado, así como por poseer probablemente los más extensos bosques del planeta de una reliquia del terciario: la sabina albar. 

Además, lamiendo sus meandros se encuentran las ruinas de dos monasterios benedictinos, que durante siglos constituyeron un gran emporio cultural: San Pedro de Arlanza y la ermita de San Pelayo.


APROXIMACIÓN A LA RUTA SENDERISTA


Si iniciamos la ruta desde la capital cidiana, saldremos por la autovía del Norte ó A-1, para acceder en Sarracín, tras diez kilómetros de recorrido, a la Nacional 234 (Burgos-Sagunto), por la que recorreremos los 33 km que distan hasta Hortigüela, donde enseguida nos encontraremos con la carretera local BU-905, que nos permitirá entrar en el valle medio del río Arlanza.


Nada más acceder veremos a nuestra izquierda la mole del Guijarrón, más próximo a Cascajares que a Hortigüela, formando parte del sinclinal colgado de la Sierra del Gayubar, según figura en los precisos mapas topográficos del Instituto Geográfico Nacional. Si proseguimos en dirección a Covarrubias, observaremos, a nuestra izquierda, la crestería rocosa de Peñaísa, que nos acompañará durante un largo tramo (3 km) de esta carretera.


Reconozco que este trecho lo he efectuado numerosas veces andando o corriendo, a fin de contemplar en su esplendor el cortado rocoso, ocre rojizo, de esta emblemática sierra y, sobre todo, el vuelo majestuoso de numerosos ejemplares de buitres leonados (Gyps fulvus) y de, al menos, una pareja de alimoches (Neophron percnopterus), así como el vuelo nervioso de múltiples chovas piquirrojas (Pyrrhocorax pyrrhocorax) y, en ocasiones, el vuelo en picado del halcón peregrino (Falco peregrinus), todos ellos nidificando en pequeñas oquedades del mismo.  


Buitres planeando sobre el cortado rocoso de Peñaísa


Tras recorrer 5 kilómetros aparecen las ruinas del monasterio de San Pedro de Arlanza y, más arriba, en un promontorio rocoso, las de la ermita de San Pelayo o de San Pedro el Viejo.


Desde estos hitos monásticos hasta el punto de inicio de la ruta senderista hay poco más de un kilómetro, que podemos recorrer de dos posibles formas: una, caminando por el asfalto, tras estacionar el coche en un descampado, a la derecha de la carretera; la otra, con el propio vehículo, que estacionaríamos a unos 50 metros de la entrada senderista, a la derecha de la carretera, en una pequeña área, donde se ensancha el arcén. Mi altímetro me marca en este punto una altitud de 922 metros y las siguientes coordenadas:

                        Latitud norte (N): 42 o 2´ 32´´

                        Longitud oeste (O): 3o 28´ 23´´


Tras este intento de precisar la ubicación del terreno, diré que, tanto si accedemos en el coche de san Fernando como en el mecánico, nada más pasar un puente sobre el río Arlanza, el Puente de la Viña, veremos un sendero, a la izquierda, junto a una gran sabina, de corto tronco, del que surgen tres enhiestas ramas. Por ahí entraremos, para caminar paralelo a la orilla izquierda del río del romancero castellano, que a ese nivel constituye un prolongado meandro.


A los pocos metros de entrar, veremos a la izquierda un cartel de la Junta de Castilla y León, advirtiéndonos que respetemos las aves y prohibiéndonos estacionar vehículos y acampar.


Proseguimos por un estrecho sendero, rodeados de sabinas y encinas, y con un estrato arbustivo constituido por aulaga (Genista scorpius), espliego (Lavandulla latifolia) y salvia (Salvia lavandulifolia), junto a algunos ejemplares de eléboro (Helleborus foetidus). En pocos metros veremos, a la derecha, los cortados rocosos donde se enseñorean los buitres leonados, para, a continuación, pasar entre una roca de conglomerado y una encina, a nuestra izquierda, y otra roca del mismo material, pero de mayores dimensiones, a nuestra derecha. A partir de estos indicadores pétreos, descenderemos por el sendero para apreciar en su tramo final, a la izquierda, una planta arbustiva de carácter trepador de adusto nombre: hierba de los pordioseros (Clematis vitalba), la cual se distingue por sus flores blancas que, a finales del verano y principios del otoño, darán unos frutos con un largo apéndice plumoso para favorecer su dispersión por el viento. Parece que en la Edad Media los mendigos se frotaban con sus irritantes hojas, con el propósito de producirse llagas en la piel e inspirar compasión.


Este corto trayecto descendente nos aproxima al Arlanza y, tras progresar unas decenas de metros, nos topamos con una roca de medianas dimensiones, pegada a la izquierda del camino. Avanzamos unos metros más y observaremos con sorpresa y cierto temor una roca de colosales proporciones, ocupando la parte central del lecho del río. Ambas se desprendieron, hace unos años, de los cortados rocosos.

                                 

ECOTONO: GRAN RIQUEZA BIOLÓGICA


En torno a los doscientos metros de ruta empezaremos a ver un notable ecotono, esto es, una zona de transición entre dos ecosistemas diferentes, cuyas especies se solapan y rivalizan por el espacio y el terreno, como aquí sucede con el bosque de ribera o soto, a un lado; y los sabinares y encinares que se extienden hasta la ladera de la montaña, al otro.


Así, en ciertos tramos las ramas de las sabinas (Juniperus thurifera), árboles que aguantan como pocos los suelos pobres y extremadamente xerófilos, se llegan a rozar con las péndulas ramas de los alisos (Alnus glutinosa), los cuales requieren tener sus raíces sumergidas en el agua, donde ciertas bacterias (Actinomyces alny) aportan nitrógeno a las mismas. Además, a nuestra derecha, veremos un sector con numerosos fresnos de hoja estrecha (Fraxinus angustifolia), otro árbol propio del bosque de ribera, compitiendo con las sabinas.


De todas formas, lo que más me complace es observar la gran diversidad de plantas que adornan este privilegiado espacio, muchas de las cuales son medicinales: cola de caballo (Equisetum arvense), la rara agrimonia (Agrimonia eupatoria), mentastro (Mentha suaveolens), aliaria o hierba de ajo (Alliaria petiolata), hipérico (Hypericum perforatum), branca ursina falsa (Heracleum sphondylium), aro (Arum italicum)


También me resulta placentera la contemplación de bastantes ejemplares de lúpulo silvestre (Humulus lupus), trepando por las ramas de alisos y sabinas, compitiendo, a veces, con la hiedra (Hedera hélix). No puedo finalizar esta descripción botánica sin dejar de mencionar una exquisitez de este ecotono: el espárrago silvestre (Asparagus acutifolius).


En este momento brota en mi mente el recuerdo de mi queridísimo amigo José Ángel, un gran conocedor y estudioso del mundo botánico, del cual he aprendido la poca botánica que conozco. Pues bien, a este noble caballero hay algo que realmente le importuna: la insensatez de todas aquellas personas que alteran sin pudor delicados ecosistemas vegetales y micológicos por el simple placer de coger un puñado de setas o un manojo de espárragos.


Otra maravilla de este ecotono es la diversidad de aves, que nos deleitan con sus trinos y melodías, sobre todo en la época de celo, en primavera, como el jilguero (Carduelis carduelis), el ruiseñor (Luscinia meegarhynchos), la curruca capirotada (Sylvia atricapilla), la huidiza curruca mosquitera (Sylvia borin), el petirrojo (Erithacus rubecula), mosquitero papialbo (Phylloscopus Bonelli), carboneros (Parus major), herrerillos (Cyanestes caeruleus),mirlos (Turdus merula), ruiseñor bastardo (Cettia cetti), etcétera.


El carácter insectívoro de muchas de estas pequeñas aves, las convierten en un gran aliado de las plantas y árboles próximos, pues llegan a ingerir enormes cantidades de parásitos.


No hay duda de que se trata de una zona de gran riqueza biológica, que nos acompaña y alegra durante cuatrocientos metros de trayecto.


ATALAYA SOBRE EL ARLANZA


Al poco de abandonar este privilegiado sector, el camino se aleja un poco del río y asciende para mostrarnos enseguida, a la derecha, una pequeña ladera cubierta de numeroso tomillo salsero (Thymus zygis), bastantes ejemplares de salvia (Salvia lavandulifolia) y una pequeña mata de gayuba (Arctostaphylos uva-ursi). 


Andamos unos metros más y encontramos a nuestra diestra, en un claro entre encinas y sabinas, un campo de gamones (Asphodelus albus) y, en mayo, algún ejemplar de orquídeas (más del genero Orchis que del Ophrys). Si proseguimos ciento cincuenta metros más, entre encinas y pequeñas matas de gayuba y aulagas, llegaremos a uno de los miradores más bellos del recorrido. Llevamos andado algo menos de un kilómetro (850 metros, según me indica una aplicación de mi móvil).


Atalaya sobre el Arlanza


Desde esta atalaya rocosa (921 metros de altitud) contemplaremos al frente, al noroeste, las ruinas de la ermita de San Pelayo o de San Pedro el Viejo (fachada meridional), encaramadas en la cumbre de un promontorio rocoso, que deja ver la gruta de los ermitaños de la leyenda: Pelayo, Silvano y Arsenio; pero que antes estuvo poblada por nuestros antepasados del paleolítico, como así lo atestiguan los vestigios encontrados (raederas, bifaces y cuchillos de sílex).


Éste es un lugar ideal para ver la erosión ejercida por el río en la orilla cóncava, esto es, en la derecha de su curso; mientras, que en la convexa, o sea en la izquierda, en la que estamos nosotros, deposita materiales, formando bancos de arenas, gravas y cantos rodados. De esta suerte, podremos explicarnos la formación de un sólido escarpe en el que se encuentra la ermita de San Pelayo (por la erosión) y de una especie de playa (por la colmatación de materiales).


San Pelayo desde la orilla convexa


Si seguimos girando nuestro cuerpo, observaremos a nuestra derecha, al este, la ladera montañosa cubierta de sabinas; a nuestra izquierda, al oeste, el río constituyendo un meandro y mostrándonos su bosque de ribera, formado por numerosos alisos, bastantes fresnos y sauces y algunos chopos.


A nuestra espalda, al suroeste, veremos en lontananza el escarpe abrupto y prolongado de conglomerados, en el que veremos salir y aterrizar a bastantes ejemplares de buitres leonados. Aquí no es nada inusual oír la ladra del corzo (Capreolus capreolus) en los momentos previos al crepúsculo, especialmente en la época de celo, o sea, en julio y agosto.


¡Dios! Este es uno de los parajes donde más disfruto, pues todos mi sentidos, incluido el común, me abastecen de agradables y fructíferas sensaciones. Creo que mi nivel de salud y mi calidad de vida se acrecientan notablemente. En ocasiones, tras contemplar la panorámica, cierro los ojos, pongo los brazos en cruz y me dejo llevar por el murmullo del agua, el soplo del viento y por el goce del instante. Por ello, intento contagiar estas sensaciones a mis amigos y seres más queridos, a los que invito a venir aquí. ¡Cómo no!


DESCENSO A LA ORILLA DEL ARLANZA Y POSTERIOR ASCENSO A OTRO MIRADOR


Bueno, ya es hora de descender a la playa. Lo que conseguiremos si vamos frenando nuestra marcha, durante ciento veinte metros de vereda, a fin de no caernos.


Ya abajo, llanearemos por un suelo de cantos rodados, bordeando un bosque mixto de sabinas y encinas, a nuestra derecha. Durante el tramo relativamente corto (trescientos veinte metros) de depósito de materiales, me llama la atención la fertilidad del suelo, a pesar de su carácter pedregoso, pues veo, entre otras muchas plantas, numerosas matas de espliego (Lavandula latifolia), mejorana o tomillo blanco (Thymus mastichina), cardo corredor (Eryngium campestre) y el gran dominador de este sector: el abrótano, más macho (Artemisia abrotanum) que hembra o santolina (Santolina chamaecyparissus y Santolina romarinfolia), cuyo aroma recuerda mucho al de la manzanilla.


También es gratificante la contemplación de las ruinas de San Pedro el Viejo, sobre su imponente promontorio pétreo, que acabaremos por rebasar, a nuestra izquierda, para enseguida superar una cuestecita de una veintena de metros, que nos permitirá adentrarnos en una zona de rico pastizal, desde donde rápidamente se divisa un centenario nogal, con un grueso tronco inclinado, cubierto de musgo (orientado al norte), rodeado de jóvenes sabinas, del que surgen cuatro poderosas ramas. Si avanzamos unos pocos metros más, observaremos, a nuestra izquierda, las ruinas del monasterio de San Pedro de Arlanza, con su señorial e inhiesto pinsapo y, más próximo a nosotros,  la antigua pesquera, donde los monjes benedictinos hacían acopio de truchas y barbos del Arlanza.


Tras ver estas ruinas con profunda nostalgia y evocación del arte y de la cultura perdidos, nos adentraremos en un encinar frondoso y un tanto cerrado, pero con una estrecha vereda bien marcada, que asciende durante algo menos de doscientos metros, para, luego, continuar por un tramo corto, rodeados de sabinas, que nos permitirá llegar a una segunda atalaya (931 metros de altitud) sobre el río.


Mirador del cañón del Arlanza y Sierra del Gayubar al fondo


Estamos en una pared vertical desde donde divisamos abajo, mirando al norte, a bastantes decenas de metros de nosotros, un remanso del cauce fluvial, donde se aprecian altos chopos, en uno de los cuales crió el águila calzada durante varios años. Llevamos caminando un poco más de un kilómetro y medio (1650 metros) y éste puede ser un buen momento para gozar, de nuevo, con una excelente panorámica.


En invierno es factible disfrutar con el elegante vuelo de la garza real (Ardea cinerea), con su cuello flexionado, así como con el impetuoso vuelo del cormorán grande (Phalacrocorax carbo). Durante la primavera es posible escuchar el silbido aflautado (“tiri-oliuuu”) del macho de oropéndola (Oriolus oriolus), con sus negras alas y su cuerpo de intenso gualdo, ofreciendo un hermoso contraste cromático.


Si alzamos la vista al este veremos, en lontananza, el prolongado cortado rocoso de Peñaísa, por el que pretendemos ascender. Desde aquí podremos obtener unas fotos del cañón del Arlanza, entre la sierra de las Mamblas y la Sierra del Gayubar, de gran profundidad y de notable belleza.


PASANDO POR UNA ROCA BUITRERA: ALFONSO Y MANOLO


Tras la sesión fotográfica, volveremos al sendero para descender, en un tramo corto y abrupto, hasta la orilla fluvial. Casi inmediatamente nos topamos, a nuestra diestra, con una roca de grandes dimensiones que prácticamente rozamos al pasar.


En este momento no puedo por menos que acordarme de mi entrañable amigo Alfonso, con el que, durante los últimos veinte años, he efectuado muchas veces esta ruta. Así, cuando camina unos pasos por detrás acompañado de más gente suelo escucharle decir: “Ya veréis, seguro que ahora Félix nos invita a saludar a Manolo”. ¿Quién es ese”, preguntan los compañeros de turno. “¡Ah, es una sorpresa!”, exclama con sorna mi sagaz amigo. Sin tardanza, un servidor hace la esperada invitación y, luego, tras pasar por debajo de la gran roca les solicito que alcen la vista para presentarles a Manolo: un buitre leonado que nos mira desde su plataforma rocosa. Como la distancia es relativamente corta podemos apreciar muy bien al anfitrión, que nos suele brindar su atención, saludándonos con una flexión del cuello, un cierto batir de alas e incluso algún graznido.


Es tan frecuente la utilización de la citada plataforma rocosa por parejas de buitres para incubar (unos 58 días) y criar a su único polluelo, que rara es la vez que no lo veamos con o sin sus progenitores. Aunque suele emprender su primer vuelo hacia el mes de julio, es común que se mantenga una temporada cerca del nido hasta que considera que ha llegado el momento de emanciparse. En consecuencia, es fácil quedar relativamente bien con la concurrencia, tanto como para ver un brillo de inteligencia y satisfacción en la mirada de mi querido Alfonso. Supongo que a mí me sucederá algo parecido, al menos en lo que respecta a la segunda cualidad: el regocijo o complacencia.


Aprovecho este momento para rogar a quienquiera que se aventure por esta ruta, que muestre un profundo respeto por los seres vivos con los que se tropiece, pues contribuyen a enriquecer tanto la salud de este ecosistema como la de los afortunados que lo visitamos.


En fin, aún tenemos que pasar entre centenarias sabinas para llegar al arroyo de la Estacada, seguir un poco su curso, para luego ascender la dura pendiente de la ladera de este sector de la Sierra del Gayubar. Ya en la cumbre, acercándonos al precipicio, disfrutaremos con una excepcional panorámica del valle medio del Arlanza, con sus hitos monásticos, al oeste; la sierra de la Demanda, con la mole del Mencilla, al este; enfrente, al norte, la sierra de las Mamblas. En la llana cumbre del Gayubar contemplaremos uno de los más extensos, longevos y mejor conservados sabinares del mundo, mientras los buitres leonados vigilan nuestros pasos. Pero todo eso y mucho más será motivo de una segunda parte, que aparecerá el primer jueves del mes siguiente.


Dr. Félix Martín Santos