Valle Medio del Arlanza: Ascensión al Gayubar

El río Arlanza labra un auténtico cañón entre las localidades burgalesas de Hortigüela y Covarrubias, dotado de gran singularidad, por albergar una rica avifauna, en la que destaca una gran colonia de buitre leonado, así como por poseer probablemente los más extensos bosques del planeta de una reliquia del terciario: la sabina albar. 

Además, lamiendo sus meandros se encuentran las ruinas de dos monasterios benedictinos, que durante siglos constituyeron un gran emporio cultural: San Pedro de Arlanza y la ermita de San Pelayo.


APROXIMACIÓN A LA RUTA SENDERISTA


Si iniciamos la ruta desde la capital cidiana, saldremos por la autovía del Norte ó A-1, para acceder en Sarracín, tras diez kilómetros de recorrido, a la Nacional 234 (Burgos-Sagunto), por la que recorreremos los 33 km que distan hasta Hortigüela, donde enseguida nos encontraremos con la carretera local BU-905, que nos permitirá entrar en el valle medio del río Arlanza.


Nada más acceder veremos a nuestra izquierda la mole del Guijarrón, más próximo a Cascajares que a Hortigüela, formando parte del sinclinal colgado de la Sierra del Gayubar, según figura en los precisos mapas topográficos del Instituto Geográfico Nacional. Si proseguimos en dirección a Covarrubias, observaremos, a nuestra izquierda, la crestería rocosa de Peñaísa, que nos acompañará durante un largo tramo (3 km) de esta carretera.


Reconozco que este trecho lo he efectuado numerosas veces andando o corriendo, a fin de contemplar en su esplendor el cortado rocoso, ocre rojizo, de esta emblemática sierra y, sobre todo, el vuelo majestuoso de numerosos ejemplares de buitres leonados (Gyps fulvus) y de, al menos, una pareja de alimoches (Neophron percnopterus), así como el vuelo nervioso de múltiples chovas piquirrojas (Pyrrhocorax pyrrhocorax) y, en ocasiones, el vuelo en picado del halcón peregrino (Falco peregrinus), todos ellos nidificando en pequeñas oquedades del mismo.  


Buitres planeando sobre el cortado rocoso de Peñaísa


Tras recorrer 5 kilómetros aparecen las ruinas del monasterio de San Pedro de Arlanza y, más arriba, en un promontorio rocoso, las de la ermita de San Pelayo o de San Pedro el Viejo.


Desde estos hitos monásticos hasta el punto de inicio de la ruta senderista hay poco más de un kilómetro, que podemos recorrer de dos posibles formas: una, caminando por el asfalto, tras estacionar el coche en un descampado, a la derecha de la carretera; la otra, con el propio vehículo, que estacionaríamos a unos 50 metros de la entrada senderista, a la derecha de la carretera, en una pequeña área, donde se ensancha el arcén. Mi altímetro me marca en este punto una altitud de 922 metros y las siguientes coordenadas:

                        Latitud norte (N): 42 o 2´ 32´´

                        Longitud oeste (O): 3o 28´ 23´´


Tras este intento de precisar la ubicación del terreno, diré que, tanto si accedemos en el coche de san Fernando como en el mecánico, nada más pasar un puente sobre el río Arlanza, el Puente de la Viña, veremos un sendero, a la izquierda, junto a una gran sabina, de corto tronco, del que surgen tres enhiestas ramas. Por ahí entraremos, para caminar paralelo a la orilla izquierda del río del romancero castellano, que a ese nivel constituye un prolongado meandro.


A los pocos metros de entrar, veremos a la izquierda un cartel de la Junta de Castilla y León, advirtiéndonos que respetemos las aves y prohibiéndonos estacionar vehículos y acampar.


Proseguimos por un estrecho sendero, rodeados de sabinas y encinas, y con un estrato arbustivo constituido por aulaga (Genista scorpius), espliego (Lavandulla latifolia) y salvia (Salvia lavandulifolia), junto a algunos ejemplares de eléboro (Helleborus foetidus). En pocos metros veremos, a la derecha, los cortados rocosos donde se enseñorean los buitres leonados, para, a continuación, pasar entre una roca de conglomerado y una encina, a nuestra izquierda, y otra roca del mismo material, pero de mayores dimensiones, a nuestra derecha. A partir de estos indicadores pétreos, descenderemos por el sendero para apreciar en su tramo final, a la izquierda, una planta arbustiva de carácter trepador de adusto nombre: hierba de los pordioseros (Clematis vitalba), la cual se distingue por sus flores blancas que, a finales del verano y principios del otoño, darán unos frutos con un largo apéndice plumoso para favorecer su dispersión por el viento. Parece que en la Edad Media los mendigos se frotaban con sus irritantes hojas, con el propósito de producirse llagas en la piel e inspirar compasión.


Este corto trayecto descendente nos aproxima al Arlanza y, tras progresar unas decenas de metros, nos topamos con una roca de medianas dimensiones, pegada a la izquierda del camino. Avanzamos unos metros más y observaremos con sorpresa y cierto temor una roca de colosales proporciones, ocupando la parte central del lecho del río. Ambas se desprendieron, hace unos años, de los cortados rocosos.

                                 

ECOTONO: GRAN RIQUEZA BIOLÓGICA


En torno a los doscientos metros de ruta empezaremos a ver un notable ecotono, esto es, una zona de transición entre dos ecosistemas diferentes, cuyas especies se solapan y rivalizan por el espacio y el terreno, como aquí sucede con el bosque de ribera o soto, a un lado; y los sabinares y encinares que se extienden hasta la ladera de la montaña, al otro.


Así, en ciertos tramos las ramas de las sabinas (Juniperus thurifera), árboles que aguantan como pocos los suelos pobres y extremadamente xerófilos, se llegan a rozar con las péndulas ramas de los alisos (Alnus glutinosa), los cuales requieren tener sus raíces sumergidas en el agua, donde ciertas bacterias (Actinomyces alny) aportan nitrógeno a las mismas. Además, a nuestra derecha, veremos un sector con numerosos fresnos de hoja estrecha (Fraxinus angustifolia), otro árbol propio del bosque de ribera, compitiendo con las sabinas.


De todas formas, lo que más me complace es observar la gran diversidad de plantas que adornan este privilegiado espacio, muchas de las cuales son medicinales: cola de caballo (Equisetum arvense), la rara agrimonia (Agrimonia eupatoria), mentastro (Mentha suaveolens), aliaria o hierba de ajo (Alliaria petiolata), hipérico (Hypericum perforatum), branca ursina falsa (Heracleum sphondylium), aro (Arum italicum)


También me resulta placentera la contemplación de bastantes ejemplares de lúpulo silvestre (Humulus lupus), trepando por las ramas de alisos y sabinas, compitiendo, a veces, con la hiedra (Hedera hélix). No puedo finalizar esta descripción botánica sin dejar de mencionar una exquisitez de este ecotono: el espárrago silvestre (Asparagus acutifolius).


En este momento brota en mi mente el recuerdo de mi queridísimo amigo José Ángel, un gran conocedor y estudioso del mundo botánico, del cual he aprendido la poca botánica que conozco. Pues bien, a este noble caballero hay algo que realmente le importuna: la insensatez de todas aquellas personas que alteran sin pudor delicados ecosistemas vegetales y micológicos por el simple placer de coger un puñado de setas o un manojo de espárragos.


Otra maravilla de este ecotono es la diversidad de aves, que nos deleitan con sus trinos y melodías, sobre todo en la época de celo, en primavera, como el jilguero (Carduelis carduelis), el ruiseñor (Luscinia meegarhynchos), la curruca capirotada (Sylvia atricapilla), la huidiza curruca mosquitera (Sylvia borin), el petirrojo (Erithacus rubecula), mosquitero papialbo (Phylloscopus Bonelli), carboneros (Parus major), herrerillos (Cyanestes caeruleus),mirlos (Turdus merula), ruiseñor bastardo (Cettia cetti), etcétera.


El carácter insectívoro de muchas de estas pequeñas aves, las convierten en un gran aliado de las plantas y árboles próximos, pues llegan a ingerir enormes cantidades de parásitos.


No hay duda de que se trata de una zona de gran riqueza biológica, que nos acompaña y alegra durante cuatrocientos metros de trayecto.


ATALAYA SOBRE EL ARLANZA


Al poco de abandonar este privilegiado sector, el camino se aleja un poco del río y asciende para mostrarnos enseguida, a la derecha, una pequeña ladera cubierta de numeroso tomillo salsero (Thymus zygis), bastantes ejemplares de salvia (Salvia lavandulifolia) y una pequeña mata de gayuba (Arctostaphylos uva-ursi). 


Andamos unos metros más y encontramos a nuestra diestra, en un claro entre encinas y sabinas, un campo de gamones (Asphodelus albus) y, en mayo, algún ejemplar de orquídeas (más del genero Orchis que del Ophrys). Si proseguimos ciento cincuenta metros más, entre encinas y pequeñas matas de gayuba y aulagas, llegaremos a uno de los miradores más bellos del recorrido. Llevamos andado algo menos de un kilómetro (850 metros, según me indica una aplicación de mi móvil).


Atalaya sobre el Arlanza


Desde esta atalaya rocosa (921 metros de altitud) contemplaremos al frente, al noroeste, las ruinas de la ermita de San Pelayo o de San Pedro el Viejo (fachada meridional), encaramadas en la cumbre de un promontorio rocoso, que deja ver la gruta de los ermitaños de la leyenda: Pelayo, Silvano y Arsenio; pero que antes estuvo poblada por nuestros antepasados del paleolítico, como así lo atestiguan los vestigios encontrados (raederas, bifaces y cuchillos de sílex).


Éste es un lugar ideal para ver la erosión ejercida por el río en la orilla cóncava, esto es, en la derecha de su curso; mientras, que en la convexa, o sea en la izquierda, en la que estamos nosotros, deposita materiales, formando bancos de arenas, gravas y cantos rodados. De esta suerte, podremos explicarnos la formación de un sólido escarpe en el que se encuentra la ermita de San Pelayo (por la erosión) y de una especie de playa (por la colmatación de materiales).


San Pelayo desde la orilla convexa


Si seguimos girando nuestro cuerpo, observaremos a nuestra derecha, al este, la ladera montañosa cubierta de sabinas; a nuestra izquierda, al oeste, el río constituyendo un meandro y mostrándonos su bosque de ribera, formado por numerosos alisos, bastantes fresnos y sauces y algunos chopos.


A nuestra espalda, al suroeste, veremos en lontananza el escarpe abrupto y prolongado de conglomerados, en el que veremos salir y aterrizar a bastantes ejemplares de buitres leonados. Aquí no es nada inusual oír la ladra del corzo (Capreolus capreolus) en los momentos previos al crepúsculo, especialmente en la época de celo, o sea, en julio y agosto.


¡Dios! Este es uno de los parajes donde más disfruto, pues todos mi sentidos, incluido el común, me abastecen de agradables y fructíferas sensaciones. Creo que mi nivel de salud y mi calidad de vida se acrecientan notablemente. En ocasiones, tras contemplar la panorámica, cierro los ojos, pongo los brazos en cruz y me dejo llevar por el murmullo del agua, el soplo del viento y por el goce del instante. Por ello, intento contagiar estas sensaciones a mis amigos y seres más queridos, a los que invito a venir aquí. ¡Cómo no!


DESCENSO A LA ORILLA DEL ARLANZA Y POSTERIOR ASCENSO A OTRO MIRADOR


Bueno, ya es hora de descender a la playa. Lo que conseguiremos si vamos frenando nuestra marcha, durante ciento veinte metros de vereda, a fin de no caernos.


Ya abajo, llanearemos por un suelo de cantos rodados, bordeando un bosque mixto de sabinas y encinas, a nuestra derecha. Durante el tramo relativamente corto (trescientos veinte metros) de depósito de materiales, me llama la atención la fertilidad del suelo, a pesar de su carácter pedregoso, pues veo, entre otras muchas plantas, numerosas matas de espliego (Lavandula latifolia), mejorana o tomillo blanco (Thymus mastichina), cardo corredor (Eryngium campestre) y el gran dominador de este sector: el abrótano, más macho (Artemisia abrotanum) que hembra o santolina (Santolina chamaecyparissus y Santolina romarinfolia), cuyo aroma recuerda mucho al de la manzanilla.


También es gratificante la contemplación de las ruinas de San Pedro el Viejo, sobre su imponente promontorio pétreo, que acabaremos por rebasar, a nuestra izquierda, para enseguida superar una cuestecita de una veintena de metros, que nos permitirá adentrarnos en una zona de rico pastizal, desde donde rápidamente se divisa un centenario nogal, con un grueso tronco inclinado, cubierto de musgo (orientado al norte), rodeado de jóvenes sabinas, del que surgen cuatro poderosas ramas. Si avanzamos unos pocos metros más, observaremos, a nuestra izquierda, las ruinas del monasterio de San Pedro de Arlanza, con su señorial e inhiesto pinsapo y, más próximo a nosotros,  la antigua pesquera, donde los monjes benedictinos hacían acopio de truchas y barbos del Arlanza.


Tras ver estas ruinas con profunda nostalgia y evocación del arte y de la cultura perdidos, nos adentraremos en un encinar frondoso y un tanto cerrado, pero con una estrecha vereda bien marcada, que asciende durante algo menos de doscientos metros, para, luego, continuar por un tramo corto, rodeados de sabinas, que nos permitirá llegar a una segunda atalaya (931 metros de altitud) sobre el río.


Mirador del cañón del Arlanza y Sierra del Gayubar al fondo


Estamos en una pared vertical desde donde divisamos abajo, mirando al norte, a bastantes decenas de metros de nosotros, un remanso del cauce fluvial, donde se aprecian altos chopos, en uno de los cuales crió el águila calzada durante varios años. Llevamos caminando un poco más de un kilómetro y medio (1650 metros) y éste puede ser un buen momento para gozar, de nuevo, con una excelente panorámica.


En invierno es factible disfrutar con el elegante vuelo de la garza real (Ardea cinerea), con su cuello flexionado, así como con el impetuoso vuelo del cormorán grande (Phalacrocorax carbo). Durante la primavera es posible escuchar el silbido aflautado (“tiri-oliuuu”) del macho de oropéndola (Oriolus oriolus), con sus negras alas y su cuerpo de intenso gualdo, ofreciendo un hermoso contraste cromático.


Si alzamos la vista al este veremos, en lontananza, el prolongado cortado rocoso de Peñaísa, por el que pretendemos ascender. Desde aquí podremos obtener unas fotos del cañón del Arlanza, entre la sierra de las Mamblas y la Sierra del Gayubar, de gran profundidad y de notable belleza.


PASANDO POR UNA ROCA BUITRERA: ALFONSO Y MANOLO


Tras la sesión fotográfica, volveremos al sendero para descender, en un tramo corto y abrupto, hasta la orilla fluvial. Casi inmediatamente nos topamos, a nuestra diestra, con una roca de grandes dimensiones que prácticamente rozamos al pasar.


En este momento no puedo por menos que acordarme de mi entrañable amigo Alfonso, con el que, durante los últimos veinte años, he efectuado muchas veces esta ruta. Así, cuando camina unos pasos por detrás acompañado de más gente suelo escucharle decir: “Ya veréis, seguro que ahora Félix nos invita a saludar a Manolo”. ¿Quién es ese”, preguntan los compañeros de turno. “¡Ah, es una sorpresa!”, exclama con sorna mi sagaz amigo. Sin tardanza, un servidor hace la esperada invitación y, luego, tras pasar por debajo de la gran roca les solicito que alcen la vista para presentarles a Manolo: un buitre leonado que nos mira desde su plataforma rocosa. Como la distancia es relativamente corta podemos apreciar muy bien al anfitrión, que nos suele brindar su atención, saludándonos con una flexión del cuello, un cierto batir de alas e incluso algún graznido.


Es tan frecuente la utilización de la citada plataforma rocosa por parejas de buitres para incubar (unos 58 días) y criar a su único polluelo, que rara es la vez que no lo veamos con o sin sus progenitores. Aunque suele emprender su primer vuelo hacia el mes de julio, es común que se mantenga una temporada cerca del nido hasta que considera que ha llegado el momento de emanciparse. En consecuencia, es fácil quedar relativamente bien con la concurrencia, tanto como para ver un brillo de inteligencia y satisfacción en la mirada de mi querido Alfonso. Supongo que a mí me sucederá algo parecido, al menos en lo que respecta a la segunda cualidad: el regocijo o complacencia.


Aprovecho este momento para rogar a quienquiera que se aventure por esta ruta, que muestre un profundo respeto por los seres vivos con los que se tropiece, pues contribuyen a enriquecer tanto la salud de este ecosistema como la de los afortunados que lo visitamos.


En fin, aún tenemos que pasar entre centenarias sabinas para llegar al arroyo de la Estacada, seguir un poco su curso, para luego ascender la dura pendiente de la ladera de este sector de la Sierra del Gayubar. Ya en la cumbre, acercándonos al precipicio, disfrutaremos con una excepcional panorámica del valle medio del Arlanza, con sus hitos monásticos, al oeste; la sierra de la Demanda, con la mole del Mencilla, al este; enfrente, al norte, la sierra de las Mamblas. En la llana cumbre del Gayubar contemplaremos uno de los más extensos, longevos y mejor conservados sabinares del mundo, mientras los buitres leonados vigilan nuestros pasos. Pero todo eso y mucho más será motivo de una segunda parte, que aparecerá el primer jueves del mes siguiente.


Dr. Félix Martín Santos


 

 

INTERMITENTE

PERSISTENTE LEVE

PERSISTENTE MODERADA

PERSISTENTE SEVERA

Síntomas diurnos

No (2 veces o menos a la semana)

Más de 2 veces a la semana

Síntomas diariamente

Síntomas continuos (varias veces diarias)

Medicación de alivio (Broncodilatador de rescate: Beta2 adrenérgico)

No (2 veces o menos a la semana)

Más de 2 veces semanales, pero no diariamente

Todos los días

Varias veces al día

Síntomas nocturnos

No más de 2 veces al mes

Más de 2 veces al mes

Más de una vez a la semana

Frecuentes

Limitación de la actividad

Ninguna

Algo

Bastante

Mucha

Función respiratoria (FEV1 o PEF) % teórico

> 80%

> 80%

> 60% - <80%

<60%

Exacerbaciones

Ninguna

Una o ninguna al año

Dos o más al año

Dos o más anuales

 

La espirometría es también fundamental para establecer el grado de severidad del asma, puesto que cuanto más bajo sea el valor del FEV1 más severa es la enfermedad y el riesgo de exacerbación aumenta concomitantemente.

 

Es preciso referir que es suficiente la presencia de cualquiera de las situaciones mostradas en la tabla para clasificar al asma en intermitente o en persistente, en sus diversos grados (ligera, moderada y severa).

 

¿Cuándo decimos que el asma está bien controlada?

 

Según la mejor guía internacional de manejo del asma, la de la GINA (Global Initiative for Asthma 2019), el grado de control del asma se evalúa tras establecer un tratamiento de fondo con corticoides inhalados (budesonida, fluticasona, beclometasona, ciclesonida, mometasona) con o sin broncodilatadores de acción prolongada (formoterol, salmeterol, vilanterol), en base a los datos obtenidos en la espirometría y en la respuesta a las mismas preguntas utilizadas para establecer la severidad de la misma.

 

Según los datos obtenidos podremos ver si el asma está bien controlada, parcialmente controlada o mal controlada, como se aprecia en la tabla anexa.

 

 

Bien controlada (deben cumplirse todos los siguientes)

Parcialmente controlada (Cualquier valor de los siguientes en cualquier semana)

Mal controlada (si ≥3 características de asma parcialmente controlada)

Síntomas diurnos

Ninguno (≤2 veces a la semana)

>2 veces a la semana

 

Medicación de alivio(Broncodilatador de rescate: Beta2 adrenérgico)

Ninguna (≤2 veces a la semana)

>2 veces a la semana

 

Síntomas nocturnos/despertares

Ninguno

Cualquiera

 

Limitación de la actividad

Ninguna

Cualquiera

 

Función respiratoria (FEV1 o PEF) % teórico

FEV 1>80% del valor teórico

PEF > 80% mejor valor personal

FEV 1<80% del valor teórico

PEF < 80% mejor valor personal

 

Exacerbaciones

Ninguna

≥1 al año

≥1 en cualquier semana

 

Es bueno mencionar aquí que la mayoría de los pacientes con asma responden bien a un tratamiento de fondo, cuyo objetivo fundamental es neutralizar la inflamación de la vía aérea, siendo los mejores antiinflamatorios los corticoides inhalados, a dosis de microgramos, pues exhiben una alta efectividad y una notable seguridad, dado que la dosis que no inhalan (como un 80% del total) y degluten es eliminada en, gran parte, en el hígado, en un primer paso metabólico. Además, tal dosis tiende a descenderse periódicamente (cada 4 meses) en caso de comprobar estabilidad clínica y funcional (en los niños, verdadera ganancia). De esta suerte, el tratamiento óptimo es el que controla al paciente con la dosis mínima de corticoides inhalados, variable en cada sujeto. Si no, sería preciso reevaluar la situación.

 

¿Cuáles son los principales factores de riesgo de sufrir exacerbaciones?

 

El principal factor de riesgo de sufrir crisis asmáticas es tener mal controlado el asma.  Luego, existen una serie de factores de riesgo modificables, incluso en pacientes con pocos síntomas de asma, que siempre deben tenerse en cuenta, entre los que se hallan los siguientes:

 

- Mal manejo de los corticoides inhalados, por no prescribirse, mala adherencia o por incorrecta técnica de inhalación.

 

- Exposiciones nefandas: al tabaco, contaminantes atmosféricos, a alérgenos a los que está sensibilizado y cuya inhalación le provoca síntomas.

 

- Comorbilidades: obesidad, rinosinusitis crónica, reflujo gastroesofágico, alergia alimentaria, ansiedad y depresión.

 

- Infecciones agudas de las vías aéreas superiores, frecuentemente de origen vírico, complicadas con sinusitis maxilar y bronquitis aguda.

 

- Función pulmonar precaria: bajo FEV1, especialmente si es inferior al 60% del valor teórico.

 

- Antecedentes de intubación o asistencia a Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) por crisis severas.

 

- Sufrir una o más exacerbaciones en los últimos 12 meses.

 

Actividad física y asma

 

Después de explicar estos conceptos básicos sobre el asma, estamos en disposición analizar los efectos beneficiosos de la práctica de actividad física aeróbica en el asma.

 

Lo que en las siguientes líneas voy a resumir son una serie de estudios epidemiológicos, la mayoría experimentales, que han revelado que un programa de entrenamiento físico aeróbico seguido por pacientes con asma moderado o severo consigue mejorar su forma física (fitness cardiorrespiratorio), su calidad de vida, reducir la sintomatología, así como el estrés y la ansiedad.

 

Efecto protector del ejercicio físico en el asma: Subir escaleras (escalinata de acceso a la portada del Sarmental de la Catedral de Burgos) es una buena forma de efectuar ejercicio físico aeróbico.

 

Efecto protector de la actividad física en el asma: algo tan sencillo o costoso como subir escaleras es un buen ejercicio aeróbico, que ayuda a controlar mejor el asma, además de contribuir a mejorar nuestra forma física y a reducir la tasa de muerte por todas las causas, entre otros muchos efectos saludables.

 

En agosto del 2010 se publicó en la revista oficial del Colegio Americano de Neumólogos (Chestun estudio experimental brasileño que reveló cómo un programa de entrenamiento aeróbico, durante 3 meses, reducía la clínica, aumentaba los días libres de ansiedad y depresión, así como la calidad de vida de los 50 pacientes que, por procedimientos de aleatorización, se beneficiaron de esta intervención (más ejercicios respiratorios y educación sobre asma), con respecto a los 51 que sólo recibieron un programa educativo más ejercicios respiratorios. (11)

 


Más tarde, en febrero del 2011, se publicó en una revista especializada (Medicine & Science in Sports & Exercise), otro estudio experimental efectuado por el mismo grupo de investigadores, Felipe Mendes y colegas, que, basándose en el efecto antiinflamatorio del ejercicio físico aeróbico en enfermedades crónicas, pretendió comprobar si también un programa controlado de entrenamiento aeróbico era capaz de exhibir un efecto antiinflamatorio en pacientes con asma moderado y severo, mediante la reducción del recuento de eosinófilos en el esputo (objetivo principal) y la disminución del óxido nítrico exhalado (FeNO), como medida indirecta de inflamación por eosinófilos (objetivo secundario). Para ello, distribuyeron por aleatorización a los 68 sujetos de la muestra en dos grupos: uno, el control, que siguió un programa educativo sobre asma y ejercicios respiratorios; el otro, se benefició, además, de un programa de entrenamiento aeróbico. Tras realizar controles semanales, durante tres meses, pudo comprobarse que los pacientes que efectuaron el citado ejercicio físico aeróbico experimentaron una reducción significativa de sus niveles de eosinófilos en esputo y del FeNO (r: 0,7 y 0, 9, respectivamente), sobre todo, en los que partieron con mayores niveles inflamatorios versus los del grupo control. (12)


Otros hallazgos de este ensayo fueron la observación de un mejor estado de forma física (mejor consumo máximo de oxígeno: V˙O2max), mayor número de días libres de síntomas y menores exacerbaciones por parte de los pacientes que cayeron en el grupo de intervención, o sea, los que siguieron el programa de entrenamiento aeróbico.


Si bien estos boyantes resultados se obtuvieron en pacientes adultos, también en niños se ha comprobado, mediante estudios experimentales, que un programa de entrenamiento aeróbico mejoraba su estado de forma física (mayor V˙O2max), aumentaba su calidad de vida y lograba reducir las dosis diarias de corticoides inhalados. (13)


Posteriormente, en agosto del 2015, Carvalho y Mendes vuelven a la carga, para publicar, en la revista de la Sociedad Británica de Neumología (Thorax), otro estudio experimental en el que establecieron como objetivo principal ver si un programa de entrenamiento aeróbico era capaz de reducir la hiperreactividad bronquial y los marcadores inflamatorios de un grupo de pacientes afectos de asma moderada y severa. (14)


Para ello, distribuyeron por aleatorización a los 58 participantes (de 20 a 59 años) en dos grupos: uno, el control, que se benefició de un programa de educación para la salud en asma más un programa de yoga con ejercicios respiratorios, dos sesiones semanales de 30 minutos; el otro, el de la intervención, cuyos integrantes efectuaron, además, un programa de entrenamiento aeróbico, consistente en dos sesiones semanales durante tres meses, de ejercicio en tapiz rodante, durante 35 minutos (5 minutos de calentamiento, 25 minutos de tapiz y 5 de distensión/relajación).


Obviamente, todos los participantes siguieron recibiendo su tratamiento médico del asma (corticoides inhalados con o sin broncodilatadores de acción prolongada).


Pues bien, a la conclusión del estudio observaron que los que practicaron el citado ejercicio aeróbico se beneficiaron de una reducción de su hiperreactividad bronquial, medida con la técnica de provocación con histamina indicada por la Sociedad Americana de Neumología ( ATS)15, así como de una disminución de ciertos biomarcadores inflamatorios (interleucina 6, IL-6, proteína quimiotáctica de monocitos, MCP-1), además de sufrir menos exacerbaciones y aumentar su calidad de vida (AQLQ), con respecto a los del grupo control.


También apreciaron una significativa reducción del recuento de eosinófilos en el esputo y del FeNO en los pacientes que tenían mayor grado de inflamación, como ya comprobaron en estudios previos. (12)


Ejercicio físico en obesos con asma


Estos resultados son concordantes con los obtenidos en otro estudio experimental, de autoría australiana, que reveló cómo un programa de entrenamiento aeróbico más dieta conseguía reducir células inflamatorias del esputo, véase eosinófilos y neutrófilos, así como la interleucina 6 de una muestra de pacientes obesos afectos de asma. (16) 


Posteriormente, en el 2018, se publicó en la revista oficial de la Sociedad Europea de Neumología (European Respiratory Journal), un estudio epidemiológico experimental que reveló cómo un programa de ejercicio más dieta para perder peso, seguido por una muestra de obesos, durante tres meses, logró mejorar la actividad física durante el tiempo libre (controlada con acelerómetro), reducir la sintomatología asmática y los síntomas depresivos, así como mejorar el rendimiento del sueño, con respecto al grupo placebo, que sólo recibió el tratamiento dietético. (17)


Todo ello indica que la práctica de ejercicio físico puede exhibir auténticos efectos antiinflamatorios en el asma, tanto de obesos como de personas con peso normal, y que, por ello, es una excelente estrategia complementaria al tratamiento médico de esta enfermedad respiratoria crónica.


Pero ¿la actividad física podría ejercer un efecto preventivo de asma?


Aunque no hay suficiente información científica para posicionarse claramente, buscaremos pistas que puedan ayudarnos en tal tesitura, analizando la información aportada por los estudios de mayor rigor.


Empezaremos con los resultados obtenidos en una revisión sistemática y metaanálisis de estudios observacionales, de autoría holandesa, publicada, en diciembre del 2012, en una revista de calidad contrastada (PLOS/one). (18)


Marianne Eijkemans y colegas, responsables del trabajo, seleccionaron 5 estudios prospectivos, que incluyeron a 85.117 participantes (niños, adolescentes y adultos), que no padecían asma al principio del estudio. Tras el correspondiente seguimiento (de 9 a 10 años), apreciaron una asociación entre un mayor nivel de actividad física (quintil, tercil más altos, o actividad vigorosa) y un menor riesgo de asma, inicialmente no significativo (=R:0.88 (IC 95%: 0.77–1.01), pero al excluir el estudio de menor calidad metodológica, la asociación se tornó significativa: un 13% de reducción del riesgo de asma (0.87 (95% CI: 0.77–0.99), con respecto a los de menor nivel de ejercicio físico (quintil y tercil más bajos, sedentarios o bajo nivel de actividad física, según el estudio). Bien cierto es que la significación fue real, aunque tenue.


Posteriormente, en abril del 2016, se publicaron (BMC Pediatricslos resultados de un metaanálisis de tres estudios observacionales longitudinales (muestra total: 550), de autoría danesa, que reveló cómo un bajo nivel de actividad física se asoció con un mayor riesgo de asma en niños y adolescentes, años más tarde: un 35% superior (OR: 1.35, IC: 1.13 a 1.62). (19)


No obstante, se apreció un relevante grado de heterogeneidad entre los estudios citados que redujo la fortaleza de la significación alcanzada.


Así, el menor grado de ejercicio físico asociado a este mayor riesgo de asma varió de un estudio a otro: mayor tiempo dedicado a ver la televisión, menor participación en actividades deportivas, menos tiempo empleado a jugar en deportes de equipo, versus menos televisión, más actividad física-deportiva y más deporte de equipo, respectivamente.


Años más tarde, en mayo del 2018, se publicó (J Epidemiol Community Health) una investigación novedosa, un análisis longitudinal bidireccional, que en absoluto reveló una asociación entre la actividad física y el asma, en un sentido o en otro. (20)


Hubo que esperar hasta enero del 2020 para ver publicado otro estudio prospectivo (Pediatric Pulmonology), también llevado a efecto por Marianne Eijkemans y colegas, en el que controlaron a 1838 niños recién nacidos (KOALA Birth Cohort Study) durante 10 años, a fin de observar una posible asociación entre el nivel de actividad física y la incidencia de asma. (21)


Tras evaluar, al inicio del estudio, el nivel de ejercicio físico a los 4 o 5 años de edad, referido en cuestionarios (información subjetiva) y en unos pocos (301) con medidas objetivas (acelerómetro) y, posteriormente (entre los 6 y 10 años), los nuevos casos de asma (objetivo o resultado principal del estudio), mediante cuestionarios específicos (ISAAC), así como la función pulmonar con espirometrías en un subgrupo (485 participantes), comprobaron que el grado de actividad física referida por el total de la muestra  no se asoció ni con el desarrollo de asma ni con la función pulmonar.


Sin embargo, cuando sólo se analizó al grupo de participantes que fueron objeto de una medición objetiva del nivel de ejercicio físico (acelerometría), apreciaron que los niños que efectuaron menos actividad física, inferior a una hora diaria, tenían una función pulmonar significativamente menor, con un cociente FEV1/FVC más bajo (puntaje z β, −0.65; intervalo de confianza del 95%, −1.06 a −0.24).


“Este estudio es el primero que ha revelado una asociación entre el sedentarismo y una menor función respiratoria (inferior cociente FEV 1/FVC), años más tarde, en la infancia, comportándose como un posible factor causal de asma. Sin embargo, se requieren más estudios que reproduzcan estos resultados, dado el escaso número de niños (62) a los que se midió objetivamente tanto el nivel de actividad física (acelerometría) como la función respiratoria (espirometría)”, concluyen los autores.


Apuntes finales


A la luz de los conocimientos científicos actuales, si los pacientes afectos de asma practicaran regularmente actividad física, se beneficiarían con reducciones significativas de la sintomatología, riesgo de exacerbaciones, mortalidad total y específica, así como de un aumento de la calidad de vida. Sin embargo, su capacidad para reducir el riesgo de desarrollar asma (prevención primaria), parece asunto más controvertido, aunque ciertas líneas de investigación nos hacen ser optimistas, pues, cuando menos, el sedentarismo tiende a incrementar el riesgo de adquirir esta enfermedad respiratoria crónica.


Según mi propia experiencia como neumólogo con especial dedicación al manejo diagnóstico y terapéutico de pacientes con asma, entre  las estrategias terapéuticas más efectivas y seguras destacan la educación en estilos de vida saludables, reduciendo factores de riesgo y de exacerbaciones, así como el establecimiento de un buen tratamiento farmacológico de esta enfermedad, a fin de conseguir un buen control de la misma, normalizando la función, reduciendo la clínica, previniendo exacerbaciones y aumentando la calidad de vida. Logros que permitirían efectuar altos niveles de actividad física, que, a su vez, contribuirían a un mejor control de esta enfermedad crónica. De esta forma, la mayoría de nuestros pacientes en absoluto verían reducida su esperanza de vida en buena salud.


En fin, considero crucial que el ser humano efectúe ejercicio físico regular, desde su más tierna infancia, porque es una de las estrategias que más puede contribuir a incrementar la salud en su triple dimensión: física, mental y social. De esta suerte, también podríamos alcanzar altas cotas de felicidad.

                                                    Dr. Félix Martín Santos


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